Viernes, 08 Mayo 2020 00:00

Los nuevos desafíos que afronta el Jefe de Estado - Por Jorge Raventos

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El gobierno de Alberto Fernández ha soportado en las últimas semanas las consecuencias paradójicas de su éxito sanitario: el número de muertos por coronavirus y el promedio de víctimas y de infectados por número de habitantes de Argentina es ínfimo comparado con las cifras de Brasil, de los Estados Unidos, de Francia o de Chile (por citar sólo algunos ejemplos).

 

Mientras en Estados Unidos están muriendo alrededor de 2.000 personas por día a causa del virus, y Brasil supera los 500 muertos diarios (en ascenso), en Argentina el promedio diario de bajas es inferior a 10.

Las estimaciones iniciales y los modelos matemáticos de los infectólogos argentinos ubicaban a fines de abril y principios de mayo el temido ascenso de la curva de contaminación (que estaría acompañado, claro está, por un creciente estrés sobre las estructuras sanitarias y un incremento de las víctimas fatales). Pero terminamos abril e iniciamos mayo con la curva aplanada: un éxito de la estrategia de aislamiento administrado que dispuso el gobierno y la sociedad acompañó responsable y disciplinadamente.

El precio de ese notable logro es principal pero no exclusivamente económico. Esta semana, en la residencia de Olivos, en una reunión que Alberto Fernández mantuvo con líderes empresariales y sindicales, la Unión Industrial Argentina ofreció una radiografía tétrica del estado en que se encuentra la producción: la actividad está -salvo en algunos pocos rubros- paralizada; con empresas que no facturan, las cadenas de pagos están naturalmente averiadas; los ingresos de los trabajadores, resentidos y demorados; la economía subsiste precariamente gracias al respirador artificial que proporciona temporariamente el Estado que, a su vez, está exhausto, limitado en sus recursos por la misma inmovilidad que quiere remediar (que encoge su recaudación impositiva) y en medio de una crucial discusión sobre la deuda que pesa sobre el país y lo priva del financiamiento del mercado.

La estrategia sanitaria exitosa parece invitación a la continuidad: si la cuarentena ha conseguido achatar la curva, ¿no sería riesgoso apartarse de esa disciplina? Empresarios y gremialistas le temen hoy más al paráte económico que al coronavirus. El Presidente, por su parte, tiene claro que hay que correr algunos riesgos y que, "en su medida y armoniosamente", como aconsejaba Perón, ya es hora de poner en movimiento la economía y las actividades del país, porque la salud y la vida no pueden ser sinónimos de un "perpetuum inmobile".

La sintonía fina exige continuidad y cambio: hay que ir modulando la flexibilidad bajo el paraguas de la cuarentena, que se prolongará (por ahora, sin término, ya que la peste no permite certezas aún) pero irá variando en distintas fases, ampliando posibilidades o, eventualmente, recortándolas, total o localmente, si hubiera rebrotes agudos del mal. Es preciso entrar en una nueva fase, como estaba programado.

DEL DICHO AL HECHO

Los epidemiólogos y sanitaristas que asesoran al Poder Ejecutivo indicaron algunas señales para reconocer el punto en el que, sin caer en la imprudencia, la cuarentena podría flexibilizarse notablemente; uno de esos signos relevantes es el tiempo que toma la duplicación del número de infectados.

En Italia, España o Estados Unidos ese número ha llegado a duplicarse cada 2 a 3 días; actualmente, en Argentina se duplica cada 25 días, y este es el plazo que los infectólogos reclamaban. Es hora de reactivar. Por supuesto, es más fácil decirlo que hacerlo. Siempre hay que mantener un ojo en la guerra contra la pandemia y en las grandes ciudades poner en marcha empresas equivale a liberar el desplazamiento de muchísimas personas: los trabajadores suelen vivir lejos de sus lugares de trabajo y deben cruzar grandes espacios en medios de transporte que, en esas condiciones, se atestarían.

