Domingo, 10 Julio 2016 12:40

Ha sonado la hora de los demagogos

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Desde el momento en que fue derrotado el kirchnerismo, la voz convocante de la reconstrucción sobre un lodazal ineficiente y corrupto ha sido el regreso de la Argentina al mundo y a una reinserción internacional en busca de inversiones. Si nos atenemos a las giras y mensajes, tal resulta ser uno de los objetivos centrales de la presidencia de Macri.

 

 

Pero, ¿de qué mundo se trata mientras tiemblan los cimientos del orden europeo y en los Estados Unidos reina el desconcierto electoral ante el ímpetu del candidato republicano Donald Trump? A la vista de estos descalabros, parecería que en la geografía de Occidente ha sonado la hora de los demagogos.

 

La reflexión acerca de la demagogia en tanto elemento corruptor de un régimen político es de larga data. Sus manifestaciones son diversas y, cuando es exitosa, la demagogia suele ser consecuencia, a lo largo de la historia, del resentimiento colectivo y de la torpeza e irresponsabilidad de los dirigentes.

 

En estos años, la difícil transición hacia un nuevo tipo de sociedad globalizada, donde se cruzan la mutación tecnológica y el impacto de guerras que acunan el terrorismo y el desplazamiento de masas de refugiados, está generando el resentimiento y la incertidumbre de grandes sectores sociales: obreros desplazados y desocupados, trabajadores con empleos precarios o aun aquellos que sobreviven aferrados a la nostalgia del pasado.

 

De a poco, al calor de estos descartes, el resentimiento está impulsando una fuga hacia los extremos.

 

Hoy, por donde se mire este fenómeno, los extremismos están brotando con fuerza al influjo del nacionalismo y la xenofobia. No importa la comunidad que identifiquen esos discursos de exclusión: el habitante expulsado de Medio Oriente, el mexicano que traspone la frontera de Estados Unidos, quienquiera sea, ya no es percibido como una persona a ser reconocida; lo ven, en cambio, como un potencial enemigo que amenaza la vida, el trabajo o la convivencia.

 

Estamos inmersos pues en un tiempo de resquemor y sospecha para algunos y de esperanza y progreso para quienes se incorporan a esta cultura globalizada en franca transformación. Tan fuertes son estos cimbronazos que han puesto en entredicho el proyecto democrático más atractivo de cuantos se emprendieron al término de la Segunda Guerra Mundial. La Unión Europea es, en este sentido, una obra maestra de la deliberación y el consenso, ahora aquejada por la fatiga proveniente de su larga duración y por una burocratización que aleja al ciudadano de la toma de decisiones.

 

Por haber residido en Bélgica me tocó presenciar, hace más de medio siglo, los años fundadores del proyecto de integración europea. Fue un período fecundo que afectó a la Argentina con la política agrícola común y tuvo la virtud de instalar el ideal de la paz perpetua en una comunidad de países en plena expansión. La Unión Europea creció siempre, antes y después de la caída del Muro de Berlín.

 

Este crecimiento coincidió con una decisión desacertada: la Unión Europea estableció una moneda propia (el Euro) antes de organizar un sistema fiscal común que distribuyese beneficios e impidiese endeudamientos descontrolados. No se pudo salir de esa trampa con la complicación adicional de que la moneda común no logró reunir a todo el espectro de países (entre ellos al Reino Unido).

 

Esta suma de complicaciones se agravó de cara a la crisis financiera de 2008 y al recurrente uso del referéndum electoral. Merced a ello, millones de electores son convocados para resolver temas de por sí complicados y engorrosos. Es un método de efectos ambiguos porque si, por un lado, alienta la participación democrática, por otro, simplifica las cosas y abre un escenario proclive a que los demagogos cosechen sus frutos y los gobernantes paguen un alto precio por su irresponsabilidad.

 

Es lo que ocurrió durante estas semanas en el Reino Unido debido al comportamiento del primer ministro David Cameron que convocó a un referéndum para decidir si rompían o permanecían en la Unión Europea.

 

Añádase a esta maniobra una nutrida legión de demagogos políticos y mediáticos que formaron una tormenta perfecta para poner patas arriba el sistema político junto con un estrepitoso desbande de liderazgos. Todos los líderes involucrados han renunciado y quienes impulsaron la mayoría en las urnas ahora callan o se desdicen ante el disloque que produjeron.

 

Lo que aconteció en Gran Bretaña y lo que, lamentablemente, podría reproducirse en otros países europeos, es una muestra cabal de la combinación en la historia entre tendencias generales y accidentes particulares. Las tendencias que se advierten en las economías y en las sociedades de Occidente son complejas y difíciles de orientar. Sin duda producen daños colaterales que se agravan si, sobre esa delicada circunstancia, la torpeza de los liderazgos fabrica accidentes gratuitos y echa leña al fuego.

 

Dada esta combinación, los efectos negativos pueden concluir en desastres. ¿Habrá algún camino para salir de esta encerrona? Es lo que ahora se espera de la antigua sabiduría británica en materia política, si algo les queda y recuerdan el consejo de Bryce (un inglés, este sí, inteligente): “el demagogo no busca lo que está bien sino lo que obtiene un provisorio y vulgar aplauso”.

 

Se podría argumentar que estos hechos poco importan a la Argentina. No es así: si el mundo anda mal, a la Argentina le irá mal. Y si nuestra política insiste en reflejar estilos que cultivan la irresponsabilidad y la demagogia, nos irá peor. La lección que podríamos extraer de estos despropósitos no atañe tanto a desnudar el mal que sufren los de afuera. Significa, más bien, aprender de los errores y rehacer con esta experiencia un sistema político maltrecho por años de incuria. Hoy nos hemos librado de la demagogia en el Gobierno. Nos falta empero recuperar más aliento todavía para desterrar la improvisación y la mentira. 

 

Natalio Botana

Visto 661 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:13

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