Jueves, 06 Octubre 2016 14:38

Dónde nos hallaremos en 2017

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Desde tiempo inmemorial, entre las mayores preocupaciones de los argentinos figura la inseguridad que, malogrado todos los esfuerzos hechos durante décadas para acotarla, ha crecido sin solución de continuidad.

 

 

La idea, de ordinario tan mentada en tertulias, debates televisivos y polémicas de café, según la cual estaríamos llegando a un límite peligroso, que una vez traspuesto nos colocaría al borde del sálvese quien pueda, en realidad no resiste análisis.

 

La única certeza es que la degradación no tiene piso y basta señalar distintos hechos, de reciente data, para demostrarlo: hay cárceles en donde las cerraduras de las celdas no funcionan; casi 20 % de los nuevos efectivos de la policía bonaerense no saben manejar un arma y unos 2300 miembros de esa fuerza se hallan sumariados, bajo sospecha de estar vinculados con la delincuencia; 31 asesinatos registrados en la principal provincia argentina, en el curso del presente año, fueron perpetrados por criminales que debían estar presos y, sin embargo, se encontraban en libertad, beneficiados por el régimen de salidas transitorias.

 

Como si ello no resultara alarmante, hete aquí que en Rosario -ciudad que viene de recibir a cientos de efectivos de la Gendarmería para luchar contra el narcotráfico y otras formas de delito organizado- el Estado no está en condiciones de asegurarles una vivienda. Han sido los vecinos quienes se han movilizado para recibirlos en sus casas particulares, si acaso ello fuese pertinente.

 

Aunque nadie se anime a pregonarlo en público y, por razones atendibles, menos que nadie los funcionarios encargados de velar por nuestra seguridad, el problema no tiene solución en el corto plazo de un país, esto es, de aquí a 10 ó 20 años vista. La situación sería gravísima si, de buenas a primeras, por desidia, estupidez o incompetencia, Suiza o Japón se hubiesen convertido en algo parecido al Gran Buenos Aires en materia de criminalidad. La reacción de la sociedad no tardaría en llegar porque habrían pasado del paraíso a la selva. En una nación como la nuestra, en cambio, acostumbrada a vivir con códigos selváticos, los asesinatos, violaciones y robos violentos forman parte de la estadística. Nada más.

 

Cuanto sucede con la inseguridad pasa, de la misma manera, o casi, en otros ámbitos, en teoría fundamentales, pero a los cuales o no se les presta la debida atención o no sirven las presuntas soluciones que plantea la clase política para resolverlos. Véase el caso de la educación. Cada examen pone al descubierto las enormes falencias que arrastran nuestros alumnos primarios, secundarios y universitarios. Cada evaluación arroja -año tras año- resultados magros en punto a la capacidad que tienen para comprender textos, resolver ejercicios elementales de matemáticas o redactar sin faltas de ortografía. Cosas simples se han vuelto complejas por el grado de deterioro que nos aqueja. Eso sí, la Argentina se enorgullece de su ingreso irrestricto a la universidad pública y echa en saco roto a lo que nos ha llevado el bendito sistema: de cada diez ingresantes, siete no terminan su carrera que, por supuesto, debemos pagar todos con nuestros impuestos.

 

Los ejemplos podrían seguir sumándose hasta aburrir. Como esa no es la intención, lo importante resulta la conclusión: ninguna de todas las calamidades sociales que golpean a la sociedad en forma aleatoria pueden modificar substancialmente el curso político. Son males que pocos sufren -aunque todos estamos enterados acerca de su existencia y de su magnitud- y, por lo tanto, su gravedad social termina siendo relativa. Si muriesen diariamente mil personas, fruto de la violencia criminal, la situación se tornaría inmanejable para la autoridad de turno, insufrible para el conjunto societario, y la reacción no tardaría en hacerse notar. Pero a los muertos los podemos contar con los dedos de la mano. Con la educación sucede algo semejante, sólo que menos trágico: no hay asesinatos; hay burros en potencia que pasan desapercibidos hasta que ya es tarde.

 

Esta es la razón en virtud de la cual lo único determinante en la Argentina es la economía. Las decisiones que toman los gobernantes y los mercados tienen consecuencias, más o menos inmediatas, de alcance colectivo. Que un millonario las sufrirá de una manera muy distinta que el cartonero Báez, lo sabe cualquiera. Sin embargo, el quid de la cuestión no está ahí. Reside en el hecho de que -en mayor o menor medida- la inflación, el crecimiento o decrecimiento del PBI, y el buen manejo o el desmadre de las cuentas públicas -para enumerar tres datos, de los muchos que podrían mencionarse- los pagamos, más temprano que tarde, todos. Por eso, sólo cuanto castiga a una inmensa mayoría es decisivo en términos políticos. En otros lugares, la corrupción pública, la falta de instituciones, la mortalidad infantil, la pobreza y la contaminación ambiental no podrían ser desatendidas porque sublevarían a la población. Aquí, no pasa nada.

 

Si alguien desea saber en dónde nos hallaremos plantados el año que viene y cuáles son los desafíos que enfrenta el gobierno macrista, lo más conveniente y realista es que comience por olvidarse de las cuestiones específicamente políticas -vigencia de las instituciones republicanas, por ejemplo-, las educativas, las de seguridad, las ambientales y las sanitarias, porque nada habrá cambiado en 2017. Es más, no sería de extrañar que, en algunos casos, empeorasen, menos por la inoperancia del oficialismo que por los vicios estructurales de la sociedad argentina.

 

Así como en determinadas áreas no hay soluciones definitivas o, siquiera, provisorias en el corto plazo, lo contrario puede decirse de ciertos indicadores económicos. La inflación puede bajar de manera vertiginosa en pocos meses. El PBI puede crecer en el próximo medio año, como así también la tasa de empleo. Ello podría modificar el humor social en poco tiempo.

 

En 2017 vamos a estar mejor o peor según evolucionen la inflación, la actividad económica y el empleo. Ello en un país en donde hemos venido a enterarnos -luego de nueve años de padecer índices fraudulentos- que, de cada tres habitantes, uno es pobre o indigente. Cuadro, éste, gravísimo si se lo analiza con la mira puesta en el primer mundo donde desearíamos encontrarnos, pero nunca desesperante si se lo coloca en el marco del subdesarrollo. 32 % de la población está bajo la línea de pobreza y el conflicto social prácticamente no existe.

 

Podría parecer un milagro. En realidad no lo es. Refleja el grado de acostumbramiento a la decadencia.

 

Vicente Massot

Visto 141 veces Modificado por última vez en Miércoles, 08 Marzo 2017 00:08

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