La mayoría de las empresas carecen, por otra parte, de autonomía y autosuficiencia: los procesos productivos integran y articulan actividades que se despliegan en diferentes localizaciones: más que poner en marcha empresas aisladas, es preciso coordinar la puesta en marcha de cadenas productivas, de modo que los procesos no queden obturados por el hecho de que a determinado paso la faltan insumos que provee un paso anterior.

No es tan sencillo coordinar necesidades. Cuando el Presidente quiso flexibilizar la cuarentena empezando por un costado, digamos, recreativo, los grandes distritos pusieron sus propios límites. Los gobernadores de Córdoba, Buenos Aires y Santa Fé y el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires firmaron un documento conjunto aclarando que en sus jurisdicciones no se aplicaría por el momento una apertura a los paseos (podía desbordarse o el control de su práctica ordenada requeriría recursos materiales o humanos de los que no disponían en ese momento).

SE DISIPA LA GRIETA

Ese documento fue un hecho de mucha significación política, cuya relevancia estuvo menos en lo que destacaron algunos analistas (que quisieron ver un cortocircuito entre los grandes distritos y el Ejecutivo nacional) que en la coincidencia entre Horacio Rodríguez Larreta, Axel Kicillof, Omar Perotti y Juan Schiaretti, que ejemplificó la tendencia de políticos de distintos matices a unirse sin prejuicios para expresar posiciones comunes.

Fue una notable convergencia de dirigentes de coloratura diversa a la hora de resolver medidas que requieren ritmos y aproximaciones específicas para cada problemática.

En rigor, la morigeración de la grieta es otro de los logros políticos de esta etapa. Esa tendencia se ha evidenciado con hechos y con gestos: la presencia de Rodríguez Larreta en conferencias de prensa presidenciales o en la presentación de la oferta argentina a los acreedores internacionales, las conversaciones del intendente de Vicente López, Jorge Macri, con el Presidente o las coincidencias habituales entre intendentes peronistas y sus colegas de Cambiemos en el ámbito del Gran Buenos Aires son ejemplos. El ex presidente de la Cámara de Diputados,

Emilio Monzó ha resumido hace unos días esa atmósfera cooperativa: "es el momento de la unidad nacional, sin mezquindades de ningún tipo. Es el tiempo de acompañar y buscar una salida como país, de dar los debates que teníamos pendientes, es la oportunidad de la Argentina de superar la grieta".

Como expresiones ejecutivas de esa actitud, Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta reciben a través de las encuestas el respaldo de la sociedad: son los dos políticos de mejor imagen en la actualidad, mientras las figuras a las que la opinión pública ubica simbólicamente como extremos opuestos de la intransigencia -Cristina Kirchner y Mauricio Macri- aparecen con cifras marcadamente menores.

LOS EXTREMOS `GRIETISTAS'

Por cierto, la búsqueda de convergencias no es unánime. En el seno del gobierno existen notoriamente sectores que desconfían de la proximidad con opositores, así como del equilibrio que el Presidente busca imprimir a su gestión y del liderazgo nacional que le ha permitido la lucha contra el Covid19.

Por momentos Fernández parece desbordado por la presión de esos sectores, que él se esfuerza por contener incluso a costa del capital político que viene acumulando: cuando ellos adquieren algún protagonismo público la buena imagen del gobierno se resiente, así sea poco.

En la oposición, de su lado, hay "núcleos duros" que resisten posturas como las de Rodríguez Larreta, Monzó, la exgobernadora bonaerense María Eugenia Vidal o el ex ministro de Interior, Rogelio Frigerio.

Es probable que sea justamente esa circunstancia -el respaldo que obtienen los que, sin abjurar de sus propias convicciones, trabajan por una convergencia realista y una disolución de la grieta- lo que empuja a incrementar la irritación de los extremos intransigentes.

