Domingo, 04 Agosto 2019 00:00

Una reconciliación forzada, con el único objetivo de poder derrotar a Macri - Por Laura Serra

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"Hola, Sergio, ¿cómo estás? Estás más flaco, me parece. Mucho trabajo". En teleconferencia desde la Casa Rosada, la entonces presidenta Cristina Kirchner se deshacía en elogios hacia el intendente de Tigre, Sergio Massa, mientras repasaban juntos las obras en aquel distrito del conurbano.

 

Faltaban pocos meses para las elecciones legislativas de 2013 y Massa, que amenazaba con competir por fuera del Frente para la Victoria, parecía juguetear con la desesperación del kirchnerismo.

La incógnita no se develaría hasta semanas más tarde, pero los militantes del líder de Tigre, convocados aquella misma tarde de la teleconferencia frente al municipio, ya adelantaban cuál sería la decisión de su jefe. "¡Se siente, se siente, Massa presidente!", exclamaban.

Aquel fue el último acto que compartieron Cristina Kirchner y Sergio Massa hasta ayer, cuando volvieron a reencontrarse en público, en Malvinas Argentinas.

En el medio, un abismo: en aquellas elecciones de 2013 el mandamás de Tigre, con casi el 44% de los votos, se convirtió en el verdugo que sepultaría para siempre la bandera de la "Cristina eterna".

"Con el kirchnerismo es una etapa superada. No tengo nada que ver con [Guillermo] Moreno, con [Luis] D'Elía ni con La Cámpora", sentenció cuatro años después.

La política ha dado sobrados ejemplos de que a las palabras, sobre todo en campaña electoral, se las lleva el viento. Y que los rencores pueden trocarse rápidamente en elogios y palmadas en el hombro cuando impera el pragmatismo. O el odio hacia un enemigo común. En este caso, Mauricio Macri. Solo el profundo resentimiento hacia el Presidente pudo lograr que Cristina Kirchner y Sergio Massa -este último, aun a costa de un fuerte desgaste- depusieran su enfrentamiento y sellaran una tregua.

¿Hay reconciliación definitiva? La respuesta no está en las palabras, sino en los gestos. Desde que firmaron su acuerdo electoral, evitaron mostrarse juntos. En sus recorridas y sus discursos Massa no menciona a Cristina, la rehúye. Cuando le preguntan en público por su relación con ella se escabulle en evasivas, como quien tiene cola de paja. Detesta cuando le endilgan que retornó al kirchnerismo. "Nosotros mantenemos nuestra identidad como Frente Renovador", replica, ofuscado.

Massa siente que la ambigüedad le es funcional para su campaña. Por eso, lo último que deseaba ayer era estar presente, encima en primera fila, frente al escenario donde la expresidenta y ahora socia política presentaba su libro, Sinceramente. Las formalidades de la campaña los llevó a posar juntos para la foto, la primera desde 2013.

"Sergio y Cristina se volvieron a reunir una o dos veces antes de anunciar el pase de Sergio al Frente de Todos. La relación entre ellos es respetuosa, pero fría, distante", cuenta un lugarteniente de Massa en la provincia.

La expresidenta tampoco olvida los desplantes de su otrora jefe de Gabinete. Sin embargo, decidió ponerlos bajo un paraguas, sabedora de que solo juntos, con Alberto Fernández a la cabeza de la lista, tienen chances de ganarle al oficialismo. Tragó saliva y dio su venia, lo que no quiere decir que, de triunfar en octubre, se vayan a cumplir las promesas con que sedujeron al exintendente de Tigre antes del acuerdo electoral.

Malos antecedentes

Se habló, por ejemplo, de que Massa ocuparía la presidencia de la Cámara de Diputados, un resorte de poder que le daría visibilidad y manejo político con el peronismo de las provincias. Se sabe que Massa detesta la función legislativa y los antecedentes no son demasiado halagüeños: quienes han ocupado ese sitial -Alberto Pierri, Alberto Balestrini, Julián Domínguez y, el más reciente, Emilio Monzó, por solo nombrar algunos- fracasaron en dar el salto político que ansiaban. En su caso, la situación se complicaría porque, a menos de 50 metros, Cristina ocuparía el principal despacho del Senado. Una difícil convivencia.

También se habló de que Massa, o un lugarteniente, sería premiado con un cargo directivo en YPF. Un lugar más que apetecible por el manejo millonario de recursos de la empresa petrolera, máxime con la explotación de Vaca Muerta. Otros mencionan la promesa de cargos en el Poder Ejecutivo. "Sergio es, ante todo, un gestor", sostienen.

Más allá de las especulaciones, lo cierto es que, si Fernández resulta elegido, Massa buscará consolidar un espacio que aglutine a los gobernadores e intendentes peronistas, para que sirva de contrapeso al eventual resurgimiento del cristinismo más cerril.

"Alberto lo va a necesitar; Axel [Kicillof, candidato a gobernador bonaerense], si gana, también: él no es de La Cámpora y los intendentes lo ningunean", sostienen quienes, en su entorno, reivindican la autonomía del Frente Renovador y no terminan de digerir que comparten cartel con el kirchnerismo.

"Solo nos mueve la posibilidad de ganarle a Macri", admiten en su entorno. Ese, y no otro, es el objetivo de Massa; quedó resentido de su relación con el Presidente, a quien ayudó con la sanción de leyes en su primer año de gobierno.

Después, todo se derrumbó; el Presidente, desconfiado por algunas actitudes del tigrense, lo apodó "ventajita". Massa, ofuscado, viró de la "oposición constructiva" a la oposición más crítica a la gestión nacional, aunque siempre preservando sus excelentes vínculos con María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta.

Su cruzada es hoy contra Mauricio Macri. Si otrora supo ser el verdugo de Cristina Kirchner, su ilusión no es otra que serlo, esta vez, del actual Presidente.

Laura Serra
Ilustración: Alfredo Sabat

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