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Lunes, 20 Abril 2020 00:00

Me planté con siete y medio - Por Rogelio Alaniz

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Estamos atravesando por un momento histórico difícil. Decididamente malo. Los argentinos y el mundo.

 

El futuro nos dirá si esto es una coyuntura, un traspié o constituye una crisis que cambia las reglas de juego en el mundo y define un antes y un después en nuestros modos de convivencia. No creo que alguien disponga de una verdad revelada.

Mis opiniones son las de cualquier ciudadano de la calle -o de su casa- y como toda opinión es falible. Es el momento de los expertos, se dice. Es el momento del saber científico y no de los templadores de guitarra. Sin embargo, los expertos no son un club con opinión unánime. La biblioteca también allí está dividida y en algunos casos muy dividida. Es verdad que no todo es tan vaporoso. Algún consenso sobre lo que ocurre existe.

Pero ese consenso es mínimo y alcanza para decidir algunas cuestiones elementales. A partir de allí, están nuestras opiniones, nuestros deseos. Y también nuestras creencias acerca de la sociedad y el mundo. Aquello que en otros tiempos se decía “ideología”, sin que entonces el término fuera considerado una mala palabra.

Yo no soy experto en nada, pero como no nací ayer he aprendido que a los expertos hay que respetarlos, pero no endiosarlos. Como se dice en estos casos: la pandemia es una tragedia demasiado seria como para dejarla en manos exclusivas de los expertos.

Y sobre todo de algunos expertos que neuróticamente se enamoran de sus propias teorías o suponen en nombre de especulaciones teóricas que el estado ideal de la humanidad es vivir de cuarentena hasta el fin de los tiempos. Yo no soy experto, repito, pero, así como admito que en su momento declarar la cuarentena fue un desafío que hubo que asumir, de aquí en más postulo que el desafío será salir de la cuarentena. Y así como me consta de la existencia de algunos expertos enamorados de sus teorías, tampoco ignoro que existen políticos enamorados de la cuarentena y en sus deseos imaginarios (Sebreli) suponen que la cuarentena es la traducción política de la comunidad organizada en el siglo XXI.

El llamado impuesto patriótico a los ricos, (¿o impuesto del Instituto Patria?) es anticonstitucional, anticapitalista y antirecuperación económica. Lo más interesante de todo esto es que sus promotores no son Lenín, Trotsky o el Che Guevara, sino un banquero millonario cuyo banco se las arregla jurídicamente para no pagar impuestos y el hijo de la pareja presidencial que desde el poder acumuló más riquezas a través de un extraordinario, eficaz e impune operativo de saqueo de los recursos nacionales.

¿Y el tratamiento de la deuda? Me gustaría disponer de más información para opinar. O ver cómo camina el rengo, como dice el cuento. Por lo pronto, ejerzo el principio de responsabilidad que consiste en preguntarme qué haría yo en el lugar de tío Alberto. Y en este punto no creo que haya mucho margen de maniobra. Por otra parte, no puedo menos que aprobar que los anuncios se hayan hecho con la presencia de los gobernadores. Si además, se pusiera en actividad al Congreso, mi aprobación sería completa.

El otro día conversé por teléfono con Fernando Savater. Una buena conversación. Él también admite que no es un experto en materia de epidemias. Y que por lo tanto cumple con las disposiciones de la cuarentena, pero llegado a este punto cree que a esta epidemia la vamos a superar en un tiempo relativamente breve.

¿Un mundo nuevo, un mundo mejor? “No lo creo; lo que sí quiero -me dice- es que regresemos al mundo que vivimos hasta que llegó esta pandemia. Puede que corrijamos algunas cosas para bien, pero seguramente nos seguiremos equivocando en otras. Pero en todos los casos lo que deseo es que se ponga punto final a esta pandemia y a los falsos redentores que suponen que esto ocurre por nuestros pecados o por nuestros excesos de consumo o por la agresión al medio ambiente... los hombres seguiremos siendo mejores en muchas cosas y peores en otras... la pandemia no nos redime de nada”. De más está decir que estuve de acuerdo con todas y cada una de sus palabras.