El Poder Ejecutivo sufrió el desgaste provocado por las ofensivas de sectores que adhieren a la señora de Kirchner, impulsan un impuesto como mínimo inoportuno o estimulan cruzadas dirigidas a la liberación de presos como el ex secretario de transporte Ricardo Jaime, que chocan catastróficamente contra la sensibilidad de la opinión pública.

Los líderes dialoguistas de la oposición, por su parte, son descalificados por sus competidores internos ante un sector del electorado de Juntos por el Cambio que considera que colaborar con el gobierno (así sea para enfrentar la pandemia) equivale a ser cómplice de la gestación de una tiranía. Otros sectores temen por sus bienes o, en general, por sus intereses, que consideran en riesgo ante un gobierno fortalecido por su gestión ante el Covid 19. Incidentalmente, una senadora bonaerense de Cambiemos, Felicitas Beccar Varela, resumió en un mensaje vía Whatsapp la inquietud de esos sectores: "O nos levantamos rápido y nos despertamos o estos nos llevan puestos y terminamos en serio, bajo la excusa del coronavirus, como Venezuela, no es joda lo que está pasando". ¿Un levantamiento, senadora? Vade retro.

La confusión creada alrededor de la situación de las cárceles en las condiciones de la pandemia se expresó en una amplia reacción pública ante los fallos irresponsables de algunos jueces, que tentó, a la oposición dura (y a los sectores que le dan respaldo y atmósfera) a canalizarla contra el gobierno, aunque había constancias de que el Ejecutivo no acompañaba la suelta de presos dispuesta por algunos jueces y se opuso a las amnistías o a la reducción de penas por decreto. No hay peor sordo que el que no quiere oír.

DESAFIOS Y OPORTUNIDADES

Ahora Fernández debe afrontar el virus económico, la reactivación de la economía y las horas críticas de la negociación de la deuda donde, una vez más, aquellos obstáculos interfieren la adopción de políticas indispensables.

El Presidente ha reiterado que no busca el default. Algunos sectores del Frente de Todos, en cambio, pujan por desplegarlo como una bandera (desde nostálgicos del chavismo hasta el gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá).

El default mantendría al estado argentino fuera de los mercados financieros y marginaría a las empresas privadas del país del crédito internacional. En cambio, evitar el default implicaría un alivio relativo en materia de costo del financiamiento en los mercados para las empresas privadas (en principio para las más competitivas) y, en cuanto al estado, le permitiría aspirar a los eventuales planes globales de reestructuración económica que hoy se debaten en el mundo, una opción que estaría clausurada si se produce una nueva cesación de pagos. No es lo mismo defaultear que no hacerlo, y esa ha sido -y sigue siendo- una convicción del presidente Fernández. El ministro de Economía, Martín Guzmán, exhibió ante la opinión interesada la oferta argentina y la intransigencia de algunos acreedores. Y aseguró que si estos hacen una contrapropuesta razonable el gobierno argentino la considerará. Si las negociaciones terminan mal, no será por culpa argentina.

La deuda debe ser reestructurada porque en sus condiciones actuales es impagable, como lo ha testimoniado el propio Fondo Monetario Internacional y viene de reafirmarlo un documento suscripto por economistas mundialmente reconocidos, entre ellos dos premios Nobel. Es igualmente cierto que el país necesita esa reestructuración y también necesita inversiones para volver a crecer. Y esas inversiones no se satisfacen con ahorro interno ni lo resuelve el proyectil solitario de alguna ocurrencia impositiva. Se necesita acceder al flujo del financiamiento internacional, algo que se volvería imposible para una Argentina que repitiera una cesación de pagos.

Las tareas que el país tiene ante sí -ir encontrando nuevas sintonías y nuevas fases para la cuarentena que permitan la puesta en marcha de la economía custodiando los logros alcanzados contra la pandemia, negociar fuerte con los acreedores, impedir el default- requieren una estrategia de unión nacional. Es la oportunidad del Presidente de consolidar el liderazgo político que empezó a construir como jefe de la guerra contra el Covid 19.

Jorge Raventos

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