Jueves, 30 Julio 2020 00:00

De las andanzas de Sergio Berni a las tribulaciones de Alberto Fernández - Por Vicente Massot

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En cualquier país medianamente civilizado, en donde las instituciones no tuviesen la consistencia del cartón y la Justicia no fuese un hazmerreir, las declaraciones del intendente de José C. Paz, que se conocieron el pasado fin de semana, hubieran generado un revuelo de proporciones, y su responsable habría sido despedido del cargo que ocupa, sin derecho a apelación. Pero estamos en la Argentina, y aquí rigen las leyes de la omertà.

 

Si su par de Lanús, Néstor Grindetti, o el de 3 de febrero, Diego Valenzuela, ambos del Pro, hubiesen dicho: “yo tengo que cubrirlos cuando venden falopa en ambulancias”, el escándalo desatado por el peronismo habría sido de novela. En cambio, como Mario Ischii es uno de los más conspicuos capangas del conurbano bonaerense, la cosa no pasó a mayores.

En parte, porque en los principales cordones del Gran Buenos Aires la hegemonía de los barones justicialistas es absoluta. En parte, porque a los jueces -en términos generales- se les puede hacer pito catalán sin sufrir las consecuencias. Y, por fin, también en parte porque la connivencia de la droga y la política es tan conocida, se halla tan extendida y resulta tan poderosa, que mejor es mirar para otro lado. Eso es lo que han hecho, sin que se les caiga la cara de vergüenza, el presidente de la Nación y Axel Kicillof. Ni siquiera han levantado la voz y expresado unas cuantas generalidades para salvar las apariencias.

El hecho -que pronto todos habrán echado al olvido- se produjo en un contexto que, no por esperado, resulta menos serio. La inseguridad, de eterna presencia en esas zonas, ha recrudecido en consonancia con la cuarentena y nada hace prever que se atempere en los próximos meses.

Después de todo, era enteramente lógico que, a caballo de la crisis social y económica más grave de nuestra historia, el delito mostrara su peor cara. Sería inimaginable tener -como nosotros- niveles de pobreza, indigencia y marginalidad similares a los del África subsahariana y gozar de los standares de seguridad de Suiza. Ello unido a un dato que suele pasar desapercibido: nadie fue capaz de ponerle el cascabel al gato. A partir de l983 el sillón de Dardo Rocha ha sido ocupado por gobernadores bien diferentes; se han lanzado infinidad de planes y pronunciado, en ese lapso, discursos encendidos en contra de la delincuencia, con los resultados que están a la vista. Crimen y conurbano van juntos.

Se explican y complementan mutuamente sin que exista la más remota posibilidad de darle solución a los flagelos que produce el fenómeno.

En un contexto menos dramático, el tema no sería materia de preocupación.

Como poblaciones enteras conviven con la inseguridad desde antiguo, qué podría hacerle una mancha más al tigre. Lo novedoso en este caso es que a una pandemia de consecuencias catastróficas se le suma una ola delictiva que no cesa de crecer y genera -ante la ausencia del Estado- reacciones cada día más violentas. Hay una ciudadanía que, así como obró una rebelión de carácter fiscal en los últimos meses, ahora decide hacer las veces de policía.

Dos jubilados, que empuñaron un arma y mataron a otros tantos malvivientes dentro y fuera de sus respectivos domicilios, se transformaron de la noche a la mañana en justicieros. Salvo uno que otro referente del progresismo criollo y algún periodista televisivo, el respaldo abierto o atemperado de los ancianos fue generalizado. El hartazgo de la población inerme parece haber llegado a su límite. Quizá el ejemplo más crudo lo tomaron las cámaras de televisión el domingo.

Un grupo donde las mujeres eran mayoría molió a golpes a un ladrón, mientras uno de los pocos hombres presentes lo desvirgaba por vía anal con un palo de escoba. Un acto de barbarie, pero así están las cosas.

Por eso la figura de Sergio Berni, mezcla de Rambo criollo y soldado cristinista, suscita cada vez mayor adhesión. Algo que el ex–militar -cuyas aspiraciones de ser gobernador de Buenos Aires resultan un secreto a voces- se encarga de explotar en su favor con una dosis nada despreciable de éxito. El actual ministro de Seguridad bonaerense es una rara avis. Si no supiéramos de su lealtad a Cristina Fernández, a nadie se le ocurriría definirlo como kirchnerista. Se parece mucho más a Aldo Rico o a Luis Patti que a cualquiera de los militantes del Frente de Todos. Es de sospechar que, en el fino fondo de sus convicciones ideológicas, poco o nada tiene en común con las tribus que pueblan el Instituto Patria.

Cabría definirlo, en pocas palabras, como un hombre de orden. Puesto en el brete, no le temblaría la voz y, sin disculparse, podría hacer suya la frase que en su momento le permitió ganar la gobernación a Carlos Ruckauf: “A los delincuentes, balas”. Su enemiga favorita, inversamente, sólo cosecha rechazos. En la última encuesta conocida, Sabina Frederic figura al final de la lista de integrantes del gabinete nacional, en términos de imagen.

