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Jueves, 02 Abril 2020 00:00

Los médicos detrás de los aplausos - Por Omar López Mato

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¿A quién aplauden las personas en sus balcones? Los médicos argentinos hoy continúan la mejor tradición de abnegación de sus maestros y aquellos que los precedieron en esta gesta.

 

Son los mismos que lucharon contra la viruela en tiempos de la colonia, la Fiebre Amarilla que asoló Buenos Aires, la tuberculosis, la difteria, la polio y hoy enfrentan esta pandemia exponiendo sus vidas. Eduardo Wilde trascendió los límites de lo asistencial para dejar su impronta en la política y las letras.

En la plaza Florentino Ameghino (Caseros y Monasterio) hay una estatua a la que pocos se acercan. Debajo, una lista de nombres enumera los médicos que se quedaron a luchar cuando la Fiebre Amarilla asoló Buenos Aires en 1871.

Por entonces la Ciudad solo era una gran aldea (150.000 a 160.000 habitantes) pero la epidemia mató a 14.000 personas, la mayor parte inmigrantes italianos hacinados en conventillos. A los primeros casos de la fiebre aparecidos en febrero de ese año, no se le prestó mucha atención. Podría ser cualquier enfermedad. Fue justamente un muy joven Eduardo Wilde quien dio la alarma. Además de médico, que había conocido las durezas de la guerra en el Paraguay, usaba su escaso tiempo libre para ejercer, con humor e ironía, el periodismo: su tesis sobre el hipo hizo historia. Mientras sus compañeros de facultad hablaban de extraños síndromes y novedosas técnicas quirúrgicas, Wilde se explayó sobre este fenómeno físico al que no todos le prestaban atención. Pero no sabía que un año más tarde el hipo - ese espasmo del diafragma - se convertiría en un signo ominoso para los pacientes infectados por el virus de la Fiebre Amarilla. Fue así como las autoridades de la Universidad premiaron su trabajo.

Con pocos meses de recibido, pero una larga experiencia adquirida como practicante en los esteros guaraníes, prontamente reconoció los signos y síntomas de esta enfermedad y advirtió a la población a través de los periódicos. Al conocerse la noticia cundió el pánico en la ciudad. De los 150.000 habitantes casi la mitad buscó refugio en los pueblos cercanos, incluido el presidente Sarmiento, que huyó a Chivilcoy. Entonces desconocían que un mosquito era el vector del virus de la Fiebre Amarilla.

Muchos médicos buscaron la seguridad que otorgaba la distancia y solo 60 profesionales dirigidos por una comisión - conducida por el abogado y masón, José Roque Pérez - libraron la batalla contra esta enfermedad que sembró la muerte en la ciudad, a punto tal que cambió su fisonomía.

Incansablemente pelearon estos médicos asistidos por policías, sacerdotes y voluntarios. Wilde pasó noches sin dormir, como lo hizo el doctor Muñiz con 71 años a cuesta, como lo hicieron los hermanos Argerich (inmortalizados en el cuarto de Blanes) y Caupolicán Molina, amigo de Wilde muerto durante la epidemia.

La epidemia pasó. Los médicos que sobrevivieron recibieron una Cruz de Hierro. No de oro, no de plata: de hierro por la templanza demostrada en el ejercicio del “austero deber valientemente cumplido y deliberadamente aceptado”, como lo expresó el general Mitre, una de las pocas figuras que se quedó en la ciudad para cumplir con sus deberes de ciudadano. Wilde siempre lució esa cruz con orgullo.

Cuando Roca fue presidente lo nombró Ministro de Justicia, Culto e Instrucción. A él se debe la Ley de educación laica obligatoria y gratuita inspirada en las ideas de Sarmiento.

A Wilde jamás le fue perdonada la osadía de imponer el laicismo en el país. Fue vituperado, sus palabras tergiversadas, fue acusado de corrupto, pero, por sobre todo, fue castigado con el olvido. Ninguna calle ni escuela lo recuerda, y el partido bonaerense que lleva su apellido alude a su tío, un notable escritor.

Para Eduardo Wilde, como muchos de los médicos que siguieron su senda, la vida parecía una broma cruel que, a pesar de su complejidad e incertidumbre merece ser disfrutada hasta su último aliento.

Omar López Mato
Historiador y médico oftalmólogo

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Omar López Mato

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