Martes, 03 Enero 2017 13:08

¿Año nuevo, vida nueva?

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Todo bien pero nada para festejar

 

 

El gobierno llegó a fin de año sin estallidos sociales, sin helicópteros maniobrando en la terraza de la Casa Rosada, sin represiones salvajes... en definitiva, ninguno de los pronósticos que alentaron los kirchneristas se cumplieron.

 

De todos modos, si me fuera permitido darle un consejo a Macri, le diría que no se entusiasme demasiado y que no se le vaya la mano con los festejos.

 

Hay algunos buenos motivos para estar satisfechos, pero tampoco es cosa de salir a tirar cañitas voladoras. El gobierno impidió que el país se precipitara en una catástrofe, desactivó la bomba de tiempo dejada por el peronismo pero -y siempre en política hay un pero- como la catástrofe no se produjo, alguien puede decir que ese peligro nunca existió, por lo que en términos de opinión pública nos enredamos en una discusión de nunca acabar, una discusión en la que cada uno de los contendientes dispone de sus propios números y sus propias conclusiones.

 

La gobernabilidad -esa bendita palabra cuyo reiterado empleo señala por el camino de la omisión que, precisamente, está puesta en tela de juicio- salió cara, tan cara que los voceros más calificados del liberalismo no vacilan en decir que el macrismo es en el mejor de los casos una variante prolija del kirchnerismo, ya que no promueve las reformas de fondo, no achica el gasto público, practica la más cruda demagogia, el más descarnado clientelismo y para sostener la fiesta se está endeudando al país en niveles casi escandalosos.

 

¿A quién creerle? ¿Al populismo y a sus diversas variantes de izquierda que insisten en denunciar a un gobierno de ricos, para los ricos y por lo ricos? ¿O a los liberales que señalan exactamente lo contrario? Yo por lo pronto no estoy dispuesto a creerle a nadie. Y me preparo para observar lo que nos aguarda en 2017. ¿Observar qué? Hechos. Como les gustaba decir a los viejos positivistas: hechos.

 

La Señora y la asociación ilícita

 

Finalmente la procesaron. No es para menos. Incluso, para los más entusiastas, Cristina Elisabeth hace rato que debería estar entre rejas.

 

En lo personal no le deseo la cárcel a nadie, pero a mí sí me importa que la sociedad sepa que una ladrona es un ladrona, una corrupta es una corrupta y una farsante es una farsante. La procesaron y en la causa está acompañada con los que corresponde: los compinches, los parientes y los compañeros. La saga populista se cumple al pie de la letra.

 

Toda la retórica acerca de la justicia social, la defensa de los oprimidos, la liberación nacional no fue más que la hojarasca de una formidable pulsión delictiva iniciada en 2003 y culminada en 2015. La Señora dice que la atacan porque es una abanderada de los humildes. Pobres humildes con esta abogada exitosa y multimillonaria, histriónica y exhibicionista. Dice Ella que la figura de la asociación ilícita es la estratagema jurídica de los vendepatria para atacar a los líderes populares. Que yo sepa, los que fueron imputados por esta causa fueron Isabel y Carlos Saúl.

 

Innecesario decir a qué signo político pertenecen estos ilustres exponentes de la política criolla. Innecesario decir, además que con Isabel y Carlos Saúl, “La que te dije” está bien acompañada. El precepto se cumple: la virtud atrae la virtud y la mugre arrastra a la mugre. A la vuelta del camino los que se tienen que encontrar se encuentran. La Señora se inició en las lides democráticas bajo el estandarte “nacional y popular”: Isabel presidente; Ella y Él calificaron a Menem como el mejor presidente de la historia. Ahora comparten el mismo prontuario policial. Una cosa hay que admitirles: los tres hicieron méritos para estar donde están.

 

Cita de rufianes

 

Esta semana la noticia fue la murga que decidió viajar a Jujuy para hacer el aguante a Milagros Sala, la mujer que, insisto, es una injusticia que esté presa mientras que Cristina Elisabeth anda suelta por este valle de lágrimas. Guillermo Moreno fue el primer soldado que llamó la atención reivindicando con aire de patotero sentimental -lo que mejor le sale- su deseo de volver al gobierno.

 

Para cumplir con el ritual faccioso Moreno levanta los dedos en V, una marca en el orillo de Winston Churchill y los Aliados cuando luchaban contra los entrañables abuelos políticos de Guillermo Moreno. También estuvo presente en el operativo “aguante” el señor Horacio Verbitsky, que hasta el día de la fecha no terminó de explicar por qué en los tiempos de la dictadura disfrutaba de una libertad ejemplar cuando compañeros menos comprometidos que él eran secuestrados o eliminados físicamente.

 

Verbitsky tampoco pudo explicar su cálida amistad con el señor Güiraldes y las razones espirituales que lo llevaron a escribir un libro auspiciado por los camaradas nacionalistas de la fuerza aérea. El otro que lució su prestancia en Jujuy fue el señor Ibarra.

 

Sí, el mismo que alguna vez fue jefe de gobierno de Buenos Aires y cuando se produjo lo de Cromagnon se escondió debajo de la cama, una conducta que, a decir verdad, compartió con sus jefes políticos, Ella y Él, expertos en borrarse cada vez que hubo que afrontar situaciones difíciles. Cualquier duda al respecto consultar lo sucedido con un tren que chocó en estación Plaza Once.

 

Otro de los personajes que fue a darle la solidaridad combatiente a Milagros Sala fue el señor Cabandié, el mismo que supuso que la militancia política era una excelente coartada para relajar a una empleada pública porque pretendió cobrarle una multa. “Desubicadita”, le dijo Cabandié a la mujer que se le ocurrió exigirle que cumpla con la ley. Permítanme una licencia. En política hay gente que se prepara toda la vida para asistir a una cita secreta con la historia. Pues bien, Cabandié se preparó toda su vida para poder darse el gusto de tratar de desubicadita a una modesta empleada. Ese gusto íntimo, regocijante, de sentirse superior, ese placer erótico por mandar, por maltratar a los que considera inferiores. Pobre empleadita. No sabía que delante suyo tenía a un aguerrido militante de la causa nacional y popular.

 

De lo viejo a lo nuevo

 

El año se va, mejor dicho ya se fue. Escribo una columna política por lo que no hay espacio para efusiones sentimentales acerca de deseos de felicidad y dicha. Tampoco hay margen para ciertos lugares comunes referidos al optimismo político o a las profecías históricas.

 

Está demás decir que todos queremos lo mejor para todos, que todos aspiramos a vivir en un país más justo y más libre y que todo deseamos que lacras como la inseguridad y la corrupción se reduzcan a su mínima expresión. Las jornadas de fin de año, la despedida de un año y la llegada de otro es una costumbre, un pretexto para simular algunos balances, la ilusión de que siempre existe la posibilidad de empezar de nuevo... y no mucho más.

 

No está mal que las sociedades celebren sus mitos, cultiven sus ilusiones, alienten sus esperanzas y todos esos sueños los instalen en una fecha del calendario. No está mal. Pero tampoco hay que tomárselo demasiado en serio.

 

En el almanaque el pasaje de un año a otro, la despedida de lo viejo y la bienvenida de lo nuevo se realiza automáticamente y de acuerdo con la lógica implacable del calendario. En la vida real, recorrer el camino de lo viejo a lo nuevo no es natural, no llega como consecuencia del desplazamiento de los astros. En la vida real, la esperanza, el cambio, la redención laica, hay que merecerlos. 

 

Rogelio Alaniz

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