Vicente Massot

Vicente Massot

 

Dos meses atrás -día más o día menos- el equipo de campaña de la gobernadora María Eugenia Vidal -con la anuencia de ella, por supuesto- y Marcos Peña, mediando el visto bueno de Mauricio Macri, decidieron que era conveniente darle forma a un decreto del Poder Ejecutivo nacional por el cual la posibilidad de las listas colectoras quedara vedada.

 

 

Si hubiera un premio nacional para aquella persona que fuese capaz de obrar la mayor y más impactante sorpresa del año, se lo llevaría, sin sombra de duda, Cristina Fernández.

 

 

Es cierto que a nadie sorprendió el triunfo electoral del gobernador Juan Schiaretti el pasado día domingo.

 

 

La coalición que se bautizó a sí misma con el nombre de Cambiemos luce -como nunca antes- extraviada. Hasta un par de meses atrás, pocos si acaso alguno de sus integrantes de fuste, se animaban a plantear en voz alta la necesidad de oxigenar a ese conjunto de tres partidos, tan disimiles entre sí, con el aporte de fuerzas provenientes de diferentes latitudes ideológicas.

 

 

En mayo de 1995, cuando faltaban -como ahora- apenas seis meses para que se substanciaran las elecciones, a nadie se le hubiera pasado por la cabeza echar a correr la idea de que Carlos Menem debía bajarse de su candidatura para ser reemplazado por alguno de sus seguidores con mayor intención de voto.

 

 

Si Cristina Kirchner tuviera la seguridad plena de que en caso de dar rienda suelta a sus observancias populistas y del escalamiento de su discurso, resultase ganadora en los comicios presidenciales, no duraría un segundo en dar ese paso.

 

 

Por primera vez, la plana mayor de Cambiemos ha tomado conciencia de algo que se negaba a considerar -como posibilidad siquiera- y ahora debe contemplar como probabilidad: que Cristina Fernández -a quien la daban los macristas por derrotada antes de empezar- podría ganar en una segunda vuelta si las penurias económicas presentes se agravasen en los próximos meses.

 

 

Es de todos conocido que, en consonancia con la crisis cambiaria estallada a mediados del pasado año, el dato más acusado y característico del espacio político argentino pasó a ser la incertidumbre.

 

 

Los rumores han formado parte, desde tiempo inmemorial, de la política. No hay país -prescindiendo de considerar su trascendencia o insignificancia- en donde falten chismes y versiones de todo tipo. El runrún es algo que se puede rastrear en los Estados Unidos como en el Senegal, en Alemania como en Túnez.

 

 

La Reserva Federal acaba de anunciar que durante el resto del año en curso no aumentará las tasas de interés. En el horizonte mundial, si bien es perceptible una desaceleración de la economía, nada hace prever que se avecine un tsunami como el de 2008 o algo semejante.

 

 

De manera sostenida, pero sin prisas ni arrebatos que podrían afear su siempre cuidada imagen, Roberto Lavagna se ha metido en una campaña electoral atípica.

 

 

El próximo domingo habrá de substanciarse en la provincia del Neuquén una elección que años atrás, cuando nadie sospechaba ni remotamente la importancia del yacimiento de Vaca Muerta, hubiera resultado intrascendente.

 

 

Más allá de las dos principales incógnitas que hoy cruzan en diagonal a la política argentina -relacionadas, como no podría ser de otra manera, con las candidaturas presidenciales: si Cristina Fernández se meterá o no de lleno en la puja para llegar, una vez más, a la Casa Rosada y cuál será el papel de Roberto Lavagna, si acaso alguno- existe una duda de naturaleza económica que excede en importancia a cualquier otra.

 

 

Nicolás Dujovne es optimista respecto de la recuperación, a partir de marzo, del degradado poder adquisitivo de los jubilados y asalariados.

 

 

La herencia envenenada que recibió sin beneficio de inventario, unida a los garrafales errores cometidos en los primeros tres años de ejercicio del poder, han conducido al gobierno macrista a una situación que ninguna de sus figuras más representativas -empezando por el presidente de la Republica- hubiesen imaginado doce meses atrás. Aunque traten de demostrar calma y se empeñen en dar la impresión de que marchan con seguridad en el camino

 

 

La Argentina es el país por antonomasia del eterno entorno. Algunos ilusos -de ordinario bien intencionados- se ilusionan, a la primera de cambios, con modificaciones estructurales de nuestra economía; mayor seguridad jurídica; transparencia en los manejos del erario público; mejoras substanciales en la calidad institucional y demás tópicos que sólo conforman una agenda de buenos deseos.

 

 

Si acaso faltaba una prueba cabal de por qué el partido disputado en el estadio Santiago Bernabeu, de la ciudad de Madrid, no era conveniente jugarlo en el Monumental de Núñez, los episodios ocurridos alrededor del obelisco porteño entre las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche del domingo despejaron cualquier duda.

