Martes, 07 Junio 2016 14:03

Un liderazgo inequívoco para conjurar la maldición del no peronismo

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Mauricio Macri no quiere repetir la historia de Fernando de la Rúa y de todos los presidentes civiles no peronistas, ninguno de los cuales pudo completar su mandato en los últimos 70 años.

Es la maldición que persigue al "no peronismo".


La imagen que Macri y el PRO quieren evitar es la del helicóptero blanco levantando vuelo desde la terraza de la Casa Rosada, el jueves 20 de diciembre de 2001 a las siete y cincuenta y dos de la tarde.


Fue el último viaje de De la Rúa, el símbolo del fracaso del gobierno de la Alianza, que había comenzado mucho tiempo antes, quizás en octubre del 2000 con la renuncia del vicepresidente Carlos Chacho Álvarez.


Por eso, para entender el estilo político de Macri no solo hay que tener en cuenta la manera en que gestionó Boca Juniors y el gobierno porteño sino también las enseñanzas que la caída de De la Rúa dejó en el no peronismo.


Durante muchos años, el fracaso de la Alianza convenció a peronistas y no peronistas que la Argentina solo podía ser gobernada por los herederos de Juan Perón.


Incluso, muchos dirigentes radicales sucumbieron demasiado rápidamente a la tentación de Néstor Kirchner de crear una fuerza nueva, transversal, para —argumentaba— renovar el sistema político.


Pero, como en política lo único seguro es que alguna vez se pierde, el kirchnerismo se agotó y fue desalojado del poder. Sin una crisis, en las elecciones ganadas en segunda vuelta por Macri.


Eso probó —una vez más— que el no peronismo tiene más votos que el peronismo siempre que pueda alumbrar una candidatura —una sola— competitiva.


Un solo líder. Se vota un liderazgo más que un programa o un equipo de gobierno. Y se ejerce el poder desde un liderazgo definido, que es el sello de Macri en los seis meses de su presidencia. Pero, eso no ocurre solo en nuestro país.


El sociólogo Fernando Henrique Cardoso también encabezó una alianza para presidir el Brasil durante dos mandatos; en su opinión, el secreto del éxito estaba en quién conducía: "Yo me tuve que aliar con el atraso, pero lo que importa en una coalición es quién manda".


En el caso de la Alianza, las disputas internas, tanto en el radicalismo como en su socio, el Frepaso, dinamitaron la autoridad de De la Rúa, quien no era el líder ni siquiera de su propio partido; allí mandaba el ex presidente Raúl Alfonsín, como se lo hizo sentir en varias oportunidades.


En mi último libro "Doce Noches", sobre la crisis de 2001, queda claro que la cultura política del radicalismo agravó la situación. Son personas muy respetuosas de las libertades, la ley, los partidos y las instituciones pero se apasionan demasiado en peleas internas, en especial cuando ejercen el gobierno.


En ese sentido, muchos radicales admiran la vocación de poder del peronismo, que provoca un realineamiento casi automático y sin chistar de la mayoría de sus dirigentes y militantes una vez que queda definido quién lidera.


Como decía el versátil operador Juan Carlos Mazzón, un peronista siempre oficialista: "En el peronismo, peor que la traición es el llano".


En una entrevista para ese libro, De la Rúa me dijo: "El peronismo es muy distinto a la UCR: hay un líder y valoran la lealtad, al menos mientras ese líder tenga poder o le vaya bien. Nosotros, en mi gobierno, por presentar el mejor gabinete posible, nos creamos muchos problemas. Ahí aprendí que la mejor virtud es la lealtad, y después la eficacia, y si coinciden, mejor".


El gabinete de Macri tiene, por el contrario, una sola cabeza, que es el presidente. Ni siquiera mantuvo el cargo de ministro de Economía, cuyas atribuciones descuartizó en varios organismos precisamente para evitar el surgimiento de un funcionario con autonomía.

¿Será ésta la causa del recelo que despierta el ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay, cuando, según algunos funcionarios, "se corta solo"? Por ejemplo, en las negociaciones con los fondos buitres.


Ese liderazgo inequívoco le ha permitido a Macri mantener la iniciativa política en un equilibrio siempre inestable, marcado por la minoría de su fuerza en las dos cámaras del Congreso, una situación más débil que la de De la Rúa, que al menos manejaba Diputados.


Otra diferencia con De la Rúa es que Macri entiende a los "poderes fácticos". Por ejemplo, al sindicalismo; como empresario, se llevó muy bien con los camioneros, los mecánicos y los metalúrgicos, entre otros. Como político, con los gremios de empleados públicos.


También conoce, obviamente, a los empresarios, mundo del que proviene. Pero, no se lleva bien con todos y con algunos arrastra viejas pendencias, casi familiares, que incluso han asomado en algunas oportunidades durante este semestre.


Pero, comprende hechos claves en una economía como la argentina. Por ejemplo, el rol decisivo del campo; para él, la soja no es un yuyo. Por eso, sus primeras medidas fueron salir del cepo cambiario y eliminar las retenciones, salvo la de la soja, que fue reducida.


Claro que esta manera de ejercer el liderazgo, probada ya en Boca Juniors y en el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, tiene consecuencias negativas.


Una de ellas es que, al privilegiar la lealtad, no siempre se rodea de los colaboradores más preparados, en especial en las áreas que no parecen entrar en su radar.

 

Cada presidente tiene su sensibilidad; hay temas que le preocupan más y otros, menos. En el caso de Macri, por diversas razones, los temas sociales no son su fuerte, y eso se vio claro en la demora en asumir el impacto negativo de la disparada en los precios que siguió a la salida del cepo y la devaluación.


También en la morosidad para implementar medidas en favor de los sectores más vulnerables, como la devolución del IVA sobre productos de la canasta básica hasta un máximo de 300 pesos por mes. En este caso, con la complicidad del Congreso.


En estos seis meses quedó claro que Macri se encuentra a gusto con el presidencialismo que caracteriza a nuestro sistema político. Claro que una mayor sensibilidad social —que no es igual a populismo, como algunos de sus consejeros afirman— podría serle de ayuda en su objetivo político número uno: demostrar que el no peronismo también puede gobernar este país.


Ceferino Reato

Editor ejecutivo de Fortuna

Su último libro es "Doce Noches. 2001: el fracaso de la Alianza, el golpe peronista y el origen del kirchnerismo"

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