Vicente Massot

Vicente Massot

A la hora de explicar el reciente fallo de la Corte Suprema -que en el curso de la semana pasada generó una polémica aún abierta en la sociedad argentina- hay quienes piensan en una suerte de conspiración.

A la hora de explicar el reciente fallo de la Corte Suprema -que en el curso de la semana pasada generó una polémica aún abierta en la sociedad argentina- hay quienes piensan en una suerte de conspiración.

 

Los políticos, cualquiera que sea su formación ideológica y el partido al cual pertenezcan, suelen plantarse frente a la gente -o, si se prefiere, delante de la opinión pública- adoptando comportamientos comunes.

Los políticos, cualquiera que sea su formación ideológica y el partido al cual pertenezcan, suelen plantarse frente a la gente -o, si se prefiere, delante de la opinión pública- adoptando comportamientos comunes.

 

Hace bien el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, cuando sostiene que los salarios se están recuperando.

Hace bien el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, cuando sostiene que los salarios se están recuperando.

 

Nunca antes, en el curso de los quince meses que lleva andando la gestión de Mauricio Macri al frente del gobierno, había sido tan visible el final de la luna de miel. Duró, prácticamente, de diciembre a diciembre y terminó de manera abrupta a comienzos del presente año.

Por primera vez desde diciembre del año 2015, cuando Mauricio Macri se hizo cargo de la presidencia, el índice de confianza -o, si se prefiere, de expectativas- de la ciudadanía, no sólo registró una caída desfavorable para el gobierno sino que -en la encuesta conocida el pasado día lunes- son más los pesimistas que los optimistas en punto a cómo imaginan los argentinos su futuro personal.

Nunca antes, en el curso de los quince meses que lleva andando la gestión de Mauricio Macri al frente del gobierno, había sido tan visible el final de la luna de miel. Duró, prácticamente, de diciembre a diciembre y terminó de manera abrupta a comienzos del presente año.

 

Por primera vez desde diciembre del año 2015, cuando Mauricio Macri se hizo cargo de la presidencia, el índice de confianza -o, si se prefiere, de expectativas- de la ciudadanía, no sólo registró una caída desfavorable para el gobierno sino que -en la encuesta conocida el pasado día lunes- son más los pesimistas que los optimistas en punto a cómo imaginan los argentinos su futuro personal.

 

La movilización de la CGT, que tanto ha dado que hablar desde el mismo momento en que terminaron los discursos de los capitostes sindicales el pasado día martes y comenzaron los incidentes de todos conocidos, merece algo de atención; menos por la deriva de la relación del gobierno con la central obrera que por el significado que tuvo para los Gordos -por llamarlos de un modo cariñoso- el hecho de que una facción menor de la izquierda, en combinación con el kirchnerismo, hubiese tomado el palco y obligado a ellos a abandonarlo por la puerta de servicio, dejándolos en ridículo.

 

Los gobernantes -de más está decirlo- declaran cuanto se corresponde con sus intereses. ¡Bueno sería que hiciesen lo contrario! Defienden a capa y espada las decisiones que consideran acertadas y las cifras que convalidan su gestión, con el mismo o parecido énfasis con el cual embisten contra sus enemigos.

 

Aunque hubiese sido planeado -algo que debe desestimarse por absurdo- el ejercicio gubernamental no hubiera podido ser peor que el desenvuelto en los dos primeros meses de un año electoral decisivo.

 

Hace siete días, poco más o menos, la señora gobernadora de la provincia de Buenos Aires dijo -sin que le temblara la voz y en un momento en que nadie había tirado sobre el tapete el tema de las elecciones legislativas de octubre- que, si la alianza oficialista perdiese en el distrito más importante del país, “el mundo no se acabaría”.

 

Todo parece indicar que el peor momento del reacomodamiento de precios relativos es cosa del pasado.

 

La Argentina es, en muchos aspectos, el país del eterno retorno. Entre nosotros, por las razones que fuera, todo pasa para -al cabo del tiempo- resurgir como si tal cosa.

 

Las miles de personas que el pasado viernes se congregaron -como es ya costumbre- en la plaza histórica para ventilar desde allí críticas e insultos por igual a expensas del gobierno macrista, en un solo aspecto eran semejantes a las que desfilaron en contra del kirchnerismo en los últimos años de la administración presidida por Cristina Fernández.

 

Al margen de todo lo que se ha escrito respecto de los errores cometidos por el gobierno en el tema de los aumentos de las tarifas, hay un dato que pasó desapercibido y que, por lo tanto, no fue materia de análisis en el curso de las últimas semanas.

