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Jueves, 02 Abril 2020 00:00

Ante el fin de la luna de miel de la cuarentena - Por Luis Tonelli

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Muchos se preguntaban cómo haría el populismo para gobernar sin esas vacas gordas que le permitieron en su momento construir su fama de justicieros sociales.

 

El mismo Alberto Fernández se hacía esa pregunta, porque si polarizaba al estilo K, en el banco de suplente estaba la verdadera intérprete de esa canción, y él iba a quedar seguramente haciendo coros, sin mayor protagonismo.

Y la respuesta se la vino a dar el coronavirus. Si la primera imagen que quiso dar Fernández (A) fue la del Presidente de Todos, Todas y Todes, a poco de andar la cuarentena ya su discurso fue adoptando el típico discurso populista.

Alberto (F) nunca se sintió cómodo discurseando en los balcones. Digamos que, para él, el grupo ideal a quien hablarles ha sido siempre una comisión de trabajos prácticos de la facultad. Dadas que están prohibidas las manifestaciones masivas que amaba Fernández (Cristina), y Alberto (F) es el verdadero Comandante en Jefe del Encierro Obligatorio, el bicho infesto le ha permitido encaramarse a la cima del poder, con solo dictar decisiones burocráticas y explicar amenamente en rueda de prensa amable, por qué no salir (que coincidencia, justo él que es un Bicho Colorado fanático, de ese sufrido Argentinos Juniors).

Ahora en el Timón del Barco, con todos los argentinos en la bodega, pero con todos los motores apagados, Fernández (A) si puede explayarse asumiendo los típicos tics del discurso populista y señalar al empresariado como los socios malos del virus. La frase del Presidente “no les pido que pierdan, solo que dejen de ganar un poco”, debe ser aplicable solo a unos pocos (Farmacity y los supermercados). Para los demás, y especialmente para aquel con un negocito en el barrio, la cuarentena significa lisa y llanamente no tener ningún ingreso (ni siquiera acceder a las 10 lucas regaladas por el Gobierno Nacional), teniendo por ahí, pagarles el sueldo a unos cuantos empleados, y bancar los propios gastos familiares.

Dada la sofisticación actual del Estado argentino, frente al despliegue supersónico de un virus del que los más doctos siguen sin saber demasiado, la cuarentena total fue la única herramienta que quedó a mano. Pero plantear como lo hace el Presidente, la disyuntiva entre salud o economía, es otro exponente más del discurso populista de satisfacer necesidades inmediatas sin medir las consecuencias de futuro. Con toda la economía cerrada, sin consumo (salvo el super y la farmacia) sin producción (salvo las exceptuadas) vamos a añorar la recesión que sufríamos desde el 2012.

Decretar la cuarentena ha sido fácil y hacerla cumplir un tanto más difícil. Pero lo difícil va a ser salir de ella. Todavía no hay vacuna, ni medicación ni ha pasado el tiempo para que la población se infecte tan paulatina como extensamente para quedar inmunizada y no abarrotarse los hospitales de enfermos graves. Si bajo estas condiciones, se levanta la tranquera, el contagio partirá de la base infectados de ese momento para crecer exponencialmente de nuevo. Pero si no se la levanta más temprano que tarde, una economía donde nadie compra y nadie produce no puede sino colapsar en una situación nunca vista antes.

Fernández (A) padece del problema exactamente inverso al de esos líderes fuertes que apostaron a mantener todo abierto mientras aparecía la cura antes que se les desmadrara la epidemia. Por un lado, el coronavirus se contagia a una velocidad pasmosa, y por el otro lado, los anuncios del descubrimiento médico milagroso han sido por ahora solo fake news. El Presidente argentino apostó en cambio a una cuarentena absoluta, que se supone permitirá aplanar la curva de infectados mucho antes de la catástrofe sanitaria que sufren Italia y España, y que está sufriendo ahora Estados Unidos. Pero con una economía del tamaño de la Argentina ese parate temprano también tendrá consecuencias tempranas. Y sin economía no hay ni hospitales, ni ayuda a los pobres, ni seguridad, ni nada de nada.

Estamos todavía en la “luna de miel” de la cuarentena. En esta guerra contra zombies indetectables, ya que un familiar y un amigo puede estar contagiado silenciosamente, el miedo se impone a las consecuencias económicas que recién empiezan a manifestarse. Pero el miedo al potencial contagio puede comenzar a ser desplazado por la realidad del colapso económico. Y estas cacerolas prematuras no podrán, sino que multiplicarse. Esa será la verdadera grieta, que el Presidente ha comenzado a abonar con sus palabras.


Luis Tonelli

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