Lunes, 02 Enero 2017 09:45

Pendientes

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El Gobierno se reorienta pero no elige encarar temas de fondo.

 

 

Las instituciones son mucho más importantes que las personas que desempeñan temporalmente una función determinada, independientemente de que estas últimas hayan sido elegidas por el voto popular.

 

Muchas teorías se están poniendo en duda en estos tiempos en los que, por ejemplo, no queda del todo claro si la Guerra Fría fue ganada finalmente por los Estados Unidos o por Rusia. En materia de desarrollo económico, en cambio, existe unanimidad de opiniones entre los estudiosos y los analistas serios: la calidad institucional, la protección jurídica de los derechos (tanto los humanos como los de propiedad) y la calidad y estabilidad de las políticas públicas (en especial, en materia de los bienes públicos producidos por el Estado, como educación, salud e infraestructura física) son las variables claves que explican el éxito o el fracaso de las sociedades.

 

Uno de los libros más influyentes en la materia, Por qué fracasan las naciones, escrito por Daron Acemoglu y James A. Robinson, dedica un capítulo entero a la Argentina: hacen falta muchas páginas para explicar cómo un país con un enorme potencial de recursos naturales y humanos fue incapaz de construir una infraestructura institucional mínimamente adecuada para aprovecharlos.

 

En este contexto, la gestión de Mauricio Macri ya superó el año de duración y es cada vez más evidente que la estrategia original definida por el Presidente comienza a sufrir modificaciones. Sin embargo, las prioridades parecen estar en la superficie y, una vez más, dejan de lado la profundidad. ¿Cuál es, si no, su agenda de reformas institucionales? ¿Cuáles son sus prioridades de corto, mediano y largo plazo, para confirmar efectivamente el acervo de reglas y mecanismos formales e informales (eso son, precisamente, las instituciones) para revertir una decadencia secular profundizada hasta el paroxismo durante la etapa de populismo autoritario liderada por la dinastía K?

 

Más allá de algunas iniciativas valiosas, como la modernización del Estado, el plan Justicia 2020 o la malograda reforma al sistema de votación, erróneamente llamada “reforma política”, no se le conoce al primer mandatario una visión integral en materia de calidad institucional. Así, Macri se convierte en un justo heredero de la ahora valorada tradición desarrollista vernácula, que tampoco se caracterizaba por jerarquizar el papel de las instituciones.

 

No parece tratarse de un problema comunicacional, sino de una falencia de mero corte conceptual. El líder de Cambiemos prefiere conformar un sistema endeble e inestable basado en señales, compromisos personales y equipos de trabajo. El Banco Central, por citar un ejemplo, está en manos de profesionales intachables que se desempeñan con independencia y que tienen en mente un objetivo al que apuntan sin descanso: bajar la inflación. Macri acordó con Federico Sturzenegger una cifra determinada para financiar al Tesoro. Le dio su palabra y hasta ahora, la ha cumplido. ¿Existe, no obstante, alguna otra regla que brinde previsibilidad? ¿Cambió acaso la Carta Orgánica de la institución, modificada por el kirchnerismo para financiar su déficit gigante con inflación?

 

Descuido. El curioso episodio de inseguridad que protagonizó esta semana en Villa Traful dejó la sensación de que Macri privilegia las personas por sobre las instituciones. Y comienza por él mismo: como padre, es comprensible y natural que quiera comprarle un alfajor a su hijita (como malcriador serial, comparto esa pulsión por satisfacer los caprichos más absurdos).

 

Pero el presidente Macri está muy por encima del ciudadano Macri. La investidura debe ser respetada por todos los ciudadanos del país. Y eso, por supuesto, incluye al propio Macri. Es anecdótico que prefiera ir a trabajar sin corbata (hábito característico de líderes ideológicamente bien distantes, como Chávez, Correa, Evo, Mujica, Ortega y los Castro) y no me parece oportuno debatir aquí la notable confianza que expresa el oficialismo en la efectividad comunicacional de los timbreos, ese nuevo ágora intimista y de pretendida cotidianidad, el principal aporte del PRO a nuestra singular cultura política.

 

Pero que el Presidente se traslade en un vehículo no blindado y sin un operativo exhaustivo de seguridad constituye un acto de absoluta irresponsabilidad. Los alarmantes sucesos de hace unos meses en Mar del Plata debieron haber sido una señal suficiente como para marcar un cambio definitivo en ese rumbo. Sin embargo, en Villa Traful se volvieron a correr riesgos innecesarios.

 

¿Dónde estaba su edecán? ¿Qué procedimientos regulares, estandarizados y sistemáticos realizan la Casa Militar, los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad antes de que el Presidente aparezca en público y, obviamente, durante el transcurso de esos actos?

 

El primer mandatario no puede estar sujeto a una decisión personal: debe someterse a los más estrictos controles de seguridad.

 

Lo mismo ocurre con su familia.

 

Desde 1932 hasta la fecha, por la Argentina han desfilado 63 ministros de economía. En promedio, la duración en el cargo fue de 16 meses. La noticia de esta semana, entonces, no debería haber sido la renuncia de Alfonso Prat-Gay y su reemplazo por dos destacados profesionales como Luis Caputo y Nicolás Dujovne. Lo más importante es que cumplimos otro año sin discutir las cuestiones de fondo, las reglas del juego, las instituciones.

 

Priorizar lo fiscal tal vez calme ligeramente los mercados. Pero los cambios institucionales que se requieren para lograr el desarrollo equitativo y sustentable y mejorar la calidad de la democracia ni siquiera están siendo planteados.   

 

Sergio Berensztein

 

Visto 237 veces Modificado por última vez en Lunes, 13 Febrero 2017 21:34

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