Viernes, 06 Mayo 2016 13:52

De Vandor a Moyano

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El hoy poco recordado Saúl Ubaldini fue la cabeza visible del así llamado -en la vieja jerga peronista- “Movimiento Obrero Organizado”, que enderezó, a expensas del gobierno de Raúl Alfonsín, trece paros generales entre 1983 y 1989. Por supuesto que lidiar en contra de la CGT representó, para el radicalismo de entonces, uno de sus mayores problemas.

Básicamente en razón de que la UCR tenía pocos -si acaso algún- soporte de envergadura en el multifacético espacio sindical argentino. Pero, además, porque la economía política del alfonsinismo estuvo desde un principio condenada al fracaso, y, por lo tanto, le resultaba imposible al gobierno dar satisfacciones -siquiera mínimas- a los reclamos gremiales de aquella época. Ubaldini tuvo una vigencia descollante que, luego y a partir de la asunción de Carlos Menem, no pudo igualar Hugo Moyano por una sencilla razón: el éxito del plan desenvuelto por Domingo Cavallo, puso fin al mal congénito que arrastraba el país desde 1945, la inflación.


Lo que queda claro a poco de repasar nuestra historia reciente es que las medidas de fuerza generadas por el sindicalismo peronista se traducen en poder político sólo cuando los gobiernos de turno no dan pie con bola en términos económicos.

La movilización que con notorias ausencias lideró el viernes el líder indiscutido de los camioneros, puede y debe analizarse teniendo en cuenta lo expresado más arriba. Hugo Moyano sabe mejor que nadie cuánto le costó el error de cálculo en el que incurrió respecto al menemismo: creyó que el riojano haría un desbarajuste con la economía, a diferencia de Luis Barrionuevo y de Jorge Triacca, entre otros convencidos de lo contrario. Acertó entonces el gastronómico mientras Moyano pasó a ser un personaje secundario en el reparto del poder.


Ahora, acaso con algunas diferencias -no menores, es verdad- la saga parece repetirse. La embestida y posterior escalamiento verbal en contra del presidente -“Macri entiende tanto de política como yo de capar monos”, expresó el titular de la CGT el lunes, cuando todavía no se habían apagado los ecos del acto del 1º de mayo- no son una declaración de guerra. Pensar que Moyano ha decidido pintarse la cara con el propósito de desestabilizar a la administración de Cambiemos, a menos de cinco meses de haberse hecho cargo ésta de los destinos del país, es no entender la lógica de Los Muchachos. Hay una recordada frase atribuida a Augusto Timoteo Vandor -todopoderoso caudillo de la UOM y del sindicalismo peronista de los años ’50 y ’60- que sigue siendo fundamental para interpretar la estrategia de los gremios no clasistas en la Argentina contemporánea: “Golpear para después negociar”.


Vandor negoció de una manera con Arturo Illía y de otra, bien diferente, con Juan Carlos Onganía, en virtud de la relación de fuerzas existentes. Al radical cabía golpearlo porque arrastraba una debilidad indisimulable desde el mismo momento en que entró en la Casa Rosada. Con el jefe militar de la Revolución Argentina la táctica debía ser distinta por necesidad.

Hubiese resultado un sinsentido amenazarlo para luego sentarse a discutir condiciones. La negociación se vertebró por unos carriles inéditos y dio unos frutos verdaderamente extraordinarios: el manejo de las obras sociales.


Moyano -que no tiene un pelo de zonzo- sabe que es demasiado temprano para hacer un juicio definitivo sobre la situación económica y social del país. Pero no desea que el rol de opositor dentro del sindicalismo lo asuma cualquiera de sus pares. Si se acepta la comparación, Moyano no comparte ni la partitura de Juan Manuel Urtubey ni la de Cristina Fernández. Entre la alianza táctica de aquél con el macrismo y la gimnasia de confrontación abierta -a todo o nada- enarbolada por ésta, el camionero no pretende dinamitar, de momento, ningún puente con el gobierno. Pero, al propio tiempo, desea mostrar su razón independiente de ser con base en una posición crítica. Para seguir con las comparaciones: entre Urtubey y Cristina, prefiere a Pichetto y a Gioja.


Poco importa determinar, con precisión, cuánta gente formó parte de la movilización cegetista. No pasa por ahí el meollo de la cuestión. Ubaldini se cansó de prohijar huelgas que, en última instancia, no sellaron la suerte de Alfonsín. Fue el desmanejo económico de Grinspun y de Sourrouille el factor decisivo de la debacle radical, sumado a la ceguera demostraba en el tema militar. Otro tanto podría decirse de lo sucedido entre 2003 y 2016. Moyano hizo las veces de aliado estratégico del santacruceño hasta su muerte. Sabía que las disidencias no le gustaban a Néstor Kirchner, y ni por asomo se hubiese animado, a menos de cinco meses de su asunción, a encabezar un acto en su contra. Sólo se permitió contrariar a su mujer cuando su marido había desaparecido y la relación de fuerza comenzaba a modificarse.


Si Mauricio Macri demostrase debilidad frente a la extorsión sindical, comenzaría para él un calvario interminable. Con todo, no parece que entre sus defectos públicos figuren la falta de coraje o de templanza. Macri necesita ganar tiempo y está convencido de que, si llega sin sobresaltos mayores al último trimestre del año, los resultados del plan puesto en marcha se harán notar en forma evidente.


Al margen de lo hasta aquí expuesto, hay otra componente de suma importancia. Se vincula con lo que podríamos denominar la imagen pública de los protagonistas de la política criolla. En la consideración popular, el presidente no retrocedió luego de la movilización del viernes. La luna de miel entre Macri y una parte mayoritaria de la sociedad continúa viento en popa. Que un sindicalista como Moyano -cuya imagen pública está por el suelo- haya quedado asociado al kirchnerismo, es lo mejor que pudo sucederle al gobierno. Buena parte de la ciudadanía considera que la cúpula sindical -con buenas razones, dicho sea de paso- está conformada por un conjunto de corruptos. En esa volteada caen también los principales responsables del gobierno anterior. Por eso, donde están Cristina Fernández, Carlos Zannini y Daniel Scioli, no deseó hallarse Luis Barrionuevo. Su paso al costado, de último momento, lo que puso al descubierto fue la disidencia que hoy cruza a todo el peronismo: a la rama política y a la sindical.


Los problemas del justicialismo no son fáciles de resolver. En el mejor de los casos, llevará años la tarea de dotar al Movimiento de una unidad que ha perdido y de un liderazgo que brilla por la ausencia. Los problemas del gobierno son distintos y tienen que ver básicamente con la marcha de la economía o, si se prefiere, de la inflación. Un registro cercano a 7 % para abril no es, precisamente, una buena noticia. 


Vicente Massot

Visto 335 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 21:31

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