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Viernes, 12 Junio 2020 00:00

Una oposición activa para frenar la pretensión hegemónica - Por Jorge Enríquez

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Nadie ignora que estamos atravesando una situación de enorme complejidad. Es lo que le sucede, en mayor o menor grado, a todos los países del mundo. Pero en la Argentina la pandemia cayó sobre otra pandemia preexistente, que tiene raíces muy antiguas, pero que el kirchnerismo profundizó: debilidad institucional, corrupción, falta de seguridad jurídica y una cultura populista que nos llevó a no desarrollarnos, tener alta inflación y no crear empleo genuino.

 

El gobierno de Cambiemos se propuso sentar las bases para comenzar a revertir esa prolongada decadencia. Tuvo, sin dudas, errores, pero su rumbo era claro: volver al mundo, respetar el Estado de Derecho, crear las condiciones para la inversión y al mismo tiempo mantener la asistencia a los sectores más vulnerables.

El gobierno de Alberto Fernández era una incógnita. Él mismo, pese a su larga trayectoria en la política, no fue nunca un líder, sino más bien un gerente que trabajó para distintos líderes políticos. Cristina Kirchner lo designó de un dedazo. Algunos creían que había en esa unión una alianza del kirchnerismo con sectores del peronismo más moderado y que la vicepresidente se conformaría con que le aseguraran la impunidad a ella y su familia.

Esto último, lamentablemente, se está cumpliendo. En cambio, lo que no aparece es el liderazgo de Fernández para adoptar las políticas que contribuyan a sacarnos de este atolladero. Lo vemos haciendo constantes equilibrios para no quedar mal con la dirigente que le aportó la mayor parte de su base electoral y para no quedar mal tampoco con quienes veían en su presidencia, tal vez con cierta ingenuidad, la oportunidad del peronismo de avanzar hacia la sensatez y la racionalidad.

Pero cada vez es más evidente que el ala dura ejerce un protagonismo mayor que el ala moderada, a tal punto que podemos preguntarnos si esta última realmente existe. Doy un ejemplo reciente: los ministros Claudio Moroni y Nicolás Trotta son dos dirigentes, sobre todo el primero, muy vinculados a Alberto Fernández. Ambos tuvieron expresiones hace pocos días de respaldo a la horrorosa iniciativa de la diputada Fernanda Vallejos de que el Estado se quede con parte de las empresas, a cuyos trabajadores asiste durante la pandemia.

Fernández, el Zelig argentino, se reunió con empresarios y desautorizó esas "ideas locas". Pero después se reunió con la hiperkirchnerista senadora Anabel Fernández Sagasti y anunció un decreto de intervención a Vicentin y un proyecto de ley de expropiación a esa empresa. Fernández Sagasti, en la conferencia de prensa del anuncio, le agradeció al presidente que hubiera acompañado su idea. Tanto el decreto como el proyecto de ley terminan de exhibir lo que algunos venimos sosteniendo desde el principio: que Fernández no es más que el mascarón de proa del kirchnerismo.

El decreto de intervención es groseramente inconstitucional. No es válido que el Poder Ejecutivo intervenga una sociedad privada. Menos aún que lo haga cuando esta se halla en concurso de acreedores, porque implica el ejercicio de facultades jurisdiccionales expresamente vedadas por el artículo 109 de la Constitución Nacional. Los fundamentos del DNU son muy pobres y no mencionan una sola norma que avale esa arbitrariedad, que el propio juez del concurso no puede permitir. Además, ese abuso de autoridad tan manifiesto constituye un delito.

No es válido que el Poder Ejecutivo intervenga una sociedad privada. Menos aún que lo haga cuando esta se halla en concurso de acreedores, porque implica el ejercicio de facultades jurisdiccionales expresamente vedadas por el artículo 109 de la Constitución Nacional

Tampoco median causas que justifiquen la expropiación. Vicentin es una empresa que compite con otras en el mercado. Si atraviesa dificultades financieras, es el proceso concursal la vía para explorar las soluciones. Se sabe que hay sociedades importantes interesadas en su adquisición. El Estado nada tiene que hacer ahí. ¿O va a intervenir y expropiar a todas las empresas que presenten dificultades de solvencia?

El sello kirchnerista está en el lema que el propio mandatario (de su vicepresidente) empleó al actuar como vocero de la decisión del Instituto Patria: se va a expropiar para alcanzar la "soberanía alimentaria". Una frase hueca, carente de todo significado, que ya se usó cuando los mismos Kirchner que contribuyeron a privatizar YPF la estatizaron. Huelga señalar los resultados. En este caso, será también el pueblo argentino el que deberá erogar la cuantiosa indemnización, justo en momentos en que los escasos recursos deben utilizarse para atender a los afectados por la pandemia.

