Domingo, 18 Diciembre 2016 10:52

Las escabrosas rutinas de la política

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Irresponsable

Se dice que un político es irresponsable cuando no se hace cargo de las consecuencias de sus decisiones.

 

 

La irresponsabilidad es una conducta que se proyecta hacia el futuro y se desentiende del pasado. Un político irresponsable lo es a tiempo completo. Oscar Parrili, promoviendo la privatización de YPF y pocos años después alentando su estatización, es el ejemplo paradigmático de esa irresponsabilidad absoluta. No es el único.

 

Kicillof calificando de estigmatizadores a quienes hablaban de pobreza o mirando para otro lado cuando se recordaban los índices inflacionarios o las irregularidades del impuesto a las Ganancias, para meses después transformarse en un abanderado de la lucha contra la inflación, la pobreza y el impuesto a las ganancias, es otro ejemplo digno de tener en cuenta.

 

Sergio Massa asistiendo al Foro de Davos con Macri y comprometiéndose en no cargar con tributos especiales a las empresas mineras, para luego a los pocos meses exigir que le cobren retenciones, es otro ejemplo de genuina irresponsabilidad populista, tributaria de una añeja y lamentable tradición consistente en violar las reglas de juego. Después nos quejamos porque los capitales de afuera no vienen y los de adentro se van.

 

¿Perseguidas?

 

Milagros Sala se defiende en el juicio oral presentándose como una pobre mujer perseguida. Se le podría contestar que ésa es la suerte que suelen correr los delincuentes, pero en principio habría que recordarle que dispone de todos los derechos y garantías asegurados por la ley, esos derechos y garantías que la tradición populista suele ignorar o considerar despectivamente como ilusiones neoliberales.

 

A favor de ella, podía decirse que también la Señora Cristina Elisabeth se considera perseguida y sin rubores de ninguna naturaleza asegura que las medidas judiciales que se toman en su contra son las mismas que en su momento aplicó la dictadura militar.

 

Para la Señora, experta en ir por todo, la Justicia independiente es una mentira o una coartada para atacar a una pobre madre viuda. Su presentación como perseguida pareciera que la exime de dar explicaciones acerca de las fortunas acumuladas por ella y sus cómplices. Sus ataques a una Justicia supuestamente controlada por Magneto es, en primer lugar, una falta de respeto a los jueces y fiscales que militan a favor de su causa, empezando por Gils Carbó y continuando por los togados de Justicia Legítima.

 

A la falta de respeto contra sus propios colaboradores, habría que sumarle el desagradecimiento, porque es gracias a ellos que, por ejemplo, no se avanza en el caso Nisman. También es gracias a la “lentitud” de la Justicia, que Cristina Elisabeth no está entre rejas. Y al respecto habría que insistir una vez más que no es justo que Sala esté presa y su jefa disfrute de una libertad que violenta el principio de igualdad ante la ley.

 

¿Boludo?

 

“Macri es un boludo”, exclamó muy suelto de cuerpo el presidente del peronismo José Luis Gioja. El empleo del popular vocablo podrá corregirse e incluso suavizarse, pero ninguna maniobra lingüística logrará disimular aquello que constituye el pensamiento profundo del caudillo sanjuanino. En efecto, quien políticamente acusa a otro de boludo, es porque supone que él es lo opuesto, es decir, es “vivo”, pícaro”, “ligero”. A favor de Gioja, podría decirse que además de sincero, no le otorga a la acusación ningún ribete personal.

 

Un populista por definición supone que su singular manera de concebir la política está asociada con la viveza mientras que quienes no adhieren a esa causa son por definición giles, otarios o boludos. Nada personal, insisto. Gioja, en este aspecto, adhiere a una de las visiones más ortodoxas y movilizantes de la subjetividad populista: somos vivos, somos pícaros; argentinos, en definitiva.

 

Para Gioja, seguramente el paradigma del vivo es su vicepresidente, Daniel Scioli y una de las expresiones de esa viveza es la exhibición pública de sus conquistas amorosas y sus proezas sexuales. A De Vido, López, “el Morsa” Fernández se los podrá acusar de muchas cosas menos de boludos. Tampoco al compañero Néstor o el compañero Carlos Saúl se les puede atribuir esa excelsa virtud.

 

La hora del Congreso

 

Porque su concepción de la política es diferente a la populista o porque le toca desempeñarse como minoría, lo cierto es que con el actual gobierno, el Congreso ha recuperado protagonismo, está muy lejos de ser la escribanía del Poder Ejecutivo y, por el contrario, se ha transformado en una caja de resonancia de los grandes problemas nacionales.

 

El reciente debate sobre Ganancias así lo confirma. Oficialistas y opositores acuerdan, disienten, negocias y deciden. A los debates se suman actores como la CGT, los gobernadores de las provincias, funcionarios de la Afip, ministros de diferentes carteras. ¿Cuesta tanto entender que ése es el escenario ideal de la democracia? Claro, para que esto funcione hacen falta partidos políticos, Justicia independiente, un presidente que no se crea el elegido por Dios y una sociedad que prefiera los beneficios de la democracia a las “ventajas” del populismo.

 

Pero si es así, ¿cómo se explica que los populistas, es decir el peronismo, participe de ese juego institucional? En algunos casos, porque a pesar de las anteojeras ideológicas también ellos aprenden; en otros, porque el actual escenario conviene a sus intereses de coyuntura.

 

La reforma política

 

En un Parlamento se pierde o se gana, pero a veces lo que se pierde es importante. La reforma política es un buen ejemplo. No salió porque se opusieron los gobernadores de las provincias feudales, de esas provincias que los señores manejan como capangas. Gildo Insfrán es tal vez el paradigma de ese comportamiento a favor de un régimen electoral tramposo, viciado y manipulador. Juan Manzur, el jeque tucumano, es otro ejemplo.

 

Conclusión: no habrá reforma política por el momento. Los argentinos lamentablemente estamos acostumbrados a perder batallas decisivas para la democracia. Los que tenemos buena memoria recordamos aquella otra que se perdió en los primeros tramos del gobierno de Raúl Alfonsín, cuando por culpa de un par de senadores coimeros no se pudo poner límites legales a las corporaciones sindicales. Ahora, la sacrificada fue la reforma política. Pero no nos quejemos demasiado. Si por Insfrán y Manzur fuera, a lo que se debería poner punto final es al voto secreto, universal y obligatorio.

 

El gobierno y la política

 

Los lugares comunes se instalan y son duros como las piedras. Uno de ellos es que este gobierno no sabe hacer política o no hace política o se somete a los técnicos. Como dice mi amigo de la Mesa de Café: “No comparto”. Si este gobierno algo hace bien, si este gobierno después de un año en el que no son muchos los logros que puede exhibir, mantiene un nivel de adhesión alto, es por la sencilla razón de que ha demostrado una inusual habilidad política para acordar, diferenciarse y conectarse con la sociedad.

 

¿Esto quiere decir que nunca se equivoca? Ni siquiera a Dios se le puede atribuir esa excelsa virtud. En el cotidiano de la política un gobierno se equivoca y acierta, pero lo que decide en última instancia son los resultados en sus líneas generales. Y esos resultados a un año de gestión no son desdeñables, resultado que, repito, no nacen de los milagros económicos o del electrizante carisma del presidente, sino que provienen del oficio de tejer, zurcir y bordar, es decir, de concebir a la política como el arte siempre inconcluso, siempre insatisfactorio de legitimar el poder. 

 

Rogelio Alaniz

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