Martes, 01 Noviembre 2016 11:01

Una gobernanza global democrática es más urgente que nunca

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La situación global está marchando en un equilibrio altamente inestable, cercana al desmadre.

 

 

El exponencial salto del crecimiento económico de las últimas décadas, apoyado en la revolución científico-técnica y la globalización, generó fenómenos que trascienden los Estados Nacionales.

 

Más de 600 millones de personas salieron de la pobreza extrema, con un ritmo jamás visto en la historia humana. Las “metas del milenio” se alcanzaron cinco años antes de su plazo. El conocimiento de la naturaleza está llegando a los bordes del universo y a los más pequeños espacios de la materia. El procesamiento de información por las máquinas ya superó la capacidad del cerebro humano y, miniaturización mediante, asume cada vez más actividades humanas. La automatización se generalizó en la industria, la agricultura, las oficinas y está avanzando en los servicios.

 

Los trabajos humanos se reducen, ante la presencia de las máquinas, pero lo que debiera ser una gran noticia –lograr vivir sin trabajar- se deforma por las tensiones del cambio, provocando desocupación, empobrecimientos y angustias existenciales. Ese proceso generó paralelamente resultados altamente peligrosos.

 

Un capital financiero que ya supera en varias veces al producto bruto real del mundo fogonea la inestabilidad y la incertidumbre.

 

Las operaciones de pases, que a comienzos del siglo eran apenas superiores al Producto Global, hoy lo superan en diez veces. La deuda total del mundo triplica ya el producto. El crecimiento sin empleo provoca crisis, migraciones y desestructura sociedades. 

 

El reacomodamiento geopolítico induce vacíos de poder en zonas altamente sensibles –como el Oriente Medio-, convertido en el escenario de los coletazos salvajes del mundo que muere, pero no ha sido reemplazado por el que llega, desatando tensiones seculares adormecidas despertadas hoy por la polarización, las exclusiones y la pobreza residual –a la que los medios masivos e interactivos de información le muestran que su situación angustiante no es compartida por todos-.

 

El mundo que llega globalizó la economía, que se escapó de los controles nacionales, pero ha mantenido a la política aferrada a su dinámica propia del pasado. Todos sufren el cambio, en algunos casos llevando a escenarios inesperados como el renacimiento del instinto autoritario, que no responde a ideologías sino a reacciones viscerales.

 

Putin y Trump, Maduro y Erdogan, Marine Le Pen y King Jong-Un pueden ubicarse en la “izquierda” o en la “derecha” indistintamente. Los une sin embargo el chauvinismo, la visión autoritaria, el recelo del mundo que viene y la libertad de las personas. Y son un peligro. Sólo pensar que la existencia de la humanidad puede quedar en los “dedos-nucleares” de Putin y Trump causa escalofríos. Esas visiones reaccionarias impregnan incluso a fuerzas democráticas, que sin imaginación para gobernar lo nuevo responden con el reflejo, tan primitivo como utópico, de frenar la historia. Lo vimos acá durante diez años, como se insinuó en Grecia o hasta en las propias España y Gran Bretaña.

 

Sin embargo, esos fenómenos no son ni fueron inexorables. Son el resultado de una globalización sin política, de élites de conducción que observaron la marcha hacia el nuevo mundo en forma resignada, ignorando los “daños colaterales” en millones de personas afectadas por el cambio, que hoy sólo ven el regreso al pasado –utópico e imposible- como la única forma de recuperar algo de lo perdido. Es el resultado de una política que no cumplió con su obligación.

 

Es cierto que existen liderazgos democráticos modernizadores con sentido social. Obama ha sido tal vez el mejor exponente, con políticas inteligentes de protección del tejido social, aún frente a la resistencia cerril de gran parte de la política norteamericana cooptada por la euforia del cambio sin control.

 

El nuevo paradigma necesita más que nunca la política. La alternativa es convertir al mundo en un infierno aún mayor al que sufrimos. Una política eficaz en la protección del planeta, en el trato humano a los expulsados de sus países originarios, en la protección de los derechos humanos para todos, en la distribución de la riqueza global en favor del fin de la pobreza, la exclusión y la miseria.

 

Por primera vez en la historia humana, el avance científico técnico y la economía están en condiciones de garantizar a todas las personas del planeta una vida digna, sin hambre ni inseguridades. Las élites democráticas tienen hoy ese desafío, que no es un escenario de un mundo lejano, sino en el que estamos inmersos.

 

Cabe sólo reflexionar sobre el próximo proceso de crecimiento económico argentino. Para ser autosostenido, competitivo y exitoso, debe incorporar la mejor tecnología existente en cada área. Ello se traduce en mayor producción con menos trabajo. Desde la política –no sólo desde el gobierno, sino desde los aliados, la oposición y el propio “camino del centro”- debiera pensarse rápidamente en nuevas formas de distribución de riqueza que no dependan del trabajo estable, que no resurgirá porque en el mundo está en retroceso inevitable y llegará a su fin, como lo hiciera en su tiempo la esclavitud.

 

Protección del ambiente, Ingreso universal, piso de dignidad, protección clara a los excluidos, servicios públicos básicos al alcance de todos, educación de calidad generalizada, sistema de salud que no dependa del comportamiento monopólico de las prestadoras privadas y estímulo fuerte, muy fuerte, a la actividad emprendedora parecieran ser las formas que se están esbozando en el debate político global para retomar las riendas. Así parece enunciarlo el documento del G 20 de Hangzhou, que interpretando a países de diversas ideologías, geografías, dimensiones y niveles de desarrollo han acordado por primera vez en la historia humana poner en el centro a las personas, obligación fundamental de la política.

 

Es más urgente que nunca acelerar la articulación de una gobernanza global eficaz. Ignorarlo puede llevarnos a un infierno económico –si estalla la “súper burbuja” de capital simbólico, que hoy gira alegremente en mercados sin control-, a un infierno violento –si los coletazos de la geopolítica del siglo XX golpea en algún sector del mundo sensible a odios históricos despertados-, a un infierno ambiental –si la expoliación de los recursos naturales sigue ignorando los límites objetivos del planeta- y a un infierno ético, si las redes delictivas globales no son desarticuladas por una acción que alcance a todos los rincones del mundo. Y hasta a un infierno terminal, si las nuevas armas que se están anunciando, decenas de veces más destructivas que las existentes, caen en manos irresponsables.

 

Es cierto que los temas “del mundo” no suelen concitar atención del gran público. Lo grave es que tampoco parecen concitarlo en el sector de la sociedad al que el gran público confía la conducción de los temas generales, que son las élites políticas. El G-20 insinúa un cambio, con una toma de conciencia, tanto como el acuerdo de París en la cuestión ambiental. Otros capítulos de la agenda, no estimulan el optimismo: Siria, el Mar de la China, el Oriente Medio, el retroceso europeo, la impotencia para contener humanitariamente las migraciones y el surgimiento del chauvinismo autoritario, afortunadamente en claro retroceso en nuestra América Latina.

 

Debieran hacerlo, antes de que algún “cisne negro” desate un proceso incontrolable.

 

Ricardo Lafferriere 

www.laspi.net/rel  

www.ricardo-lafferriere.blogspot.com  

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