Domingo, 02 Diciembre 2018 00:00

Mauricio Macri, en la montaña rusa emocional - Por Fernando González

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¿Cuál es la Argentina verdadera? ¿Esta o la del River-Boca? “Las dos coexisten”, dijo el presidente.

 

La última vez que Mauricio Macri había llorado en público por un hecho político fue durante el anochecer del 25 de octubre de 2015. Estaba mirando la pantalla de las computadoras con los resultados que acababan de confirmar la elección de María Eugenia Vidal como gobernadora. Era el golpe letal contra el kirchnerismo que lo iba a impulsar hacia el ballotage hasta convertirlo en presidente. Se le cayeron las lágrimas y tardó un par de minutos en recomponerse. Algo parecido a lo que le pasó el viernes en el Teatro Colón. Empezó a quebrarse con los primeros gritos de Argentina, Argentina, que ensayaron los bailarines de Argentum desde el escenario. Y se dejó arrastrar por el llanto cuando Angela Merkel lo tomó del brazo para felicitarlo.

Macri había estado en muchos de los detalles del espectáculo de arte, música, baile y turismo que armaron Ricky Pashkus y Gustavo Mozzi. Había asistido al ensayo final y pedido que se agregaran las aves recuperadas de los Esteros del Iberá y una imagen de La Bombonera. El fútbol, que con el River-Boca le está haciendo pagar un costo político enorme, esta vez pudo gratificarlo. El Presidente estaba tan contento con el resultado del show que les pidió a los organizadores que pasaran un minuto por la cena final con los mandatarios del G-20 en el salón dorado del teatro insignia de la Argentina. Hasta allí se acercaron los funcionarios Hernán Lombardi y Gabriela Ricardes, junto a Pashkus y Mozzi, para que Macri les retribuyera el esfuerzo con un aplauso sostenido de Trump, Xi Jinping, Putin, Macron y el resto de los gobernantes más poderosos del planeta.

¿Pero cuál fue el factor que quebró el espíritu de Macri hasta hacerlo llorar? Varios de los asistentes al Colón coincidieron en que la sucesión de errores y circunstancias negativas en la gestión habían mellado el espíritu del Presidente. “El G-20 nos ayuda a recuperar la idea de que no estamos condenados a la desgracia”, explica un ministro que enumera a la planificación de un año, a los aciertos logísticos y, sobre todo, a la ausencia de incidentes en la seguridad como los soportes de una Cumbre que tenía todos los riesgos de un mundo en tensión creciente. A eso hubo que agregarle un imponderable de auténtico sello argentino: un sismo de 3,8 puntos en la escala Richter con epicentro en el conurbano bonaerense. Un episodio telúrico que no se daba en el país desde hace 130 años y que puso en alerta amarillo a todas las comitivas extranjeras.

La crisis cambiaria y la disparada del dólar; el acuerdo obligado con el Fondo Monetario Internacional; la caída de la economía real y un ajuste en los gastos estatales. Una debacle que se precipitó a partir de abril. La imagen de Macri cayó más de veinte puntos en las encuestas y la posibilidad de su reelección comenzó a ser cuestionada. Como si eso no bastara, la violencia y la inoperancia durante los incidentes de la Superfinal entre River y Boca, que esparcieron una imagen de debilidad gubernamental y obligaron al cambio humillante del estadio Monumental por el lejano Bernabéu de Madrid. De esa Argentina caótica y aparentemente inviable se pasó a una Cumbre sin contratiempos graves, con protestas controladas, aplausos hasta para Donald Trump en el Teatro Colón y a postales extraterrestres como las de Merkel comiendo asado en una parrilla de Palermo o a Macron hojeando a Borges en El Ateneo mientras los chalecos amarillos esquivaban los gases lacrimógenos en París.

“La Argentina es un emotional roller coaster (una montaña rusa de emociones)”, es la frase que eligió una funcionaria de un organismo financiero estadounidense para describir el sube y baja que consume las energías del país adolescente. ¿Cómo es que pasan del paraíso al infierno todo el tiempo?, es la pregunta que asoma enseguida. Un interrogante que atraviesa dos siglos. Que los extranjeros no alcanzan a entender y que los argentinos todavía no podemos explicar.

El sábado se lo preguntaron a Macri en la conferencia de prensa, después del anuncio del esperado documento del G-20. ¿Cuál es la Argentina verdadera?, ¿esta o la del River-Boca? “Las dos coexisten”, admitió el Presidente. Es que las imágenes del bochorno habían recorrido el mundo y no se podía negar lo que todos habían visto. Un rato antes de salir a responder las preguntas en el elegante centro de prensa montado en Costa Salguero lo había ido a visitar la gobernadora Vidal. Allí estaba el corazón del macrismo haciendo las primeras evaluaciones políticas de la Cumbre. El jefe de gabinete Marcos Peña, la ministra Carolina Stanley, el secretario de gobierno Fernando De Andreis, el secretario bonaerense Fabián Perechodnik. Todos dejaban atrás las rencillas de los últimos tiempos y compartían un optimismo renovado por el futuro inmediato. Una inversión de cortísimo plazo en el país adolescente.

Nadie quiere decirlo en el Frente Cambiemos pero a muchos los embriaga la posibilidad de que haya un antes y un después de la Cumbre del G-20. Un punto de inflexión que conduzca hacia una recuperación del capital político perdido en estos meses de crisis cambiaria. En la ceremonia del Colón, cuando todavía no habían estallado los aplausos y Macri no sabía que se iba a largar a llorar, Peña comprobó una vez más la complicada situación que atravesaban. Llamó uno por uno a todos los gobernadores para que asistieran a la ceremonia con los presidentes del mundo pero sólo cinco de ellos aceptaron sumarse a Vidal y a Horacio Rodríguez Larreta, anfitrión junto a Macri en la velada de gala. El jujeño Gerardo Morales, exultante con su futura esposa, Tulia Snopek, hija y hermana de sus rivales históricos del peronismo. El santiagueño Gerardo Zamora; el neuquino Omar Gutiérrez, el misionero Hugo Passalacqua y el peronista de Tucumán, Juan Manzur. El resto prefirió no mostrarse por el teatro. Ni siquiera los radicales Alfredo Cornejo y Gustavo Valdés, integrantes del oficialismo. Quizás lo hayan lamentado después de ver las imágenes.

Es posible que la campaña electoral haya tomado nuevos bríos en la misma noche del viernes. Macri le hizo grabar videos a los presidentes visitantes y la mayoría coincidió en destacar las virtudes de esta Cumbre celebrada en Buenos Aires. El equipo de gobierno se movió rápido para distribuirlo en las redes sociales. También apareció por allí otro video que compilaba lo mejor de la ceremonia y el llanto del Presidente con imágenes sonrientes de Vidal y de Rodríguez Larreta. La idea de la triple reelección resurge con fuerza pese a que los números del Indec muestran la profundidad de la recesión económica. El plan de Macri para llegar a fin de año era aprobar el Presupuesto 2019; atravesar el desafío del G-20 y los ardores sociales de diciembre que suelen atormentar a la Argentina.

El objetivo siguiente es llegar a marzo para zambullirse en el deporte que mejor le sienta: el de ganar elecciones. Macri intenta salir indemne de esa montaña rusa emocional en la que se ha convertido el país. El problema es que, en ese mismo juego perverso, lo acompaña una sociedad que ha visto evaporarse una y otra vez sus mejores ilusiones.

Fernando González

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