Creer que la Argentina va a superar tantas décadas de estancamiento y generación de pobreza con más estatismo es no tener la menor idea de las causas de nuestros males. Y si los supuestos moderados avalan esto, ¿qué podemos esperar de los halcones?

Mientras tanto, el Presidente parece muy cómodo en esta cuarentena de plazo indeterminado. Es lógico: aunque creo que las cifras que se dan son exageradas, sin duda su popularidad subió desde que anunció las primeras medidas para afrontar la pandemia. Ahora bien, tengo la impresión de que esa imagen positiva es un gigante de pies de barro. Porque la contracara del aislamiento es una brutal parálisis económica que nos aproxima a un abismo peor que el de 2001-2002.

Y la Argentina no está en condiciones, como otros países, de emitir alegremente para financiar el aumento exponencial del gasto que significa asistir a las empresas paradas. Porque esa emisión hoy no genera una alta inflación, precisamente, porque las personas tienen muy restringidos sus consumos, pero el salto inflacionario será pavoroso cuando la cuarentena se flexibilice.

A todo esto, el Presidente se halla en su zona de confort. Los primeros DNU que dictó podían comprenderse en la emergencia, pero si nos va a gobernar una sola persona ya no tenemos República sino autocracia. Es inadmisible que por un DNU Fernández se haya atribuido a sí mismo -o a su Jefe de Gabinete, que es lo mismo- la competencia del Congreso de aprobar el presupuesto.

Y mientras este vaciamiento de la República sucede, se nos machaca con la unión de los argentinos, de la que sería garante la "Argentina Presidencia", espantoso eslogan de la propaganda oficial que pretende establecer, como en los regímenes totalitarios, una asimilación entre el Poder Ejecutivo y todo el país.

Para impulsar la unidad y terminar con la grieta, el presidente del bloque de diputados oficialista, Máximo Kirchner, trazó una división maniquea entre quienes están a favor de la vida, que serían ellos, y quienes estamos a favor de la muerte, que seríamos todos los que osamos formular alguna crítica a las políticas del gobierno nacional.

Es una dicotomía burda, pero la mentira más abyecta ha sido siempre parte del relato que usó su familia para ganar poder. Nadie en su sano juicio desea una sola muerte, pero la realidad argentina es sumamente compleja como para abordarla desde una única dimensión. No se trata de todo o nada, sino de explorar los mecanismos para que el aislamiento social se mantenga en forma férrea solo en los casos que realmente lo justifiquen y se flexibilice en los otros. Para esto se requiere algo que el gobierno subestimó hasta hace poco: la realización de muchos más testeos. Esa es la vía que permitiría contar con información más adecuada y apuntar con más precisión allí donde sea necesario, en lugar de arrojar constantes misiles al bulto, que al tiempo que retrasan los contagios provocan daños de tal magnitud en la economía que a su turno complicarán de otro modo la misma salud que se quiere preservar. Basta señalar, por ejemplo, la situación de quiebra a la que se está arrojando a los centros de salud privados.

Oposición

En este marco, el rol de la oposición se torna muy difícil. El Congreso no funciona en plenitud y no por culpa de la oposición, el Ejecutivo ocupa toda la escena y el discurso oficial carga las tintas contra quienes señalan errores en la política gubernamental y alertan, al mismo tiempo, sobre la peligrosa deriva autoritaria a la que nos conduce la concentración del poder en una persona.

La imagen distorsionada de la oposición es funcional a esa pretensión hegemónica. Los legisladores de Juntos por el Cambio no dejamos de presentar proyectos y de participar activamente en las fragmentarias actividades parlamentarias que se realizan. Alzamos nuestra voz permanentemente en un momento en el que tampoco se puede ejercer el derecho constitucional de reunión.

Nadie nos puede acusar de no estar ejerciendo una oposición responsable. Es fácil imaginar los infinitos obstáculos que hubiera puesto el peronismo, con sus numerosos tentáculos, si esta crisis sanitaria hubiera debido ser administrada por un gobierno de otro signo. Pero oposición responsable no significa falta de oposición. Solo una larga cultura autoritaria puede equiparar la crítica y el control, que son los deberes de toda oposición democrática, con la traición a la patria.

Es hora de que despertemos de este letargo, antes de que nos suceda como a la rana a la que pusieron en agua tibia y se entregó mansamente a ese suave masaje mientras le iban subiendo cada vez más la temperatura hasta cocinarla.

Jorge Enríquez
Diputado nacional CABA (Pro-Cambiemos)

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Jorge Enríquez

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