Las andanzas de Sergio Berni son producto de un plan que el personaje desarrolla hasta ahora sin demasiados tropiezos. Si se repara en el hecho que le ha enmendado

la plana a Alberto Fernández, puesto en vereda a la Frederic, desobedecido a Axel Kicillof y ganado protagonismo allí donde se ha hecho presente, mal no le ha ido. No pocos se escandalizan por sus desplantes e irreverencias, pero parece inamovible. Es más, por momentos daría la impresión de que desea que lo echen para así poder despedirse con honores.

En realidad, si permaneciese más de la cuenta en el cargo que ostenta, tarde o temprano la gente caería en la cuenta de que él tampoco puede darle solución al problema de la inseguridad.

A esta altura está claro que Berni se ha adueñado de una posición que ninguno de los principales referentes del kirchnerismo desearía asumir, aunque sea bienvenida por una parte considerable de la sociedad: la de la mano dura. A contrapelo de cuanto piensan y dicen en la Casa Rosada, en La Plata y en las baronías del Gran Buenos Aires, ha encontrado un papel hecho a su medida. No tiene que actuarlo ni debe impostar nada. Es algo en lo que cree. Quizás sea una estrella fugaz o quizás sea un signo de los tiempos que vienen.

Resulte lo uno o lo otro, lo cierto es que en una situación de crisis y con una notable falta de liderazgos, la suya es una apuesta que ha echado raíces. Por mucho menos a cualquier otro ya lo hubiesen despedido y habría pasado al olvido sin pena ni gloria. Él ha logrado ocupar, si no el centro del escenario, un lugar de privilegio. Para demonizarlo o elogiarlo lo conocen en todas partes. Ha conseguido así un grado de notoriedad que anhelaría más de un político para entrar a las urnas un domingo de elecciones.

Al presidente de la Nación le gustaría que Sergio Berni se fuese a su casa, aunque es cosa que está fuera de su alcance. Si se analiza con algún cuidado el derrotero de Alberto Fernández en los meses que lleva en Balcarce 50, una de las cosas que más llaman la atención es la falta de autoridad a la hora de hacer respetar su investidura. La semana pasada, a raíz de las idas y venidas respecto del régimen venezolano, Alicia Castro destrató de mala manera a un deslucido canciller que, para colmo de males, no sabe bien dónde se encuentra parado.

Más allá del pobre desempeño de Felipe Solá, es de estilo que un futuro embajador no lo cruce al ministro de Relaciones Exteriores como si fuese un monigote. Porque además de su jefe natural, es un representante del Poder Ejecutivo. Nada de esto le impidió a la vehemente ex–azafata rebajarlo a la categoría de par suyo -que, en teoría, al menos, no lo es- y faltarle el respeto.

¿Qué hizo la Casa Rosada? Dejó trascender que analizaría el pliego -a punto de ser enviado al Senado para su aprobación- con el objeto de que Alicia Castro se quede con las ganas de viajar a Rusia. Nada más. No es la primera vez que un subordinado lo deja pagando y se sale con la suya. Por lo visto, no será la última.

Claro que las principales preocupaciones del jefe del estado no son ni el encargado de la seguridad de la provincia de Buenos Aires ni tampoco los dimes y diretes del personal diplomático, sino dos cuestiones que se solapan en el tiempo, aun cuando nada tengan que ver la una con la otra. El viernes Alberto Fernández, junto al jefe de gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, y a Axel Kicillof, deberá adoptar una decisión -que por primera vez puede no ser consensuada- acerca de cómo sigue la cuarentena. En tanto en CABA todo lleva a pensar que la flexibilización llegó para quedarse, en los despachos de La Plata las voces que se dejan oír son de alerta. Si fuese por ellos volverían a la fase 1.

Cuanto a las autoridades bonaerenses les quita el sueño no es la cantidad de contagiados ni el número de muertos. Nadie supone que en alguno de los partidos o ciudades de la provincia vaya a ocurrir lo que sucedió en Nueva York, Guayaquil o la Lombardia.

El problema central es la ocupación de camas en las salas de terapia intensiva. Ahí está el meollo de la cuestión al cual hizo referencia ayer el viceministro de salud, Sergio Kreplak.

Tanto él como su superior jerárquico, Daniel Gollán, consideran que existe un gran riesgo de que, a mediados del mes de agosto -o sea, en apenas quince días- se produzca un colapso sanitario. Razón por la que recomiendan volver a un aislamiento duro. En sus antípodas se halla plantado el gobierno porteño, y no por capricho. Sencillamente, en virtud de que el escenario de crisis en la ciudad capital es distinto.

Decidido cuál será el protocolo del aislamiento en uno y otro lado a partir de la semana entrante, el segundo intríngulis que tiene entre manos el presidente es el de la deuda. Hay un plazo que vence el martes 4 y, tal como se han desarrollado las negociaciones, no parece que pueda dilatarse más el desenlace de un proceso que lleva ya siete meses. Desde la última oferta hecha por Martin Guzmán y rechazado por los tres grandes grupos de acreedores, nada ha cambiado. Alberto Fernández y su ministro de Economía han repetido, casi a diario, que esta vez no hay marcha atrás. Por su parte Ad Hoc, Exchange y el CAC, en una carta que se dio a conocer el lunes, indicaron que están en condiciones de bloquear la oferta argentina. A cara de perro se juegan las últimas cartas. La probabilidad del default, mientras tanto, crece. Si se hiciese realidad, sería la tormenta perfecta.

Vicente Massot

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