Domingo, 06 Mayo 2018 00:00

El clima sindical se pone más pesado - Por Julio Blanck

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La conexión política de la CGT de los grandes gremios con el PJ funciona con Pichetto como articulador

 

Sucedió el jueves por la tarde, cuando la corrida del dólar ardía sin control y el Gobierno, atropellado por problemas objetivos de la economía y errores políticos propios, vivía sus peores horas. En la reunión del Consejo Directivo de la CGT Carlos Acuña, el integrante del triunvirato conductor que responde a Luis Barrionuevo, propuso lisa y llanamente ir a un paro nacional contra el aumento de tarifas y el proyecto para recortar las indemnizaciones por despidos. Varias voces coincidieron en que una medida de fuerza debía ser puesta en consideración. Pero la idea circuló sin que nadie se decidiese a hacerla suya. Terminó diluyéndose en lo inmediato, pero quedó escrita a fuego en la agenda gremial de lo que viene.

Acuña llegó a esa reunión un rato después de mantener un encuentro reservado con Barrionuevo y con Hugo Moyano. Fue una mesa de cuatro que se completó con Juan Carlos Schmid, el triunviro que representa al moyanismo. En esa olla se empezó a cocinar el guiso.

En su encuentro, la CGT necesitó apenas 20 minutos para fijar el 22 de agosto como fecha para la elección de la nueva conducción. Las otras dos horas se consumieron en debates y exposiciones sobre la situación económica y social. De allí salió un documento donde la central obrera sostiene que “el creciente deterioro de la situación social y laboral hace inviable la política económica". El sector sindical más dialoguista con el Gobierno, que pensaba apuntar en el texto contra los especuladores que hacían flamear el dólar, apenas alcanzó a moderar algunos términos.

Hay un reagrupamiento en marcha. Moyano y Barrionuevo, que aparecían distanciados del triunvirato, incluso con Moyano pegoteado a los gremios ultra K para buscar respaldo ante sus calvarios judiciales, se mantienen como un eje operativo poderoso. Primer tributo al acercamiento fue que Omar Pérez, dirigente de Camioneros, estuvo en la reunión de Consejo Directivo esa tarde. La explicación que se escuchó puede resultar curiosa: Camioneros no se fue de la CGT, el que se fue es Pablo Moyano. Papá Hugo sigue manejando la temperatura y los tiempos familiares.

Lo relevante del posible paro nacional es que está escrito en la agenda de la misma CGT que vino negociando con el Gobierno desde el día que asumió Macri. Las dos partes extrajeron beneficios e hicieron concesiones en estos dos años. El Gobierno cosechó sosiego social para llevar adelante su gestión y acompañamiento para un programa de reformas laborales. Los dirigentes gremiales pudieron recortarse como una alternativa a la oposición cerrada y sin matices de los sindicatos ultra K y de izquierda. Pero el carácter de esa relación está cambiando, quizás definitivamente. El clima sindical se pone cada día más pesado.

Si se trata de adivinar el futuro, la medida de fuerza podría llegar cuando Macri cumpla la promesa pública de la Casa Rosada de vetar la ley contra el aumento de tarifas que la oposición podría aprobar esta semana en Diputados. El paso posterior por el Senado no traería sorpresas. Si el Gobierno espera gestos heroicos de los gobernadores peronistas para salvarlo del naufragio, mejor que vaya soltando los botes salvavidas.

Aquí puede quedar expuesto crudamente que el de Cambiemos es un gobierno de minoría parlamentaria, obligado a negociar cada proyecto en el Congreso porque descree de eventuales acuerdos abarcadores y sostenibles. Negociar es hacer política, no importa si vieja o nueva. Pero los negociadores políticos de Cambiemos tienen mala prensa en la Casa Rosada y están en penitencia. Y pasan estas cosas.

La oposición -empezando por los pedazos del rompecabezas peronista reunidos para esta ocasión- encontró el flanco desde el cual castigar al oficialismo recostándose en el malhumor popular por las tarifas y la inflación. La CGT vislumbró esa misma brecha. Por eso se habla de la inevitabilidad de un paro si no hay novedades drásticas que cambien el escenario.