Yo también quiero que esta pandemia se termine para regresar a la vida que teníamos antes. Que no era tan linda ni tan justa, pero tampoco era el infierno que algunos nos pintan. Una vida, y un estilo de vida, que en más de un caso nos brindaba satisfacciones que ahora extrañamos. Añorar el pasado incluye el riesgo de ser acusado de conservador. No me asusta la imputación.

Creo no ser injusto ni malvado por considerar que en este mundo hay muchos valores y realizaciones que merecen conservarse porque le otorgaron y le seguirán otorgando sentido y significado a nuestras vidas. ¿Por ejemplo? La libertad, por ejemplo. Y podría señalar muchos valores más, pero por ahora, en nombre de la libertad me planto con siete y medio, porque sigue siendo “la única parada de la vida que acerté”, como dice el tango.

Comparto el diagnóstico de Yuval Noah Harari: la pandemia nos obligará a decidir acerca de dos cuestiones. Primero, si la epidemia la resolvemos encerrándonos en la nación o a través de la cooperación internacional. Segundo: si a la pandemia la resolvemos con democracia o con regímenes autoritarios o totalitarios. Por supuesto, mi apuesta es a favor de la cooperación internacional y la democracia. Humanismo y libertades. Como dice tío Colacho: “En el mundo, la camiseta de Occidente; en la Argentina, un salvaje unitario irreconciliable”.

Alberto Fernández es el presidente de los argentinos y de alguna manera el capitán de la nave en la que viajamos todos. En medio de la tormenta no nos queda otra alternativa que confiar en él. No hay margen para motines a bordo, pero tampoco hay margen para equivocarse demasiado. Pretendo que Alberto sea, a la hora de las comparaciones, nuestro Guillermo Brown y no nuestro lord Jim.

De él dependerá el lugar que sabrá ganarse en la historia. Creo que hay un amplio consenso en admitir que el liderazgo presidencial se fortaleció en esta coyuntura. Puede ser. Pero lo que también hay que decir, es que esta travesía recién empieza. Es más, para algunos lo peor aún no llegó. Y lo peor tiene como en la mitología griega, dos rostros: uno el de la pandemia; el otro, el de la catástrofe económica. No va a ser fácil superar estos desafíos. Pero no nos queda otra alternativa que superarlos. El compromiso nos incluye a todos. Más en un régimen presidencialista con dirigentes que aspiran a practicar las bondades del decisionismo, está claro que la mayor responsabilidad es la del peronismo.

Al respecto yo tengo mis propias opiniones, pero en nombre del beneficio de la duda, o para ser más directo, en nombre de las reglas de juego de la democracia, debo desear que el gobierno haga las cosas de la mejor manera posible. Por supuesto, lo que pienso no lo comparte mucha gente. Sin ir más lejos, tía Cata se enojó mucho conmigo cuando por teléfono le dije lo que ustedes están leyendo.

Para conocimiento de mis lectores, les anticipo que tía Cata arrastra desde su juventud algunos “problemitas” con el peronismo. Tía era muy jovencita cuando debió exiliarse en Uruguay porque a su papá, tío Goyo, se le ocurrió no usar el luto obligatorio impuesto por el régimen y después para rematarla, como director de escuela se opuso a que “La razón de mi vida” fuera texto obligatorio en las escuelas y que la frase “Yo amo a mi mamá” fuera reemplazada por “Yo amo a Evita”.

A tío Goyo lo cesantearon y gracias a la colaboración de algunos amigos pudo eludir la cárcel y viajar luego en un auto prestado con su esposa y su hija Catalina hasta Concordia. Y de allí en un avión privado a Montevideo. “Peronismo y corona virus -suspiró tía Cata por teléfono- que Dios nos agarre confesados”.

Rogelio Alaniz

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Rogelio Alaniz

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