Domingo, 10 Junio 2018 00:00

Macri le habló al mercado, ahora debe hablarle a la gente - Por Fernando Laborda

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En el atardecer del viernes, un día después del anuncio del acuerdo con el FMI, un alto funcionario se regodeaba en su despacho de la Casa Rosada con la suba del 4% del índice Merval y la baja del riesgo país, al tiempo que ensayaba una conclusión: "Les hablamos a los mercados con cierto éxito. Ahora, tenemos que hablarle a la gente".

 

Ayer, lejos de allí, en Quebec, Mauricio Macri recibía el beneplácito de la mesa chica del poder mundial por el entendimiento alcanzado con el organismo financiero. Pero al regresar de Canadá, lo espera otra realidad: la de los demonios de la calle que prenden mechas y la de una cultura que atraviesa a buena parte de la sociedad argentina, que espera todo del Estado y considera al ajuste como una mala palabra, aun cuando se vincule con el enorme gasto improductivo del sector público.

Entre aquellos demonios está buena parte de un sindicalismo que, con Hugo Moyano a la cabeza, se prepara para dar pelea. Al igual que el líder camionero, hoy entusiasmado por el colapso que recientemente provocaron sus colegas en Brasil, hay sectores del kirchnerismo a quienes les encantaría que la crisis económica se lleve puesto al gobierno de Macri. No es casual que a unos y otros no los una el amor, sino el espanto a un cerco judicial que hoy los tiene en vilo por sus escándalos de corrupción.

Distinta es la situación de dirigentes que aspiran a tomar las riendas del peronismo y generar una alternativa de poder creíble. Allí están no pocos gobernadores, precandidatos presidenciales como Juan Manuel Urtubey o José Manuel de la Sota y legisladores como Miguel Ángel Pichetto o Diego Bossio. A cualquiera de los representantes de este sector le convendría que sea el actual gobierno nacional el que encare el trabajo sucio del ajuste y ordene las cuentas fiscales. Saben que esto les ahorraría gran parte de la tarea si tuvieran la suerte de llegar al poder dentro de un año y medio. De acuerdo con esa lógica, no deberían ponerle palos en la rueda al nuevo plan económico de Macri.

El problema vendrá a la hora de tratarse la ley de leyes, el presupuesto 2019, que deberá contemplar, de acuerdo con el compromiso asumido ante el FMI, una fuerte baja del déficit fiscal, que lo lleve al 1,3% del PBI, respecto del 2,7% con el cual el Gobierno espera terminar 2018. ¿Cuán dispuestos estarán los gobernadores peronistas a resignar fondos para obras públicas en un año electoral?

La amenaza de la CGT de un paro para los próximos días plantea otro desafío al Gobierno, pero también al propio sindicalismo. El hecho de que la conducción de la central sindical haya debido armar un menú de cinco exigencias, bastante diferentes entre sí, da cuenta de las dificultades que tiene para sostener la unidad. Esos puntos son la reapertura de las paritarias sin ninguna limitación; una norma concreta del Gobierno que evite despidos y suspensiones en el sector público y el privado por los próximos seis meses; la eliminación del medio aguinaldo de julio en la base de cálculo del impuesto a las ganancias de los trabajadores; el compromiso de que no habrá modificaciones a la actual ley de contrato de trabajo, y la urgente devolución de fondos correspondientes a gastos de salud de las obras sociales sindicales.

Macri fijó por decreto una recomposición salarial del 5% para julio y agosto, a cuenta de las cláusulas de revisión de aumentos, con lo que espera saldar el primer reclamo de la CGT. El Gobierno también abandonaría por el momento cambios en la ley de contrato de trabajo, como la eliminación del aguinaldo, los premios y las horas extras de la base para el cálculo de las indemnizaciones por despido. Y aceptaría discutir la supuesta deuda por gastos de salud con obras sociales. No admitirá, en cambio, la exención del impuesto a las ganancias sobre el aguinaldo, por el costo fiscal que tendría, ni mucho menos una norma antidespidos, como la que el Presidente vetó en mayo de 2016. Pero propondría a los sindicalistas constituir mesas de diálogo, sector por sector, con seguimiento de los ministerios de Hacienda y Trabajo, como mecanismo para prevenir situaciones conflictivas.

El Gobierno no descarta que el grueso del sindicalismo acepte esta negociación y que Moyano vaya al choque en soledad o acompañado por sectores gremiales más duros, como los docentes y estatales de la CTA, y otros asociados con fuerzas izquierdistas o el kirchnerismo.

Frente a esta hipótesis de conflicto, el asesor comunicacional Jaime Durán Barba ofreció una particular visión. Sugirió, en un artículo publicado en Perfil, que la imagen del Gobierno y del Presidente se recupera cada vez que la oposición se ensaña con el Poder Ejecutivo. "Mientras más violento sea el paro, mientras más barras bravas se envíen para amedrentar a la población, mientras más dirigentes con mala imagen lo apoyen, será más eficiente el trabajo de los macristas anónimos para levantar la imagen presidencial", sostuvo.

La teoría del experto ecuatoriano provocó discusiones en las mesas de café del oficialismo. Durante los dos primeros años de la gestión presidencial de Macri, la coalición gobernante pudo iluminar el sombrío presente del que hablaba la mayoría de los ciudadanos, apoyándose en dos factores: el temor a retornar al pasado y las expectativas en que, por el camino de Cambiemos, el futuro sería mejor. Esta estrategia colapsó hacia fines del año último y se profundizó con el reciente sacudón cambiario. El gobierno de Cristina Kirchner va quedando relegado en la memoria de parte de la ciudadanía y los índices de optimismo económico que miden algunas encuestadoras alcanzaron su punto más bajo en las últimas semanas.

Hacia abril de este año, se terminó un fenómeno por el cual, como lo señaló Alejandro Catterberg, a veces el apoyo al Gobierno en la sociedad podía caer, pero los mercados mantenían el optimismo y el financiamiento, al tiempo que otras veces se presentaban dudas en los mercados pero el apoyo social seguía firme. Las expectativas económicas comenzaron a licuarse y la tensión creció tanto en la opinión pública como en los mercados.

Tras el anuncio del stand-by por 50 mil millones de dólares del FMI, es probable que los mercados vuelvan a confiar en el Gobierno. Sin embargo, la recuperación de la confianza de la sociedad se hará esperar. Mientras algunos dirigentes y funcionarios macristas bregan para que el eje de la discusión siga teniendo como protagonista a Cristina Kirchner, inteligentemente llamada a silencio, y al tren fantasma de los impresentables de siempre del peronismo, el debate se ha desplazado hacia la gestión de Macri. Hasta poco después de las elecciones, hombres del Presidente parecían convencidos de que Macri podía continuar siendo el mejor alumno de la clase con un promedio de seis. Era claro que no tenía competidores serios. Hoy, probablemente tampoco los tenga y el peronismo padece de crisis de identidad y falta de liderazgos, pero el promedio de calificaciones del Presidente en la opinión pública bajó sensiblemente y, antes que las inversiones, lloverán postulantes de la oposición a sucederlo.

Gracias al apoyo internacional, Macri ha recuperado el centro de la escena, aunque sin la atracción que suscitaba hasta hace ocho meses, cuando el oficialismo ganó las elecciones de medio término. En adelante, deberá encontrar un nuevo metrobús, capaz de volver a ejercer seducción sobre el electorado, sin olvidar que hay que achicar el déficit fiscal primario en más de 200 mil millones de pesos en un año y que no podemos seguir financiando gastos ordinarios con deuda externa ni fumándonos los dólares que inevitablemente habrá que devolver.

Fernando Laborda

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