Lunes, 19 Diciembre 2016 05:46

El consenso de los autitos chocadores

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La demora en elaborar un proyecto propio para cumplir con el compromiso preelectoral  de que los trabajadores no pagaran el impuesto a las ganancias y, finalmente, la inclusión del tema en  sesiones extraordinarias sin  negociaciones para aprobarlo constituyeron, para muchos analistas, una  lamentable cadena de errores del Poder Ejecutivo.

 

 

Pero no cabe hablar de error: se trató de una apuesta. Si un jugador coloca sus fichas en el  número 8 y la bolilla de la ruleta se posa en el 22, no corresponde decir que  se haya “equivocado”.  Simplemente hizo una apuesta perdedora.

 

El rédito esperado de aquella jugada (contaminar a Sergio Massa pegándolo al kirchnerismo legislativo y dejar al oficialismo con el premio moral de defender heroicamente y en soledad la sensatez económica) tenía una lógica electoral y terminó siendo una ilusión óptica. Massa es, por cierto, el peronista que mejor penetra en las bases electorales oficialistas; la agresividad de la Casa Rosada contra él (fue tildado desde el poder de “impostor”, “ventajita” e “inconfiable”) quizás  lo benefició: si su táctica de presionar al gobierno lo había llevado a mezclarse legislativamente con Axel Kicillof y sus  seguidores de la letra K para aprobar una propuesta de reforma del impuesto a las ganancias,  la intransigencia oficialista y la reacción  airada del Presidente y su entorno  le dieron la oportunidad de recuperar la avenida del centro y reprocharle al gobierno falta de voluntad negociadora.

 

Por otra parte, ¿aquella defensa heroica de la racionalidad económica por parte del gobierno incluiría acaso un veto de Macri si el Senado convertía el proyecto en ley? Bastó que  la vicepresidente Gabriela Michetti mentara esa conjetura en público para que el círculo  presidencial la descartara. Hasta ese momento el veto  sólo era una hipótesis que se analizaba en el ámbito triangular de la jefatura de gabinete (Peña –Lopetegui- Quintana), más bien como placebo para elaborar la decepción de Macri. Vetar tiene un costo.

 

Cambio de jugada

 

El gobierno decidió poner sus fichas en otro número. La nueva apuesta fue por el peronismo de las provincias: la Casa Rosada trabajó sobre los gobernadores para conseguir que ellos les reclamaran disciplina y racionalidad a sus senadores. Por suerte, el ministro de Interior, Rogelio Frigerio, interlocutor confiable  para los gobernadores, ya había regresado de China.

 

Las provincias tienen sus propios problemas: el impuesto a las ganancias se coparticipa y una recaudación menor del gravamen incide sobre los recursos que les corresponden. Una mayoría de gobernadores  pidió que se revisara el proyecto votado en Diputados…de modo que la reivindicación de los trabajadores de pagar mucho menos impuesto por su salario (que ellos respaldan) no afecte dañinamente a sus distritos.

 

Así se consiguió, en principio, que el peronismo senatorial se abstuviera de imponer el tratamiento urgente del  texto aprobado por Diputados. El jefe del bloque peronista de Senadores, Miguel Pichetto,  estableció algunas condiciones. La principal:  que el Poder Ejecutivo convocara con urgencia a la CGT, a los empresarios y a los diferentes bloques legislativos para reformar consensuadamente el proyecto de ley.

 

La propuesta de Pichetto, que daba un formato viable a los pedidos de los gobernadores (y a los cambiantes deseos del Ejecutivo), se convirtió en un cariñoso ultimátum  cuando el gobierno, en cambio de promover una mesa de consenso, anunció que atomizaría la convocatoria y la transformaría en diálogos bilaterales con cada una de las partes sugeridas. Pichetto recordó entonces que si el próximo miércoles no hay un proyecto consensuado se votará el que llegó con un fuerte apoyo de la Cámara Baja. El peronismo quiere resuelto el tema  del impuesto a los  salarios antes de fin de año

 

La reticencia oficial es una forma de maquillar el cambio de actitud;  más allá de la renuencia en los detalles, queda claro   que el gobierno ahora está dispuesto a negociar lo que no quiso negociar una semana atrás. Ha modificado su apuesta.

 

Entender  los motivos del viraje es menos importante que registrar el hecho, que  ofrece una nueva oportunidad  a una política de acuerdos que parecía frustrarse. Más vale tarde que nunca.

 

Los que no quieren negociar

 

Massa y el peronismo poskirchnerista adelantaron que están abiertos a revisar el proyecto y a consensuar. La CGT, que mantiene en reserva su respaldo a  la propuesta aprobada en Diputados, admite la búsqueda de una ley modificada de común acuerdo. Sus negociadores y los del gobierno han alcanzado algunas coincidencias sobre el mínimo no imponible  (una cifra más cercana al proyecto con media sanción que a la que manejaba el oficialismo) pero todavía quedan asuntos por discutir.  Algunos gremios quieren artículos específicos de exención del impuesto a las horas extra y, como es el caso del sector del transporte, anuncian  medidas para subrayar su reclamo. Pero se está  conversando en busca de un consenso.  

 

El sector que queda afuera (por propia decisión y por desinterés del  resto) es el kirchnerismo, que padeció su propio espejismo: creyó que había recuperado influencia cuando sólo estaba siendo  un instrumento del  peronismo  para  obligar al gobierno a reconsiderar su  intransigencia.

 

Por su parte, algunos sectores de Cambiemos, que hace unos días se mostraban entusiasmados por  la primera apuesta de la Casa Rosada – la que optaba por la lógica de la confrontación-  elaboran ahora teorías conspirativas. Argumentan que “Massa de un lado y Pichetto y los gobernadores del otro  son pinzas con las que el peronismo se turna  en el juego de policía malo-policía bueno. Alguno aprieta, otro negocia y al final consuman su extorsión”  En verdad, esas referencias a extorsiones, buitres o caranchos para aludir a los naturales juegos de  competencia y negociación de la política encubren un rechazo – práctico o pretendidamente ético-  al dispositivo de presiones y concesiones que la política supone y sugiere una preferencia por la imposición (siempre justificada, en esas visiones,  desde algún relato propio definido como justo o decente o revolucionario).  Cualquiera sea su excusa, la intolerancia conspira contra la convivencia y la necesidad de acuerdos básicos y políticas de estado.

 

En días, apenas,  se inicia un año electoral, es decir, un tiempo en el que las tensiones de la competencia  se  manifestarán  naturalmente. Habrá  que acostumbrarse al  ruido: si hace falta  llegar a acuerdos en el país,  es porque  hay diferencias. Algunas muy sensibles.

 

Sería importante que  la racionalidad que opera en distintas fuerzas  elaborara un  listado de puntos que  queden apartados de la pelea, asuntos que  hacen a la gobernabilidad, al interés nacional, al bienestar de los ciudadanos y a los valores. Sería bueno, inclusive, que con ese espíritu se acordara en primer lugar los procedimientos para  tratar los desacuerdos: un esfuerzo para evitar que  alteraciones  circunstanciales  desbaraten  la construcción común, reglas de tránsito para autitos chocadores. 

 

Jorge Raventos  

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