Martes, 14 Julio 2020 00:00

Alberto Fernández, un hombre perdido en su laberinto - Por Carlos Berro Madero

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Muchos egocentristas suelen defenderse de las acusaciones que se les formulan por su encierro psicológico, asegurando que lo que ellos buscan no es ni más ni menos que lo anhelado por todos.

 

¿No suena familiar este concepto al comprobar la “ensoñación” con que “baja a tierra” el actual Presidente cada vez que toma la palabra y desgrana endechas solitarias más propias de un predicador?

Algunos psicólogos clínicos agregan que dicho encierro surge en algunos individuos por temor a verse obligados a abandonar en algún momento un brillo personal temporario que los seduce y tener que emprender el retorno a su propia insignificancia, creando escenarios de disputas bizantinas con los demás porque no quieren morir –por decirlo de alguna manera-, pero, sobre todo, porque NO QUIEREN VERSE OBLIGADOS A TENER QUE MORIR.

Quizá esto explique las contradicciones y errores de información que disemina el Presidente cada vez que habla, utilizando un tono incriminatorio respecto de los demás, con un lenguaje vanidoso que revela cómo se ve a sí mismo en un cargo que a todas luces le queda grande.

Suele aludir así a la experiencia adquirida en su pretendida “sociedad” con Néstor Kirchner; o postularse como un líder solitario “in absentiam”, describiéndose como el último bastión de las supuestas “epopeyas” latinoamericanas de Morales, Chávez y Correa; o presentarse como un pacificador, a pesar de romper las reglas de la mesura cada vez que algún periodista lo interroga sobre temas que lo obligan a pronunciarse sobre un escenario político que le es desfavorable.

Hace pocos días, Jorge Lanata dijo de él algo que compartimos: es muy probable que todavía no se haya dado cuenta que es el Presidente. Y quizás por esta razón sigue dentro de un “tuperware”, donde potencia un narcisismo que lo torna quisquilloso e irritable cada vez que intenta luchar contra todo lo que es de pura evidencia y no conviene a sus intereses personales.

Entre otras cosas, que si no fuera por la invitación de Cristina para ser su mascarón de proa en el Frente para “Todes”, su vida seguiría consistiendo en participar de “roscas” políticas menores, pasear a Dylan, tocar la guitarra en asados con amigos del mismo “palo” y recorrer cada tanto los medios de comunicación tratando de separarse conceptualmente de su “patética” (Alberto dixit) benefactora de hoy.

Su denodada lucha por asemejarse a la significación política de su “asociada”, solo consigue poner en evidencia la orfandad en la que se encuentra -dentro y fuera del movimiento que integra-, ya que no logra consolidarse como un líder carismático.

Sería bueno que alguien de su entorno le diga que no pierda el tiempo, porque es una característica con la que se nace y de la que él carece por completo; lo que hubiera movido a Friedrich Nietzsche a decir de él: “¿Cómo? ¿Un gran hombre? Yo veo tan solo al comediante de su propio ideal” (sic).

Entretanto, sus amigos pueden dejar de serlo en un santiamén cuando lo contradicen, mientras prodiga a diario tratos melifluos a quienes se someten a la tiranía de los conceptos retóricos que constituyen la esencia de su difuso discurso político.

Sólo el temor de que Cristina retome eventualmente la banda presidencial ante algún tropiezo irreversible del elenco “albertista”, logra que mucha gente quiera ver en él aptitudes que no tiene.

Tan despistado anda últimamente que acaba de propiciar que se denomine a la Radio Municipal tucumana con el nombre de Mercedes Sosa… ¡que ya tiene!

Vemos venir pues momentos muy difíciles para un gobierno que improvisa su agenda casi diariamente y ha convertido la quinta de Olivos en un escenario de solemnes deliberaciones variopintas, donde “papá” Alberto parece sentirse más protegido de sus recurrentes apostasías.

¿Nuestra opinión? Es muy posible que debamos prepararnos desde ahora mismo para vivir una nueva y oscura noche de vigilia, después de la cual saldremos como tantas veces antes: “a los ponchazos”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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