Para el éxito de la hipotética medida de fuerza un punto clave es asegurar la adhesión de los gremios del transporte, y sobre todo los del transporte público. Esos son los que pueden parar el país. Convencer al gremio de choferes, la UTA que lidera Roberto Fernández, suele transformarse en un enigma inescrutable para los jefes cegetistas. Y si logran el convencimiento, después deben trabajar muy duro para que los colectiveros cumplan los compromisos. No es una versión de pasillo: lo cuentan ellos mismos.

Pero Fernández, que había tomado distancia de las protestas, esta vez estuvo del lado de los duros en la reunión de Consejo Directivo. A los problemas comunes sumó los propios: la inseguridad que sufren los choferes que recorren el Gran Buenos Aires. El asesinato de Leandro Alcaraz, de 26 años, conductor de la línea 620, ocurrido hace tres semanas en La Matanza, marcó un punto de inflexión en ese sindicato. Así que en el universo sindical lo que sobran son razones -según las ven ellos- para empezar a caminar rumbo a una protesta nacional.

Hay un cambio de tono que se percibe cada vez con mayor nitidez. Schmid es un hombre de ideas fuertes y palabras duras, pero siempre mide cada cosa que dice. El viernes pareció irse de boca: “Hay que alejar del escenario a los que dicen pelotudeces como Aranguren”, estampó en una declaración periodística con dedicatoria al ministro de Energía. Si Schmid mide cada cosa que dice, lo que hizo fue poner la pava al fuego para que empiece a calentarse.

La conexión política de la CGT de los grandes gremios con el peronismo político funciona con Miguel Pichetto como articulador. El ex senador José Pampuro, muy vinculado al jefe peronista del Senado, es un transmisor activo en esa vía de comunicación.

Pichetto sostiene que la huelga es el recurso genuino y legal de la protesta gremial. Y mucho más conveniente que una marcha callejera, donde el activismo sindical peronista suele quedar desdibujado en la repercusión pública por la participación intensa de los sindicatos ultra K y la izquierda.

Esa opinión de Pichetto coincide con la visión de la conducción de la CGT, donde la marcha masiva tradicional fue descartada de antemano. Esto, sin perjuicio de que además de la relación política con Moyano y Barrionuevo, se está produciendo una confluencia natural con las dos CTA -la kirchnerista y la otra- que podría plasmarse en la medida de fuerza que se está cocinando. “Estamos hablando todos el mismo idioma”, explica Schmid.

Este dirigente impulsó y encabezó el viernes una nutrida y original demostración callejera por el microcentro porteño. La protesta recorrió media docena de cuadras peatonales hasta desembocar en la sede del ENRE, el organismo regulador del servicio eléctrico. Hubo un módico despliegue de aparato sindical, aportado por gremios como alimentación, ferroviarios, estatales de UPCN y construcción. Pero la nota fue dada por tres docenas de estudiantes de teatro que personificaron desde el ministro Aranguren hasta los distintos sectores sociales perjudicados por el tarifazo.

Los gremialistas juran haberse visto sorprendidos porque hubo gente en la calle y desde los negocios que los aplaudía, cosa que en esa zona nunca les había pasado. No es poco para una cultura sindical acostumbrada a liturgias del pasado inmutables e intocables.

Héctor Daer, el tercer vértice de la conducción cegetista, expresión de los grandes gremios que mejor sintonía tienen con el Gobierno, está circulando por un carril similar al de los sectores duros de la central obrera.

Sostiene que la CGT “no puede estar ajena a este conflicto social”. Cuestiona la torpeza del Gobierno por haberse metido en un berenjenal político con el tema de las tarifas. Y, sobre eso, “provocar al movimiento obrero” con el proyecto de bajar indemnizaciones adosándolo a la iniciativa de blanquear a trabajadores en negro, que los sindicatos apoyaban sin reservas.

Daer, además, alertó sobre el anuncio hecho el viernes por el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, anticipando un recorte de 30.000 millones de pesos en obra pública. Señaló que la abundante obra pública sostuvo el equilibrio social en estos dos años difíciles, generando trabajo para sectores de mediana y baja calificación profesional. Por eso, vislumbra en el recorte anunciado un empujón masivo de esa franja social hacia el desempleo. “¿Qué nos puede pedir el Gobierno a nosotros si hace estas cosas?”, se pregunta Daer.

Pichetto suele decir que el Gobierno reclama acompañamiento responsable pero a veces “pretende que la oposición se comporte como si fuésemos oficialismo”.

Definitivamente no es un problema de la economía. Es política pura.

Julio Blanck

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