Domingo, 10 Julio 2016 12:37

Diálogos y soliloquios en el Bicentenario

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El mensaje del Papa por el Bicentenario de la independencia llegó unas horas antes del 9 de Julio: “Celebramos doscientos años de camino de una Patria que, en sus deseos y ansias de hermandad, se proyecta más allá de los límites del país: hacia la Patria Grande, la que soñaron San Martin y Bolívar. Por esa Patria Grande también rezamos hoy en nuestra celebración: que el Señor la cuide, la haga fuerte, más hermana y la defienda de todo tipo de colonizaciones”.

 

 

Mauricio Macri habló el 9 desde San Miguel de Tucumán: “Somos independientes y libres. Y depende de nosotros que marquemos el proyecto y el rumbo”. El Pontífice y el mandatario parecían estar hablando de lo mismo, cada cual con su estilo y sus conceptos.

 

El Papa y el Presidente

 

El Papa y Mauricio Macri han decidido devaluar a voceros reales o presuntos  y entenderse directamente. Dialogar.  Las fechas patrióticas parecen ejercer un influjo.

 

Ya en vísperas del 25 de mayo se había concretado aquel intercambio de mensajes que se  inició con una salutación del Pontífice que, si bien protocolar,  permitió a Macri una respuesta veloz en la que declaró  admiración y adhesión por  Francisco y su prédica. La correspondencia no terminó de disipar los recelos,  que la vicepresidente Gabriela Michetti definía como   “una distancia (del Papa)  en términos de comprender el proyecto político que estamos llevando adelante”.

 

Hasta entonces se notaban, más bien,  demasiada reserva y bastante  ruido efectivo entre Buenos Aires y Roma. Jaime Durán Barba,  consejero estrella de Macri, se había pronunciado a favor del aborto libre  mientras voceros oficiosos y miembros encumbrados de la coalición gobernante así como comunicadores que tienen o buscan su sombra protectora se encarnizaban con Francisco.

 

Ahora, en vísperas del 9 de julio, durante su asistencia al Congreso Eucarístico Nacional,  el Presidente ofreció una definición importante: declaró en Tucumán que él está a favor del “respeto a la vida desde la concepción”, un compromiso que puso distancia de las opiniones de su locuaz vocero y sin duda tributó a la claridad en la relación con Roma.

 

El Papa retribuyó a través de un periodista de La Nación. Le dijo a Joaquín Morales Solá (para que este lo publicara) que no tiene “ningún problema con el presidente Macri, que (…) me parece una persona bien nacida, una persona noble. No tengo ningún reproche personal que hacerle al presidente Macri”. La Casa Rosada recibió esas palabras como un bálsamo.

 

Aunque algunos asesores le advertían que no debía “ir al pie” del Papa,  el Presidente pasó por encima de esos consejos. No es tiempo para el aislamiento. Un diálogo más prometedor se había iniciado.

 

El diálogo de la gobernabilidad

 

Habrá que ver si, franqueado ese diálogo indispensable, se abre para el gobierno otra tranquera que ha mantenido cerrada con la misma consigna de “no ir al pie”.  Esa tranquera es la que impide hasta el momento la convocatoria al gran diálogo social y político en busca de sentar bases firmes y duraderas a la gobernabilidad a través de un acuerdo sobre políticas de Estado. La Iglesia, los empresarios, los sindicatos y la mayor parte de las fuerzas responsables de la oposición lo vienen requiriendo.

 

En el oficialismo se considera que  una convocatoria de esa naturaleza revelaría una situación de debilidad del gobierno,  elevaría  ingenuamente el precio de los sectores convocados y volvería a la Casa Rosada más vulnerable  ante sus eventuales socios, llamados a ser sus competidores a no largo plazo.

 

Lo cierto es que, a falta de una negociación amplia y de una vez,  el gobierno  se ve obligado a negociaciones permanentes (quizás más costosas)  y eso  complica la posibilidad de dar una respuesta consistente a los inversores que se preguntan  cuanta gobernabilidad  tiene el país y cuál es el plazo verosímil de sus compromisos.  Especialmente cuando, ya iniciado el segundo semestre, muchas de las buenas noticias vaticinadas tardan en confirmarse, mientras se observan relámpagos de  queja por el peso de los aumentos de los servicios básicos y, en general, por la inflación que golpea especialmente a los que menos tienen, “los que más sufren”, en palabras de  Francisco.

 

La dispersión K y la táctica electoral

 

El  kirchnerismo residual  ha venido a darle al gobierno la posibilidad de comprar algo de tiempo.  Tras los  ya célebres bolsos  de José López aquellas  malas noticias quedan a la sombra del tema de la corrupción, impulsado  al centro de la atención pública  y convertido en motor poderoso del activismo judicial.

 

La Sala segunda de la Cámara federal, por ejemplo,  exhortó al juez Sebastián Casanello  a “avanzar sin más demoras” en  la causa por lavado de dinero, más allá del ya procesado Lázaro Báez.  “Las sospechas involucran a Lázaro Báez y a las más altas autoridades del Poder Ejecutivo, del Ministerio de Planificación y de la Secretaría de Obras Públicas. Hay que avanzar sobre esa línea…”, dictaminaron los camaristas.   El futuro en Tribunales se muestra fatídico para la señora de Kirchner. Otro juez ha inhibido sus bienes.

 

La recepción preparada para ella en Buenos por los jóvenes camporistas que  capitanea su hijo no  parece   remedio para curar sus males. Tampoco sus respuestas airadas y atadas al ya devaluado “relato”.  Monólogos ante el espejo.

 

Aunque  sus propagandistas difundían que la Señora iniciaría desde Buenos Aires una gira de acción política, lo único que le impidió volver de inmediato a Santa Cruz fue el mal tiempo.

 

La disgregación  que muestra el mundo K afecta lateralmente al oficialismo, pues  desbarata lo que se insinuaba como su principal estrategia electoral  con vistas al 2017:   inflar al kirchnerismo para construir un adversario electoral endeble y piantavotos que, además, estimularía la división de la oferta electoral peronista   en  tres (o quizás cuatro) boletas.

 

Hoy el kirchnerismo parece condenado a una presencia solo testimonial mientras el peronismo (el no-K  y el ex K)  busca los caminos para configurar una unidad renovadora y competitiva,  evitando la confrontación salvaje  y sin eludir  el diálogo y los acuerdos con el gobierno.

 

Los gobernadores, los bloques legislativos  y la mayoría de los intendentes peronistas se mueven en esa órbita. El peronismo aún no define (y difícilmente lo haga antes de los comicios de 2017) un nuevo liderazgo, pero sí va indicando los caminos que no transitará. El cristinismo es uno de ellos, y quizás  arrastre  a su creciente  desplazamiento a  la dirigencia ambigua que titubea en tomar distancia.

 

La gobernabilidad requiere responsabilidades comunes, diálogo y convergencia. La atmósfera del Bicentenario quizás ayude a estimularla. 

 

Jorge Raventos 

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Twitter: @jorgeraventos 

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