Domingo, 18 Septiembre 2016 12:13

La parábola del vaso medio lleno o medio vacío

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Por unos días el gobierno pudo en la última semana refugiarse en una burbuja reconfortante. 

 

 

El Foro de Inversiones y Negocios que se congregó en el  restaurado edificio del viejo Correo Central (CCK, el Centro Cultural que todavía lleva el nombre de Kirchner) permitió en buena parte de su desarrollo abstraerse de los  desafíos del corto plazo y lanzar una mirada más larga, hacia las expectativas  y la estrategia.

 

Espinas del presente

 

En  el  laberinto de lo inmediato aparecen las audiencias públicas en curso por las tarifas del gas,  las amenazas de paro nacional que impulsan los gremios de izquierda y ya empiezan a encontrar eco en la CGT unificada, los reclamos por una supuesta invasión de productos importados  (que enarbolan, sobre todo, los  temerosos de la competencia). 

 

De las audiencias, más allá de chisporroteos polémicos, emergerá  un programa gradualista de actualización de la tarifa del gas: una autocrítica práctica del gobierno, estimulada  por la protesta social y un fallo de la Corte Suprema.

 

En cuanto a los nubarrones de un paro gremial, es posible que el pronóstico empiece a  confirmarse el próximo viernes, cuando se reúna el Comité Central Confederal de la CGT. En ese escenario es probable que prospere la iniciativa de una medida de fuerza. La conducción sindical no compra el optimismo  ni la estrategia del gobierno, que vaticina una caída fuerte de la inflación desde este mes y se opone, en consecuencia, a reabrir paritarias u acceder a aumentos extraordinarios antes de fin de año. “A partir de ahora, con la inflación en baja, cada mes el salario real estará recuperando un punto o más”, argumenta  el ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay.

 

Los gremios contabilizan la inflación del último año, que supera  el 41 por ciento y, cuando comparan con los últimos aumentos  pactados, encuentran que han perdido alrededor de 10 puntos. 

 

Eso, más la lenta  resolución del impuesto al salario y al resto de los puntos que  ya motivaron la gran movilización de fines de abril  constituyen  para el triunvirato de la calle Azopardo una motivación  suficiente para  hacer una prueba de fuerza en la segunda mitad de octubre. El consenso  se inclina por un paro sin movilización: una  exhibición moderada.

 

Hay  causas, tanto para inclinarse por la medida como para preferir  un tono calmo. Una: la presión que ejercen sobre  sus bases  las corrientes  gremiales de izquierda. Otra, la  presunción de que  el gobierno, más allá de gestos dialoguistas, se prepara  para tensar  la cuerda  con el sindicalismo.

 

Aunque la  CGT guardó un cauto silencio ante el  hecho, la detención y el procesamiento del  dirigente del Sindicato Obrero Marítimos Unidos – Omar “Caballo” Suárez-  fueron interpretados en clave  política por los jefes sindicales: ocurren cosas que antes no sucedían. Las organizaciones sindicales deben  mostrar su fuerza para defender posiciones y reivindicaciones, pero tienen que hacerlo con moderación, tomando en cuenta  el clima de opinión pública si quieren evitar el aislamiento  social.

 

Mirando al futuro

 

El cónclave porteño de empresarios y ejecutivos  locales y foráneos, de su lado,  vino a evidenciar que, si se la piensa más  allá de  estos meses,  Argentina  despierta esperanzas e ilusiones.

 

Que muy probablemente se traducirán en inversiones y, en  consecuencia, en oportunidades de trabajo y en un incremento de la competitividad.

 

Ante los  hombres de negocios, los voceros del gobierno dibujaron algunas ideas de esas que los ciudadanos quisieran ver armonizadas y expuestas en un  programa explícito de acción.

 

Por ejemplo: el presidente del  Banco Central  sostuvo que “una inflación del 1 por ciento no le sirve a la Argentina”.  La afirmación  sugiere que  el gobierno, que por el momento parecía conformarse con que  en marzo se confirme una inflación anual del 23 por ciento y que promete  17 por ciento para el próximo ejercicio presupuestario,  se propone un objetivo más exigente, comparable al  que se consumó durante la década del  ’90. No queda claro todavía a qué costo. Es decir: qué comportamiento supone esa meta para  asuntos de tanta importancia como  producción, consumo y  empleo, por caso.

 

Otra  definición: el jefe de gabinete (Marcos Peña) describió las inversiones que espera el gobierno. Deben ser  “de calidad” para que generen “salarios reales altos”.  Es un proyecto auspicioso. Se sabe que no hay  forma económica de lograr salarios reales altos  sin elevar la productividad por vía de la inversión sofisticada. Claro que ese tipo de  inversión  requiere una fuerza de trabajo  preparada, formada. Ahora bien,  las cuestiones que presenta hoy el  mercado de trabajo  empiezan, lamentablemente, en niveles bastante inferiores.  Cerca de un 50 por ciento de la población económicamente activa cuando trabaja lo hace  en  negro. Y generalmente en labores  de muy baja  productividad, porque carece de formación  para  tareas de mayor sofisticación.  A eso cabría agregar que  el sistema educativo argentino no contribuye demasiado a  una instrucción  adecuada para trabajos “de calidad”. Las pruebas de  evaluación muestran un cuadro en el que predominan alumnos de ínfimo adiestramiento en matemáticas, con graves dificultades para comprender textos simples (y horrenda ortografía).

 

Así, la estupenda meta descripta por Peña (un régimen de “salarios reales altos”) necesita  ampliación y detalle:  cómo hacer para  cerrar la grieta de formación  entre la  fuerza laboral  actual y la que requieren las inversiones de calidad; cuánto tiempo demandaría  ese proceso y qué hacer entretanto  para sacar de la indigencia o la pobreza e incorporar  a la producción  y al trabajo registrado  a los sectores más  vulnerables y más expuestos.

 

En el espacio no definido entre el presente y los espléndidos objetivos  está  la tarea de la política.  Se trata de  establecer un puente de tiempo para atravesar un hueco que se ve  dilatado, mientras desde un borde se trabaja en elevar la calidad productiva y la competitividad y desde el otro se tutela y  se impulsa hacia  niveles  cada vez más  calificados. Porque es cierto que el país –la sociedad argentina- debe adquirir cada vez más capacitación para participar con las reglas de juego de un mundo cada día más próximo y más integrado.

 

Las inversiones, la conexión con cadenas globales de valor representan  uno de los términos de la ecuación. Otro, más importante si se quiere, es la capacidad de  organización de la propia sociedad, la voluntad  y aptitud para abandonar viejas ideas y prácticas y  acordar con sensatez cómo tender  el puente entre  el presente y el futuro.

 

 Si se resuelve esto (acuerdo, gobernabilidad, esfuerzo de competitividad) las inversiones llegarán. Y, con el  protagonismo que determinen las circunstancias, los proyectos más ambiciosos serán una realidad. 

 

Por el momento, los que deben decidir sus inversiones avanzan con  pies de plomo: se ilusionan  con las posibilidades  que exhibe Argentina, registran el cambio de atmósfera  determinado por  el fin del estilo K. Pero para determinar si el vaso está medio lleno o medio vacío todavía  necesitan   más señales.  No sólo del gobierno.

 

Jorge Raventos 

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Twitter: @jorgeraventos

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