Jueves, 09 Julio 2020 00:00

Un asesinato digno de Fargo - Por Vicente Massot

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Si el crimen de Fabián Gutiérrez se analiza dejando de lado todo preconcepto ideológico -lo cual no resulta cosa fácil en un país tan cargado de odios- es menester descartar de cuajo la idea de que los responsables del hecho pudieran ser sicarios contratados por el kirchnerismo.

 

Es cierto que, por las características del tema, la nunca resuelta muerte de Alberto Nisman salta como un resorte escondido y, en un santiamén, se adueña de la mente de los argentinos. El efecto que obra la sombra del ex–fiscal revoloteando en el asunto es el de empañar la objetividad que hace falta para no ceder a la tentación conspiracionista.

Nadie que desease eliminar a un testigo calificado de la causa en la que se encuentra involucrada la flor y nata del colectivo K, y pudiera actuar con impunidad, demostraría tamaña incompetencia a la hora de acometer la empresa. El homicidio ha sido perpetrado por un conjunto de perversos -sin duda- pero a la vez principiantes, que dejaron huellas por todos lados. Se parecen más a los protagonistas de Fargo -ese excelente film de los hermanos Coen- que a un equipo de killers de nivel.

Bien, el kirchnerismo no tuvo arte ni parte en el asesinato. Lo cual no quita que todos aquellos testigos que, en años pasados, declararon ante el fiscal Carlos Stornelli y el juez Claudio Bonadio en la causa de los cuadernos, hoy estén preocupados, en el mejor de los casos, o lisa y llanamente aterrorizados, en la peor de las hipótesis. ¿Qué pueden pensar en estos momentos Oscar Centeno, Colmenares y tanto otros respecto de su seguridad personal? ¿Acaso no es lógico que sientan miedo merced a la impunidad que existe en la Argentina? Al fin y al cabo, Fabián Gutiérrez había sido sólo uno en la larga lista de arrepentidos que pusieron a la actual vicepresidente en la mira de los jueces.

Más allá del homicidio, y como no podía ser de otro modo, la cuestión se politizó desde sus comienzos. Ni bien echó a correr el rumor de que el ex–secretario de Cristina Fernández había desaparecido, las versiones acerca de lo que podía haberle ocurrido ganaron el centro de la escena y ya no la abandonaron. En semejante contexto, el PRO hizo público un documento que indignó al gobierno. Si se lo lee con cuidado, el texto -duro por donde se lo mire- fue de todas maneras tímido comparado con las acusaciones que en su momento el kirchnerismo enderezó contra la administración macrista, a propósito de la muerte de Santiago Maldonado. La vehemencia con la que Alberto Fernández respondió a sus opugnadores demuestra hasta qué punto los ánimos están caldeados y los rencores de unos y otros se hallan a la orden del día.

En realidad, la responsable excluyente del alegato opositor -Patricia Bullrich- no pidió permiso ni realizó una extensa ronda de consultas en su partido antes de salir al ruedo. Todo hace pensar que actuó por las suyas en atención a que, si ponía el escrito a discusión, todavía estarían debatiendo sus considerandos. Pocos días atrás, la actual presidente del PRO había redactado un primer borrador respecto del escándalo que envuelve al que fuera, hasta diciembre del año pasado, el aparato de inteligencia macrista. Lo hizo circular entre los principales integrantes de la agrupación y fueron más las objeciones que recibió que los acuerdos. Dos veces no tropezaría la vehemente ex–ministro de Seguridad con la misma piedra. Cornejo -que, en punto a no andarse con vueltas, le va en zaga- decidió acompañarla con unas declaraciones que erizaron la piel del jefe de estado. Al margen de las disidencias que arrastran acerca del futuro rol de Mauricio Macri en la jefatura de la coalición a la que pertenecen, coinciden cuando se trata de torear al gobierno.

Que se sepa, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal fruncieron el ceño cuando lo leyeron. Los dos -más unidos que nunca- no terminan de conciliar posiciones y pareceres con Patricia Bullrich. No obstante, como es una pieza fundamental en el tablero diseñado por Macri, y como además nadie está en condiciones de pelearse abiertamente sin hacerle un favor de proporciones al oficialismo, se cuidan de ventilar sus diferencias en público. Sobre todo, el jefe del gobierno de la capital federal que tendrá, dentro de diez días, poco más o menos, que dar una batalla de importancia. La misma nada tiene que ver con Patricia Bullrich, Fabián Gutiérrez, ni tampoco con Gustavo Arribas y Silvia Majdalani.

Llegados a esta instancia de la cuarentena no es un secreto para nadie que entre la situación sanitaria del Gran Buenos Aires y la de la ciudad autónoma existe una asimetría notable. Está claro que el AMBA no es una creación burocrática y, por lo tanto, ha tenido sentido que durante tantas semanas Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta, muchas veces haciendo buches y hasta tragándose sapos -más el del PRO que el gobernador cristinista- marcharan juntos. Sin embargo, luego de tres meses y medio de encierro las diferencias de uno y otro conglomerado urbano se hacen notorias. Salta a la vista que, mientras la gravedad de la pandemia crece en la geografía que administra el Frente de Todos, en el feudo del PRO tiende a atenuarse. Razón para que el Lord Mayor de la capital deba tomar una decisión que, si de un lado será bienvenida por la mayoría de los porteños, del otro lado del Riachuelo puede disparar un cortocircuito de bulto.

Los pronunciamientos de las autoridades de la capital, efectuados en el curso de los últimos días, solo pueden entenderse de una manera: preparan el terreno para el anuncio de una flexibilización considerable después del 17. No tendría sentido que tanto el jefe del gobierno como su ministro de Salud Pública levantaran la voz y dijeran lo que todos hemos leído -de una probable vuelta a la fase 3- para terminar agachando la cabeza y dar la impresión de que Alberto Fernández los lleva de las narices. El amesetamiento de la curva de contagios -si se confirma como tendencia- no le dejará a Rodríguez Larreta otra opción frente a los habitantes de la ciudad. Pero en La Plata, el lunes, el gobernador disparó con munición de grueso calibre: “Hay más contagios en la capital que en la provincia por cada 100.000 habitantes”. No hay que hilar fino para saber a quién estaba dirigido el misil.

Kicillof en mucha mayor medida que el jefe del gobierno autónomo enfrenta una situación gravísima no sólo en términos sanitarios sino también sociales. Casi al mismo tiempo que hacía la comparación antes señalada, uno de los intendentes emblemáticos del Gran Buenos Aires, Mario Ishii, lanzaba este pronóstico alarmante, aunque realista: “Para fines de agosto, vamos a estar como en 2001”. Si lo hubiese dicho su par de Lanús, sobre él hubieran llovido las acusaciones de tirabombas, tremendista o desestabilizador. Pero el capanga de José C. Paz es un peronista de tomo y lomo al cual llenarlo de insultos seria como pegarse un tiro en el pie. Entre otros motivos, porque Ishii no hace las veces de un llanero solitario. Muchos de sus pares justicialistas, aunque se cuiden de vocearlo a los cuatro vientos, piensan lo mismo.


Vicente Massot

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