 

 

La reunión cumbre del Grupo de los 20 se desarrolló sin que hubiese que lamentar incidente ninguno. Contra la mayoría de los pronósticos y a diferencia de lo que había sucedido tanto en Génova como en Hamburgo, aquí el operativo de seguridad montado por el gobierno nacional resultó impecable.

 

 

No deja de resultar curioso lo que viene de ocurrir entre Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta. Muchos suponen que han acreditado, en más de diez años al frente de la administración pública de la ciudad de Buenos Aires y luego de la Nación Argentina, una competencia innegable.

 

 

Sería ilógico, en atención al arrastre electoral que parece tener Cristina Fernández, que las diversas tribus justicialistas -que andan, desde hace rato, a la búsqueda de un lugar donde cobijarse de las inclemencias del llano, huérfanos de poder- le hiciesen ascos a la ex presidente.

 

 

El fenómeno no se da solamente entre nosotros. No es -que se sepa- uno de esos caprichos criollos raro de hallar en otras latitudes. Por el contrario, resulta dable encontrarlo, sin necesidad de mucha búsqueda, en todo el mundo. Los seres humanos, aun cuando protestemos ser objetivos, llevamos cargas ideológicas a cuestas que resultan difíciles de obviar.

 

 

Ningún gobierno que hubiera tenido que poner en práctica un ajuste de proporciones y ejecutar políticas que estaban en las antípodas de las que había prometido durante buena parte de su campaña electoral habría podido imaginar que -a un año escaso de la finalización de su mandato y con elecciones presidenciales de por medio- estaría en condiciones de planear su derrotero sin apuros ni complicaciones.

 

 

Una de las mayores paradojas de la política argentina reside en el hecho de que aún con los presentes indicadores económicos -cuyas consecuencias sociales resultan indisimulables- Mauricio Macri sigue siendo un candidato competitivo para las elecciones presidenciales que habrán de substanciarse en octubre del año próximo.

 

 

A esta altura del mandato presidencial para el que fue electo, Mauricio Macri debería saber que el país de los argentinos es un potro difícil de domar.

 

 

Elisa Carrió ladra, sin duda, a condición de entender que rara vez su intención es morder. Si por ella fuese el ex–presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, nunca debió haber ostentado cargo de tamaña importancia. Tampoco formar parte del máximo tribunal de la República Argentina.

 

 

El gobierno luce satisfecho, y si bien todavía no se anima a echar a volar las campanas al viento poco le falta para que se decida a hacerlo sin pedirle a nadie permiso. Pasó, la administración macrista, del desconcierto y del temor a terminar de la peor manera a un optimismo, respecto del futuro, que sorprende.

 

 

Cristina Fernández sabe que tiene una sola posibilidad de alzarse como triunfadora en las elecciones que se habrán de substanciar en octubre del año próximo.

 

 

Cualquiera que desease realizar un resumen y compendio de la gestión presidencial de Mauricio Macri, y no se dejase llevar ni por simpatías ni por fobias de carácter ideológico, debería concluir que lo suyo ha resultado, hasta el momento, un fracaso sonoro.

 

 

Aquel día de diciembre del año 2015, Mauricio Macri sorprendió a no pocos de sus seguidores y votantes cuando creyó oportuno -en uno de los balcones de la Casa Rosada- bailar al compás de una pegadiza canción de Gilda. La pachanga reemplazó en ese momento al esperado discurso presidencial cuyo eje debió versar sobre la envenenada herencia recibida.

 

 

Como nunca antes, se echa de ver ahora -en medio de una crisis incesante y cuando faltan menos de doce meses para substanciar las PASO- que el de Cambiemos es, claramente, un gobierno de transición.

 

 

No resultaría tarea fácil rastrear, a nivel planetario, un caso similar al de nuestra ex–presidente, Cristina Fernández.

 

 

En un principio sus testimonios fueron casi calcados. Sin mayores distinciones entre unos y otros, los empresarios relacionados con la obra pública de nuestro país repitieron un mismo libreto, de manera monocorde. No es que se hubieran puesto de acuerdo antes de desfilar ante el juez Claudio Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli.

 

 

Hasta el día en que se desencadenó la crisis cambiaria nadie imaginaba, en el variopinto arco opositor, que hubiera una chance -por mínima que fuese- de competir con éxito en las elecciones presidenciales del año próximo.

 

 

La necesidad perentoria de ajustar la economía para cumplir con el Fondo Monetario Internacional hace que el gobierno actué de acuerdo a un criterio estratégico que se reduce a y se resume en el cortísimo plazo.

