Jueves, 16 Junio 2016 10:58

La parábola kirchnerista - Por Nicolás José Isola

Escrito por  Nicolás José Isola
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Argentina precisa deshilvanar la oscura trama de la corrupción

La Argentina parece condenada a superar cualquier ficción. Cada episodio de la serie del prime time de la corrupción viene con detalles más logrados y con gestos concatenados que hacen que el espectador quede escalofriado y no pueda irse a dormir sin ver el siguiente.

El ex secretario de Obras Públicas José López, vice del ex Ministro de Planificación Julio De Vido, fue detenido en la madrugada del lunes mientras enterraba dinero en dólares, euros, yenes y una moneda de Qatar en la Provincia de Buenos Aires. José López, es diputado electo del Parlasur y fue en las boletas electorales del año pasado junto con el candidato a presidente Daniel Scioli. Tenía seis bolsos, una valija y un arma de fuego (por si acaso).

Pero atentos a los detalles: ¿dónde los estaba escondiendo? En el terreno de un convento de Carmelitas Descalzas. ¿Cómo se llamaba el hombre que frente a los movimientos extraños llamó a la policía? Jesús. Aplausos. ¡Oh! majestuoso guiño de la realidad. No fue magia: fue fe (y bastante, cerca de 8,5 millones de dólares de mala fe).

Cuando fue encontrado in fraganti aplicó la cláusula evangélica “del buen ladrón”: le dijo a una de las monjas que era la policía la que le quería quitar lo que él había robado para donarles a ellas.

Dado el marco sacro, podríamos ensayar un sermón que comenzase: “En este pasaje de la Parábola de los Talentos del Evangelio según san López podemos ver cómo se entierra el tesoro espurio del dinero de la obra pública, fruto de la malversación del poder. Según nos narra la Escritura, este hecho se produce de noche cuando todos duermen. La simbología no puede ser mejor, como dice el evangelio según San Juan: «todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no lo acusen»”.

Muchos exfuncionarios y periodistas, otrora defensores del kirchnerismo y subestimadores de las denuncias de corrupción, aparecieron como Colones admirados, descubriendo recién hoy las costas de ese flagelo de la marroquinería kirchnerista: bolsos y más bolsos con plata non sancta.

Es bueno ver estos hechos en una perspectiva humanista, porque como en la vida nuestra de cada día, detrás del manejo de la plata hay un modo de ser más profundo. Cuatro años atrás, junio de 2012, en Cadena Nacional la presidenta Cristina Kirchner se refirió a un abuelo que había presentado el primer amparo frente a la restricción de compra de dólares: “Leía el otro día el diario El Popular, y un abuelito, que es abogado quería regalarle 10 dólares a sus dos nietos, un abuelito medio amarrete, tendría que haber hecho un esfuerzo más”.

Con esa actitud la entonces máxima autoridad buscaba intimidar a quienes querían comprar moneda extranjera (algo muy Maduro friendly). La maldad explícita de este tipo de expresiones autoritarias frente a ciudadanos de a pie quizás sea lo más hediondo que nos hizo el kirchnerismo. “Nos hizo” porque nuestros cuerpos fueron atravesados por esa dinámica de silenciamiento contradictorio: “no hagan con su plata a la luz del día lo que nosotros hacemos —con su plata, claro— en medio de la noche”.

A ese maltrato humano, a esa falta de cordialidad que fue el kirchnerismo, se le suma la crudeza de otro costado: salen a la luz los bolsos dolarizados cargados por manos jóvenes (Leonardo Fariña y los hijos de Báez) y no tan jóvenes (Báez, Jaime, Milagro Sala, José López, etc.).

El último kirchnerismo tuvo un profundo desacuerdo con la realidad: no midió la inflación, se comparó con Alemania, no contó los pobres, ni los muertos de las inundaciones. El relato se hacía silencio a la hora de las cifras: una gestión en Word sin ningún Excel.

Es razonable: las estadísticas fueron ninguneadas porque ellas muestran la realidad. Esa negación de la última década implicó una tensión social y psíquica: es de una complejidad enorme para el ser humano forzarse para no ver aquello que está allí, evidente, delante de sus ojos —sean precios, pobres o muertos—. Salir de esa caverna para dejar de ver sólo sombras es doloroso.

Argentina atraviesa una trama oscura que es muy simple si se la quiere ver. Todos entendemos lo que pasa: la justicia juega a la dilación de un modo agotador. Tal es así que uno de los jueces federales ha recibido el mote de “tortuga”, desde entonces hace denodados esfuerzos por optimizar su record para esquivar la cima del poder.

Urge que se promulgue la Ley del Arrepentido. ¿Acaso la Casa Rosada está demorando ese proyecto? Si es así, es algo lamentable. Argentina precisa ese instrumento legal que, como está mostrando Brasil, tiene una eficacia contundente para deshilvanar la oscura trama de la corrupción estatal: la de los astutos hijos de la noche.

Nicolás Isola

Filósofo y doctor en Ciencias Sociales

Twitter @NicoJoseIsola

Visto 530 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 22:49

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