 

Marcelo Tinelli es un showman como pocas veces se ha visto otro en estas tierras. El éxito que ha generado lo ha convertido en una marca registrada.

 

Desde que tomó las riendas del gobierno, Mauricio Macri ha sumado en su haber diferentes ventajas y, como no podría resultar de otra manera, ha cometido errores de distinta índole.

 

Vivimos en medio de la corrupción durante décadas, sin prestarle demasiada atención. Sabíamos, además, hasta qué topes había llegado y cuánto estaba enraizada en el sector público.

El kirchnerismo está muerto y no hay Cristo capaz de resucitarlo. Pero a muchos la cuestión no les pareció tan clara.

El país entero conocía desde antes de substanciarse la segunda vuelta de la elección que consagraría como próximo presidente de la Nación, según fuesen los resultados, a Mauricio Macri o a Daniel Scioli, la herencia envenenada que recibiría el gobierno que tomase asiento en la Casa Rosada el 10 de diciembre. Cuando el líder de Cambiemos se impuso al candidato del Frente para la Victoria, nadie esperó que aplicase una política de shock. El ajuste era tan inevitable, como gradual sería su implementación.

El país entero conocía, desde antes de substanciarse la segunda vuelta de la elección que consagraría, según fuesen los resultados, a Mauricio Macri o a Daniel Scioli, como próximo presidente de la Nación, la herencia envenenada que recibiría el gobierno que tomase asiento en la Casa Rosada el 10 de diciembre.

 

La reunión que el jueves próximo congregará -salvo postergación de último momento- a la plana mayor del peronismo nacional, no será decisiva respecto al futuro de ese movimiento político, aunque marcará un antes y un después en términos del kirchnerismo como astro declinante.

 

Entre las muchas formas que hay para distinguir los gobiernos que se han sucedido entre nosotros desde 1983 a la fecha, resulta muy ilustrativa la que pone en una vereda a aquellos capaces de reivindicar con éxito todo el poder -y que, por ello mismo, le dejaron a las banderías opositoras el papel de simples comentaristas de la realidad- al par que sitúa en la vereda de enfrente a los que, por las razones que fuere, necesitaron compartir parte de su poder.

Cuanto parecen trasparentar los discursos públicos, ademanes, gestos y gritos -que también los hay- de la clase política argentina, resulta engañoso. Si nos dejásemos llevar por esa serie de exteriorizaciones y, con base en las mismas, decidiésemos trazar un análisis de la realidad, nos equivocaríamos de medio a medio.

Decir que el gobierno se halla en una situación delicada no representa una novedad. Pero que así sea se debe menos al resultado de sus presuntas flaquezas, la falta de capacidad de sus elencos ministeriales o las indecisiones del presidente, que al peso de un ajuste cuya puesta en marcha era inevitable pero cuyas consecuencias -políticas y, al propio tiempo, sociales- no parecen haber sido previstas, por los ganadores de los comicios de noviembre pasado, en toda su envergadura.

Si Daniel Scioli hubiese sido el triunfador en la segunda vuelta que, en noviembre del año pasado, lo tuvo a él y a Mauricio Macri como competidores excluyentes, habría tenido que poner en marcha un plan de ajuste semejante al que implementó el actual presidente y que, por el momento, no ha alcanzado al gasto estatal.

 

Fueron tantos los actos en los cuales las diferentes banderías justicialistas recordaron -como lo han hecho todos los años, desde 1946 en adelante- el así llamado Día de la Lealtad, que un ignorante en la materia podría haber pensado, no sin alguna razón, en la pujanza de un movimiento así.

 

Como ninguna otra semana desde el día en que Mauricio Macri asumió la presidencia, la pasada puso al descubierto los problemas que aquejan al gobierno cuando debe lidiar con esa Casandra moderna, llamada Elisa Carrió.

 

Como no podría ser de otra manera, los comicios presidenciales norteamericanos siempre despiertan, en esta orilla del Plata, las mismas inquietudes.

 

Calificarse a sí mismo y a quienes lo acompañan en la gestión que lleva adelante desde hace un año con un 8 (distinguido, en la jerga universitaria), puede que haya escandalizado a algunos y disgustado a otros.

 

Por momentos, da la impresión de que tanto sus enemigos como también sus adversarios descubrieron un flanco débil en Mauricio Macri y sobre él cargaron todos a la vez, aun cuando esto no signifique -al menos, no necesariamente- que se hayan puesto de acuerdo entre ellos antes de dar comienzo a la embestida.

 

Los gobernantes -de más está decirlo- declaran cuanto se corresponde con sus intereses. ¡Bueno sería que hiciesen lo contrario! Defienden a capa y espada las decisiones que consideran acertadas y las cifras que convalidan su gestión, con el mismo o parecido énfasis con el cual embisten contra sus enemigos.