 


Por vez primera en décadas, todas las encuestas conocidas coinciden en una serie de puntos, a saber: la caída en la imagen de los principales protagonistas de la política nacional; la desconfianza mayoritaria que genera hoy la administración de Cambiemos; las pocas expectativas de la gente acerca de mejorar sus condiciones de vida el año próximo; el estancamiento del macrismo, en punto a la intención de voto, en torno a 35 % y, por último, el sostenido ascenso de Cristina Fernández que, en el supuesto de una segunda vuelta electoral, se ubicaría -apenas- seis o siete puntos debajo del oficialismo.

 

 

A esta altura de la relación entre el papa Francisco y el presidente de la Nación, la ojeriza de aquél respecto de éste resulta inocultable. Al Santo Padre se le nota en la cara la antipatía que siente por Macri. Los desencuentros de uno y otro vienen de lejos.

 

 

Si el presidente de la República y su alter ego, el jefe de gabinete, realmente consideran que llegamos al berenjenal en el que estamos metidos por obra y gracia del aumento del precio del petróleo, las inclemencias climáticas que afectaron a la cosecha de soja y la volatilidad de los mercados de deuda, el problema resulta bastante más serio del que creíamos.

 

 

La crisis que sobrelleva el país es de final incierto. No en razón de que, a esta altura, nadie se anima a sostener que la apreciación del tipo de cambio -53 % desde finales de diciembre a la fecha- tocará a su fin como consecuencia de los cambios obrados en el gabinete nacional y en el Banco Central.

 

Si no fuera por el hecho de que nada es motivo de sorpresa en nuestro país, llama la atención la forma como se ha comportado el gobierno a poco de ponerle el moño a un acuerdo -ciertamente inédito y auspicioso- con el Fondo Monetario Internacional. Pareciera que después de considerar a la crisis un simple sacudón -nada más, decían- todo volverá a la normalidad.

 

 

Tantas consideraciones ha merecido en las últimas semanas el veto presidencial, que todos descontaban si prosperaba en las dos cámaras del Congreso Nacional la iniciativa del arco opositor relacionado con el tema de las tarifas públicas; tanto se ha especulado respecto a las consecuencias que podría traer aparejadas para el oficialismo, y tantos han sido los análisis enderezados a puntualizar los pros y los contras del ucase macrista, que es imposible ignorarlo.

 

 

Los mercados de deuda, los fondos de inversión que se retiraron antes de pagar el impuesto a la renta financiera y la Reserva Federal norteamericana no nos jugaron una mala pasada, a propósito. Sería una estupidez suponerlo siquiera.

 

 

No es la primera vez que, en el curso de nuestra historia -y, para el caso, del de cualquiera otra sociedad conocida- cuanto hasta ayer resultaba exaltado hasta las nubes hoy es puesto en tela de juicio sin demasiada compasión.

 

 

El gradualismo -la piedra angular sobre la que descansa el edificio político trabajosamente construido por el macrismo en los últimos dos años- no depende del humor social, de la buena o mala voluntad del peronismo ortodoxo, de las posibles consecuencias a que pudiera dar lugar un veto presidencial o de los disensos -a todas luces visibles- estallados en el seno de Cambiemos.

 

 

No deja de resultar ilustrativa la coincidente embestida que, contra la política tarifaria de la administración de Cambiemos, han ensayado, casi al unísono, Cristina Fernández de Kirchner y Elisa Carrió.

 

 

La condena extendida por la Cámara Regional 4 de Porto Alegre al ex–presidente de la vecina república del Brasil, más conocido con el sobrenombre de Lula, nos pone -nos guste o no- ante la necesidad de hacer una comparación entre el país de ascendencia portuguesa y el nuestro.

 

 

Luego del penoso desempeño del seleccionado argentino de fútbol frente a su par español, no fueron pocos los analistas políticos y gente del común que repasaron la relación entre ese deporte -capaz de despertar, en estas tierras, pasiones desbordantes- y la cosa pública.

 

 

Conviene sincerarse sobre una cuestión que pocos plantean y que es fundamental a la hora de analizar los cruces entre el oficialismo y la Justicia. Como nos hallamos en un país de biempensantes, todo lo que disuene con lo políticamente correcto nunca habrá de encontrar espacio -por reducido que sea- en las páginas de los medios de difusión escritos más importantes de la Argentina o en los programas de televisión dedicados a repasar los temas de actualidad.

 

 

Las tensiones -harto visibles- que cruzan en este momento la relación del Poder Ejecutivo y la Justicia no se limitan -como podría pensarse luego de escucharlo a Mauricio Macri el domingo, en horas de la noche, cuando contestó las inquietudes que le planteaba el conductor televisivo Luis Majul- al fallo de los magistrados Jorge Ballestero y Eduardo Farah.

 

 

Todo hacía suponer, en atención a lo que estipulaba de hecho el cronograma político, que la campaña electoral se abriría paso recién cuando hubiese finalizado el campeonato mundial de fútbol a disputarse este año en Rusia.

 

 

Nuestro país no se halla en una situación ni remotamente parecida a la que precedió al estallido del año 2001.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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