Martes, 21 Junio 2016 08:14

Los peronistas, ¿son todos iguales?

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Los acontecimientos políticos que conmocionaron estos días a la opinión pública –y lo vienen haciendo desde hace varios meses, sin solución de continuidad- han reverdecido una afirmación que muchos argentinos repiten, en algunos casos convencidos y en otros tal vez sin pensar pero arrastrados por una especie de “main stream” de la opinión pública: “los peronistas son todos iguales”.

Consciente de la especial sensibilidad que –justamente en este momento- produce el tema, creo que no está mal agregar algunas reflexiones al debate, sin dudas conflictivo.


La afirmación conlleva un singular desafío intelectual: determinar los límites de la identidad colectiva. Es indudable que “el peronismo” existe, como existe el Club Boca Juniors, el “radicalismo”, “los católicos”, “los judíos”, “los gallegos” o “los tanos”. También lo es que, en el campo político, la identidad suele estar determinada por los actos de gobierno, o de oposición, del respectivo colectivo. Pero también es evidente que la identidad es “polisémica”, en el sentido que define cosas diferentes, las que es necesario indagar para no cometer errores de análisis que lleven a conclusiones equivocadas.


“Los radicales”… ¿son todos iguales? ¿Son todos iguales “los católicos”? ¿Fueron –y son- todos iguales “los militares”? ¿O “los curas”? Es indudable que en cuanto agrupamientos integrados por personas, con todo lo que implica en el respeto a la condición de “única e irrepetible” que define a cada una, la afirmación del título conlleva un oxímoron. Es imposible la igualdad absoluta.


De hecho, y focalizados en ese interrogante, está claro que no son iguales un peronista de barrio que sólo siente y vota, pero nunca “se metió” en política, que –pongamos por ejemplo- un profesional de la escena política, se llame Cafiero, Menem, Kirchner o José López. Tal vez sea similar diferencia a la que existe entre un hincha de Boca y un dirigente profesional del Club, que tiene una agrupación y para el que las palabras “Boca Juniors” incorporan una visión de elecciones internas, contactos con los barras bravas, contratos para compra o venta de jugadores, concesión de merchandising o participación en la “Cueva” donde se cambian cheques non-sanctos. Sus mundos están separados por un abismo, ya que un modesto hincha boquense sólo apasionado por su identificación con el juego o la camiseta difícilmente siquiera entienda o le interese el entramado de líneas de poder y negocios que para el otro es inherente a su idea de “Boca Juniors”.


Afinando el análisis, tampoco es lo mismo en el segundo grupo el dirigente que con honestidad cree en las virtudes de la promoción del deporte en las generaciones jóvenes y vuelca todo su esfuerzo en la formación de las divisiones inferiores, por ejemplo, que el que ve en la “política interna” del Club oportunidades de negocios y poder que podría ejercitar sin mucho esfuerzo en cualquier otro espacio similar, sea un club deportivo, de Hockey Femenino o de Tenis.


“Los peronistas” no son todos iguales, como no son todos iguales los integrantes de los colectivos humanos. Sin haber compartido nunca la épica, la ética, la estética ni el estilo vertical del peronismo –más bien todo lo contrario-, me animo a afirmar que con toda su polisemia conforma una presencia importante en el funcionamiento de la sociedad argentina. Tanto, como los integrantes de Cambiemos, el otro gran espacio político-cultural argentino, hoy mayoritario y gobernante.


Ambos son plurales, diversos y funcionales al sistema político. Ambos necesarios y –me atrevo a decir- imprescindibles para el desenvolvimiento de una democracia moderna. Representan en lo profundo de su identidad dos estilos que no están separados tajantemente por los valores, que ciertamente responden más bien al espíritu de época que a sus esencias y en consecuencia impregnan a ambos y son cambiantes, sino en todo caso por el estilo más o menos vertical de su sistema de toma de decisiones, que pueden caricaturizarse pero que -hasta ellos- tienen una impregnación recíproca. Ni el peronismo es total y absolutamente vertical, ni Cambiemos es total y absolutamente horizontal, ya que correrse hacia esos márgenes los llevaría a abandonar su verdadera justificación social, que es la funcionalidad para la marcha del sistema político.


Lo hemos visto recientemente, con la exageración verticalista del gobierno que terminó el 10 de diciembre de 2015, como lo vimos a comienzos de siglo con la exageración horizontal del gobierno de la Alianza. El primero condujo a una corrupción gigantesca, el último a una implosión de poder que no permitió superar la crisis económica de cambio de siglo. En ambos casos terminaron en crisis con diferentes características, pero conmocionantes.

Ahora estamos en una situación promisoria. Esos dos grandes agregados político-culturales que motorizaron la historia argentina, que hoy expresan Cambiemos (representando el espacio que durante el siglo XX fue contenido por el radicalismo, enriquecido por mejor capacidad de gestión) y el peronismo (que buscará su reorganización depurándose seguramente de sus exageraciones verticalistas y sus aristas corruptas), ambos con sus ricos coloridos plurales, pueden ser los dos grandes pilares de la democracia argentina del siglo XXI.


Esta afirmación es una esperanza, pero también se insinúa en la realidad. En el mismo tiempo en que José López lanzaba el fruto de sus delitos por sobre las rejas de un convento buscando impunidad, la Cámara de Diputados con el aporte y el enriquecimiento intelectual de muchos legisladores peronistas votaba con números abrumadores la ley de reforma previsional y el blanqueo de capitales que la financiará, propuestas por el oficialismo de Cambiemos; y el Senado aprobaba por mayoría clara a los dos nuevos Jueces de la Corte Suprema, propuestos por el Presidente de la República sin conocerlos, aun sabiendo que en los antecedentes de ambos podían observarse lejanos parentescos axiológicos con los dos grandes espacios político-culturales argentinos a que nos referimos más arriba, y que la fuerza oficialista no contaba ni por asomo con la representación parlamentaria como para asegurar por sí sola este resultado.


Es que el país seguirá. Se depurará de sus lacras más lascerantes, pero retomará su marcha. En esa marcha, todos los argentinos somos necesarios y nadie debe quedar excluido. Seguramente Cambiemos mejorará su organización institucional y el peronismo avanzará en la suya, con nuevos escalones dirigenciales generacionalmente más actualizados. En el futuro gobernarán uno u otro, y el que no lo haga deberá ser una oposición lúcida con vocación de poder. Y si no cumplen, serán reemplazados por otras formaciones que tomen su lugar. Así funcionan las democracias modernas y así sería bueno que lográramos hacer funcionar la nuestra.


Ese es el desafío mayor de las generaciones que hoy protagonizan la primera línea de la política, la comunicación, la economía, la cultura y la intelectualidad del país. Soltar lastres y mirar el horizonte. Su responsabilidad no es el siglo XX –que ya pasó, no podemos cambiar y que está en manos de la justicia y el juicio histórico de la opinión pública-. Es el XXI, lo que viene, cuya agenda es demasiado densa como para perder el tiempo entretenidos más de la cuenta en la curiosa observación de lo que nos pasó, como no sea para aprender de los errores.


Ricardo Lafferriere 

ricardo-lafferriere.blogspot.com.ar 

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