 

Aunque hubiese sido planeado -algo que debe desestimarse por absurdo- el ejercicio gubernamental no hubiera podido ser peor que el desenvuelto en los dos primeros meses de un año electoral decisivo.

 

Hace siete días, poco más o menos, la señora gobernadora de la provincia de Buenos Aires dijo -sin que le temblara la voz y en un momento en que nadie había tirado sobre el tapete el tema de las elecciones legislativas de octubre- que, si la alianza oficialista perdiese en el distrito más importante del país, “el mundo no se acabaría”.

 

La Argentina es, en muchos aspectos, el país del eterno retorno. Entre nosotros, por las razones que fuera, todo pasa para -al cabo del tiempo- resurgir como si tal cosa.

 

Las miles de personas que el pasado viernes se congregaron -como es ya costumbre- en la plaza histórica para ventilar desde allí críticas e insultos por igual a expensas del gobierno macrista, en un solo aspecto eran semejantes a las que desfilaron en contra del kirchnerismo en los últimos años de la administración presidida por Cristina Fernández.

 

Al margen de todo lo que se ha escrito respecto de los errores cometidos por el gobierno en el tema de los aumentos de las tarifas, hay un dato que pasó desapercibido y que, por lo tanto, no fue materia de análisis en el curso de las últimas semanas.

 

Marcelo Tinelli es un showman como pocas veces se ha visto otro en estas tierras. El éxito que ha generado lo ha convertido en una marca registrada.

 

El país entero conocía desde antes de substanciarse la segunda vuelta de la elección que consagraría como próximo presidente de la Nación, según fuesen los resultados, a Mauricio Macri o a Daniel Scioli, la herencia envenenada que recibiría el gobierno que tomase asiento en la Casa Rosada el 10 de diciembre. Cuando el líder de Cambiemos se impuso al candidato del Frente para la Victoria, nadie esperó que aplicase una política de shock. El ajuste era tan inevitable, como gradual sería su implementación.

La reunión que el jueves próximo congregará -salvo postergación de último momento- a la plana mayor del peronismo nacional, no será decisiva respecto al futuro de ese movimiento político, aunque marcará un antes y un después en términos del kirchnerismo como astro declinante.

 

Entre las muchas formas que hay para distinguir los gobiernos que se han sucedido entre nosotros desde 1983 a la fecha, resulta muy ilustrativa la que pone en una vereda a aquellos capaces de reivindicar con éxito todo el poder -y que, por ello mismo, le dejaron a las banderías opositoras el papel de simples comentaristas de la realidad- al par que sitúa en la vereda de enfrente a los que, por las razones que fuere, necesitaron compartir parte de su poder.

Tarde o temprano debía suceder. Era literalmente imposible que la trabajosa coalición vertebrada por el oficialismo en los primeros tres meses de gobierno permaneciese incólume y resistiera los embates de unas banderías políticas con asiento parlamentario, que habían cerrado filas junto al bloque de Cambiemos, algunas veces por convicción y otras por mera conveniencia.

Decir que el gobierno se halla en una situación delicada no representa una novedad. Pero que así sea se debe menos al resultado de sus presuntas flaquezas, la falta de capacidad de sus elencos ministeriales o las indecisiones del presidente, que al peso de un ajuste cuya puesta en marcha era inevitable pero cuyas consecuencias -políticas y, al propio tiempo, sociales- no parecen haber sido previstas, por los ganadores de los comicios de noviembre pasado, en toda su envergadura.

Si Daniel Scioli hubiese sido el triunfador en la segunda vuelta que, en noviembre del año pasado, lo tuvo a él y a Mauricio Macri como competidores excluyentes, habría tenido que poner en marcha un plan de ajuste semejante al que implementó el actual presidente y que, por el momento, no ha alcanzado al gasto estatal.

 

Fueron tantos los actos en los cuales las diferentes banderías justicialistas recordaron -como lo han hecho todos los años, desde 1946 en adelante- el así llamado Día de la Lealtad, que un ignorante en la materia podría haber pensado, no sin alguna razón, en la pujanza de un movimiento así.

 

Como ninguna otra semana desde el día en que Mauricio Macri asumió la presidencia, la pasada puso al descubierto los problemas que aquejan al gobierno cuando debe lidiar con esa Casandra moderna, llamada Elisa Carrió.

 

Como no podría ser de otra manera, los comicios presidenciales norteamericanos siempre despiertan, en esta orilla del Plata, las mismas inquietudes.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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