Domingo, 29 Abril 2018 00:00

Mauricio Macri, ante el riesgo de eliminar todas las voces críticas de su equipo - Por Santiago Fioriti

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Las diferencias por las que se va Monzó. La caída de la imagen presidencial. Y la nueva estrategia del Gobierno.

 

Hace 20 días, Agustina Lhez, la esposa de Nicolás Caputo, celebró su cumpleaños con una gran fiesta en su mansión de Benavidez. En el barrio hubo un formidable operativo de seguridad. Ministros, empresarios y amigos del matrimonio anfitrión esperaban la llegada de Mauricio Macri. Pero el Presidente no fue.

Mientras los invitados especiales terminaban de cenar y comenzaban a interactuar con los que habían sido convocados solo para la hora en la que se habilitaron la barra y la pista de baile, no faltó quien se preguntara si la ausencia tenía que ver con las diferencias cada vez más explícitas de Caputo hacia la gestión de Cambiemos. Pero no. El vínculo afectivo entre Macri y su mejor amigo se mantiene inalterable, como desde que cursaban primer grado en el Cardenal Newman.


Emilio Monzó, ingresando a la Casa Rosada. Acordó con Mauricio Macri dejar la presidencia de la Cámara de Diputados.

Sin embargo, Caputo dejó de ser el que irrumpía en su despacho para hablar de igual a igual sobre cosas que no le gustaban o para incidir en las listas y la estrategia electoral. Ya no tiene el poder para torcer ciertas voluntades. Por ejemplo: hoy, cuando ya se delibera quién debería acompañar a Macri en la fórmula para 2019, algunos recuerdan que fue Caputo el que en 2015 relegó las aspiraciones de Marcos Peña para ubicar a Gabriela Michetti como candidata a vicepresidenta.


Nicolás Caputo, en la cena anual de CIPPEC.

La mirada sobre Caputo puede trasladarse, salvando las distancias, a otros actores que fueron determinantes y hoy no lo son en el universo macrista. La confirmación de que Emilio Monzó no seguirá siendo el presidente de la Cámara de Diputados es el último caso. Tal vez no sean marginaciones aisladas. El empresario y el legislador habían conformado una suerte de binomio en aquella selecta mesa que componían quienes edificaron el proyecto presidencial. A esa dupla se sumaba de tanto en tanto Rogelio Frigerio, el actual ministro político de Macri (dicho sea de paso: estuvo entre los invitados a la celebración de Agustina), que esta semana, después de un mensaje envenenado de Luis Barrionuevo, se vio obligado a decir que se siente muy cómodo en Cambiemos.


Carlos Melconian mantiene un tono duro con la política económica del Gobierno.

Caputo era el nexo entre el ala más política y la dupla Peña-Jaime Durán Barba. “Nicky era el equilibrista”, define, así, en pasado, un dirigente que conoce los movimientos desde 2007. La mesa chica de Macri se circunscribe hoy a Peña-Durán Barba, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. En ese orden.

“Hay un interés marcado por acallar las voces críticas internas”, afirma uno de los dirigentes que cayó en desgracia. ¿Seguirá Macri el mismo camino que emprendieron otros presidentes de recostarse únicamente en los más fieles? Es una pregunta que resonó esta semana en algunos círculos de poder en medio de los cimbronazos por la suba del dólar, la pérdida de reservas del Banco Central y la discusión parlamentaria por las tarifas.


Alfonso Prat Gay mantiene buen diálogo con los radicales. Pero en la Rosada lo miran de reojo.

Elisa Carrió conserva la estrella de decir y hacer a su antojo. Pero Carrió no está ni estuvo nunca en la mesa macrista. Los defensores del modelo se molestan cuando se indaga sobre el tema: “Nunca hubo un presidente que consultara tanto. Mauricio es la antítesis del autoritarismo”.

Monzó resulta, de cara a la sociedad, un perfecto desconocido. Pero no para la política. Fue concejal, intendente, ministro y diputado. Fue uno de los principales armadores de Cambiemos. En su departamento de la avenida Libertador, después de meses de negociaciones, Carrió firmó el acuerdo electoral con Macri, minutos antes de cruzar al Parque Thays para las fotos que días después acompañaron el anuncio.


