Domingo, 15 Mayo 2016 12:04

El proyecto antidespidos y las máscaras del poder

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Los argumentos  que –de un lado y de otros-  se esgrimen  en los debates por la ley antidespidos  que  ha venido agitando al Congreso  son, si bien se mira, máscaras de operaciones destinadas a demostrar   poder.

El  arco panperonista  que respaldó el proyecto aprobado en el Senado  sabe que la legislación restrictiva no  sirve para impedir los despidos inevitables (los que ocurren cuando  una empresa  ha perdido demanda para sus productos o servicios) y suele operar como un disuasivo de nuevas contrataciones. La señora de Kirchner argumentó en ese sentido dos años atrás, igual que su entonces ministro de Trabajo,  Carlos Tomada y el  actual jefe del bloque kirchnerista de diputados, Héctor Recalde.


El massismo es igualmente consiente del fenómeno. Lo puso en claro su mayor referente económico, Roberto Lavagna. Massa propone medidas  positivas de promoción del empleo y diferencia el tratamiento de las indemnizaciones entre  empresas grandes y pymes    aunque  admitió que en última instancia apoyaría la norma aprobada en  el Senado  para cumplir con  compromisos adquiridos con las organizaciones sindicales.


Los gremios, por su parte, reconocen que no hay en marcha una “ola  de despidos”,  sino caídas localizadas de empleo  en actividades con problemas: el sector metalmecánico ligado a la fabricación de autos  (debido a la deprimida demanda brasilera) y la construcción  (por el  frenazo de la obra pública y la suspensión de pagos del sector público; signo de la etapa,  hasta las empresas de Lázaro Báez  han entrado en quiebra).


Ola o sensación


El gobierno, por su parte, alega que no hay “ola”, pero reconoce que sí  hay “sensación” de desempleo en puerta y  comprende que las sensaciones generalizadas  producen efectos políticos (pregúntenle a Aníbal Fernández).   Por eso  despertó morosamente de  la atonía en la materia  y produjo gestos apresurados: pidió  a los empresarios el compromiso de  que no  echarán personal por noventa días y promovió  medidas a favor de las pymes.


Fracasó, en cambio, en involucrar a las conducciones sindicales en el simulacro de acuerdo social preparado el lunes 5 en el Salón Blanco. Los dirigentes gremiales  habían sido convocados de apuro, dos o tres horas antes, para que aparecieran en la foto del compromiso empresarial. Se negaron: tienen buena voluntad pero no se  dejan  empujar a los panzazos.  El Presidente mostró irritación cuando conversó con ellos por unos minutos.


Pero  esa irritación podría haberse economizado actuando a tiempo. A Macri no le faltan puentes con  la dirigencia sindical: el vicejefe porteño, Diego Santilli, mantiene una relación cordialísima con Hugo Moyano, con quien supo negociar tantas cosas mientras era secretario de Espacio Público de la Ciudad. Y el influyente  José Luis Lingeri, que  colocó en el gobierno nada menos que al titular  de  la Superintendencia de Servicios de Salud (punto de concentración de la caja de las obras sociales),  es un buen interlocutor de la Señora 8, la subdirectora de la Agencia Federal de Inteligencia, Silvia Majdalani.


Polarización o acuerdo


Había en juego elementos que permitían (aún permiten, como se verá seguramente en la semana que se abre) acuerdos. Pero tanto el kirchnerismo como  el oficialismo optaron por la confrontación.  Los  estrategas del oficialismo coinciden objetivamente con  la dama de Calafate cuando unos y otra creen hacer negocio en una polarización que los tenga como extremos.


La  Señora  busca determinar con sus posiciones duras al  peronismo  moderado que la resiste pero  de todas maneras no se atreve a  independizarse de ella  (en el  PJ restaurado que conducen  José Luis Gioja y Daniel Scioli, el único  que se diferenció tajantemente fue Juan Manuel Urtubey, quien declaró que él  vetaría  el proyecto de ley antidespidos, tal como prometió hacerlo Mauricio Macri).


De su lado, y con  la mirada puesta en la elección bonaerense de 2017,  en la Casa Rosada consideran  que empujar al  peronismo  a los brazos de la señora de Kirchner es una estrategia lúcida, ya que ella  es  “piantavotos”, sus índices de imagen negativa son altísimos, y suben más al ritmo de la cotidiana cantilena mediática que evoca  bóvedas, coimas, enriquecimientos ilícitos y maniobras financieras.


