Martes, 16 Junio 2020 00:00

La mala influencia de ideologías extraviadas - Por Carlos Berro Madero

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Hace pocos días, leímos la entrevista que le realizó el periodista José Del Río (La Nación) al Jefe de Gabinete Cafiero, quien sospechamos funciona como una suerte de bisagra invisible entre Cristina Kirchner, La Cámpora y Alberto Fernández.

 

Por el modo con que el joven funcionario expresó algunas ideas, pareció transparentar la pasión de quienes, a su alrededor, especulan sobre la mejor manera de reemplazar algunos conceptos políticos tradicionales; pasión amplificada entre dirigentes presuntamente estéticos, que le aportan al discurso algo de “glamour”.

Obsérvese al respecto, que, curiosamente, los preferidos de Cristina, nuestra abogada revolucionaria de escritorio, son todos lindos(as) y visten a la moda.

En la entrevista, Cafiero hizo gala de una suerte de serenidad majestuosa, tratando de aventar cualquier sospecha que lo situara en la cercanía de alguna debilidad, afirmando que el gobierno del que forma parte se ha puesto en marcha para ubicarse a la vanguardia de las modernas políticas igualitarias (?).

Un concepto clásico de quienes, a través de la historia, han intentado romper el orden preexistente, evidenciando su disgusto respecto de una realidad que no termina de amoldarse a sus proyectos personales.

En algún momento, Cafiero mencionó a Jean Francois Lyotard, un filósofo francés que sufrió intelectual y materialmente la invasión de Francia por parte de Alemania en la Segunda Guerra, y que, junto con Merlaut-Pointy, Derrida, Lacan, Deleuze y otros, construyó un discurso bastante heterogéneo sobre la “cuestión social”.

El joven Cafiero le hizo decir a Lyotard: “en esta era, se ha demostrado que el único valor vigente está en aquello que sea capaz de ofrecer un resultado”, tergiversando los conceptos del aludido, quien en sus obras (“Le différend”, “Au Juste: Conversations” y otras), abjura de la validez de los metarrelatos.

A raíz de la entrevista, recordamos otras precisiones del citado académico (Universidad de Paris VII, Universidad de Yale y otras de Francia y los Estados Unidos donde ejerció la docencia) sobre esta cuestión.

Son aquellas en las que agrega, específicamente y con espíritu crítico, que “la ciencia se ha convertido en una forma de legitimación de relatos y metarrelatos de la sociedad posmoderna, que pretenden darle un nuevo sentido a la historia”, para rechazar a continuación los discursos marxistas, ilustrados, capitalistas y cristianos por igual, agregando, casi con disgusto: “¿quién decide lo que es saber, y quién sabe lo que conviene decidir? La gestión del saber en la edad de la informática es más que nunca una cuestión de gobiernos a los que no les interesa tanto la verdad como LA EFICACIA DE LA INFORMACIÓN”.

Señaló también en su obra la peligrosidad de lo que denominó “juegos del lenguaje”, advirtiendo sobre la dudosa validez de muchos conceptos absolutos que acompañan ciertos discursos ideologizados, que provocan en quienes los difunden la tensión de su mente, “depositándolos al límite de sí mismos y perjudicando su capacidad de conceptualización”; algo que entre nosotros parece afectar a muchos intelectuales que rodean a Cristina -y a ella misma-, en su marcha sostenida hacia un claro objetivo final: la toma del poder absoluto.

“¿No se trata en realidad –agregaba Lyotard al respecto-, de una búsqueda de lo imposible en su constante apelación a lo sublime?” Oyendo a Cristina y observando su comportamiento, ¿alguien puede tener alguna duda?

Muy afectado por la destrucción de Francia por parte del nazismo, como señalamos, a partir de 1944 Lyotard depositó sus esperanzas en el marxismo, para cambiar de rumbo un tiempo después (1948) al unirse a “Socialismo o Barbarie”, un grupo de pensadores críticos que terminó rechazando dicha filosofía por su enfoque estructuralista “excesivamente rígido respecto de la cuestión social”.

Algunos años después (1964), abandonó también este colectivo, para construir un legado filosófico bastante controversial sobre cuestiones que atañen al hombre y su circunstancia, falleciendo de leucemia en 1998 a los 73 años, sin haber abandonado su infructuosa búsqueda de una verdad que pudiera colocarse por encima del orden económico, cultural y social establecido.

Durante el transcurso de la charla entre Del Río Y Cafiero, quedó flotando en el aire el desconocimiento de un hecho fáctico: las informaciones deben ser siempre fidedignas y no intencionadas; equívoco muy común entre quienes, como el actual Jefe de Gabinete, guardan fidelidad sospechosa a relatos cuya construcción fue rechazada de plano por el intelectual al que evocó.

La entrevista resultó un aporte más para entender así ciertas características del pensamiento de algunos jóvenes kirchneristas de hoy, que no advierten el riesgo de sentir, en algún momento, una peligrosa fatiga intelectual al situarse en los límites de ciertas tensiones de su espíritu, como advierte Lyotard.

¿Habrá sido esto acaso la verdadera causa de la dolorosa enfermedad terminal del académico aludido?

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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