Ernesto Sanz perdió peso en la interna de Cambiemos, pese a haber sido clave en el armado.

Su caso recuerda el de Ernesto Sanz. El mendocino fue clave en aquella célebre Convención de la UCR de Gualeguaychú, donde el partido definió su política de alianzas para enfrentar al kirchnerismo. Había tres posturas: ir con el macrismo, asociarse con Sergio Massa o buscar un candidato propio. La muñeca de Sanz provocó lo que un año antes parecía imposible. Macri siempre se lo agradece. Pero Sanz perdió peso y se lo ve poco, casi nada, en Olivos. Y eso que hasta no hace tanto se lo mencionaba como ministro en las sombras.

“Ernesto va cuando lo llaman. Pero él siempre dice lo mismo: si lo llaman es para que les diga lo que piensa sin filtros. Y eso no cae bien en algunos sectores del Gobierno. A Ernesto no lo van a correr con encuestas ni con focus groups”, cuenta uno de sus colaboradores.


María Eugenia Vidal integra la mesa chica del macrismo.

Ninguna de estas vicisitudes se abordaron en la reunión que Macri y Monzó mantuvieron en Olivos hace poco más de un mes. El primer mandatario tampoco le facturó que con la estrategia de Peña y Durán Barba el oficialismo se las ingenió para ganar las elecciones cómodamente el año pasado después de un ajuste en la economía. Lo que tenían para decirse ya se lo habían dicho muchos meses antes en una reunión a solas en la Casa Rosada, un encuentro que nunca trascendió y en el que se dijeron de todo. El diputado venía de afirmar en el diario Perfil que había que sumar peronistas al espacio y que Durán Barba “tiene muy poca idea, casi nada, de la realidad política de Argentina”. Aquella cita en la Rosada terminó con un abrazo, pero nada volvió a ser igual entre ellos.

En Olivos, ahora, fue más relajado. Monzó le transmitió que quiere irse y Macri le contestó que respetaba su postura. Hablaron de la posibilidad de que el diputado se convierta en embajador. Eso no será, como quieren instalar, a fines de 2019. Será antes o no será nunca. Monzó sueña con irse a España. Su jefe le habló de una embajada en Europa. A ninguno de los dos les gusta perder el tiempo.


Elisa Carrió conserva su poder de decir y hacer lo que le parezca.

En el tren de los rebeldes que provocaban malestar por sus cuestionamientos internos hay dos economistas con visiones distintas y con rencillas entre sí: Alfonso Prat Gay y Carlos Melconian. Ambos decían -y dicen ahora sin reparo ante los medios- que el Gobierno necesita un ministro de economía fuerte. Esa coincidencia irrita a quienes hoy manejan una porción de la actividad económica, en especial a Nicolás Dujovne, que se ha mimetizado con el trío Peña-Mario Quintana-Gustavo Lopetegui. “Nos están tirando piedras porque se quedaron afuera”, resume una fuente del Ejecutivo. A Prat Gay le va a costar que las principales espadas del oficialismo apoyen su intención de ser el próximo gobernador de Tucumán.

Los ministros recibieron esta semana un nuevo mensaje. “Hay que hacer eje en el reforzamiento de la imagen de Mauricio”, se acordó en una reunión de altos funcionarios, el miércoles. Hay una sola lectura posible: la imagen del Presidente volvió a caer. El tema se retomó dos días después, ya con Durán Barba de regreso desde Brasil.


El jefe de Gabinete Marcos Peña junto a su esposa, la escritora Luciana Mantero. Sigue siendo el hombre fuerte del Ejecutivo.

Al Ejecutivo le preocupa lo que se habla ante los medios, pero también en privado. Peña lo comentó sin vueltas durante un almuerzo en el Salón de los Científicos. “Estoy en una campaña para eliminar el off the record. Los periodistas lo usan para hacernos decir cualquier cosa”, dijo. Los mozos servían albóndigas de acelga y ravioles.

Santiago Fioriti
Editor sección País

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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