Para el macrismo la figura más peligrosa, mirando al 2017, es la de Sergio Massa y hay cierto regocijo en    hacerle difícil el tránsito por su “avenida del medio” desde la que consigue ventajas “apoyando lo bueno y criticando lo equivocado” del gobierno.  Tal vez por eso, para impedir que el massismo pudiera capitalizar  una  propuesta acuerdista, el oficialismo  prefirió que cada fuerza presentara  su propio dictamen y festejó que  un diputado del Frente Renovador  firmara el dictamen de mayoría, impulsado por  el Frente para la Victoria. También celebró que  el  kirchnerismo  no consiguiera formar quórum el miércoles, pero esa  alegría se la debe  al massismo, que  está  en  situación de árbitro y decidió no bajar al recinto  para subrayar a oficialistas y kirchneristas  la importancia de ese posicionamiento estratégico.  Se abrió, pues, una  semana extra para las negociaciones y la esgrima. Se verá el resultado.


Macri dice estar  dispuesto a “pagar el costo” de vetar la ley antidespidos si ésta, finalmente  fuera aprobada.  Lo que el Presidente  quiere, por lo  menos,  es subrayar  su rechazo a la propuesta, seguramente para  tomar distancia  de los  principios proteccionistas que  la  cruz de la debacle demanda cualquier negociación. Alguien ha señalado agudamente que Macri  puede ser, como  asegura,  un fanático del  diálogo, pero se resiste mucho a los acuerdos.


Uno de los costos del eventual veto presidencial se pagaría en la ventanilla de la opinión pública. El gobierno, que mide todas sus estrategias, no ignora  que 7 de cada 10 personas miran con simpatía las normas antidespidos.

El otro costo se pagaría en el Congreso.  Sin acuerdos y con la estrategia a mediano plazo de  hacerles la vida difícil a los peronistas moderados, sacar leyes puede convertirse en  una misión imposible.


Los consejeros puristas del Presidente practican un voluntarismo entusiasta, que  muchas veces coincide con la  propensión de Macri a ahorrarse la incomodidad de compromisos y alianzas.  Pero la necesidad tiene cara de hereje.  La necesidad aconseja realismo.  


Final con Bonafini y el Papa


Algunos sectores de Cambiemos  están enojados con el Papa, al que atribuyen  un recelo desmedido  hacia  el  Presidente y hacia el gobierno.

Otros tienen  miedo de que un peronismo,  hoy carente de liderazgos políticos y cargado con la cruz de la debacle kirchnerista, encuentre en Francisco un vector de reordenamiento y unidad y  recupere a tiempo  su temida  competitividad.  Por esos u otros motivos, se observa  que ciertos  voceros formales o informales del  oficialismo golpean a Bergoglio y procuran dañarlo. Uno de los últimos tópicos empleados  con ese designio es  la visita que Hebe de Bonafini se apresta a  hacer a El Vaticano, donde  el Papa la recibirá.  Se desliza o se sostiene con tono indignado que el Papa no debería 


Es claro que la deriva  facciosa  (y dudosa)  que adquirió la organización de Bonafini bajo su timón durante la década  K la convirtió en un personaje  antipático para la mayoría de la opinión pública. También se sabe que ella dedicó a Bergoglio  (antes y después de que  se convirtiera en  Pontífice) palabras  llenas de rabia y rencor, que hacían juego con  el desdén  y la inquina que fluían desde el  vértice kirchnerista.


Que Bonafini  vuele a Roma a buscar la bendición  de aquel a quien vilipendió  y pretendió vejar con  palabras y también con hechos  (recordar  el paso de las huestes que ella  lideraba por la Catedral  de Buenos Aires en marzo de 2013) es una incoherencia que constata  su derrota. Que Francisco la reciba es consecuente con su prédica de perdón y de unidad, no, obviamente, una identificación con las actitudes de ella. 

Llamativamente,  antes que  destacar  la  implícita confesión de derrota de ella, algunos análisis  prefieren  cuestionar la  misericordia de él. 

Ese enfoque tiene significación política. 


Jorge Raventos 
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Twitter: @jorgeraventos

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Visto 162 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 21:31

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