Viernes, 16 Septiembre 2016 12:28

Internas e internas

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Las internas desenvueltas, entre bambalinas o a plena luz del día, en el seno de una administración -cualquiera que ésta sea- no resultan novedosas.

 

 

El fenómeno registra antecedentes en todas partes del mundo, sin diferencias de épocas y de sistemas de gobierno. Un par de ejemplos -antes de meternos en los entresijos del machismo- servirán para despejar las dudas que eventualmente pudiesen existir al respecto.

 

En plena crisis de los misiles cubanos, nada menos, en el Executive Committee formado a instancias del presidente John Kennedy, las diferencias existentes entre las llamadas palomas -Dean Rusk, Robert McNamara y McGeorge Bundy, entre otros- y los denominados halcones -Paul Nitze, John McCone y Dean Acheson, sólo por nombrar a los más reputados- cruzaron en diagonal las discusiones de esas trascendentales dos semanas de octubre de 1962, en las cuales se orilló la guerra nuclear.

 

No muy distinta fue la situación en el gabinete de Ronald Reagan en el momento en que dieron comienzo las hostilidades en el Atlántico Sur, en el mes de abril de 1982. En la mediación que ensayó el gobierno norteamericano, el secretario de Defensa, Caspar Weinberger, se inclinó de manera desfogada a favor del Reino Unido, mientras Jeane Kirkpatrick, con menos espectacularidad, movió sus fichas en dirección de la Argentina.

 

Entre nosotros, bastaría recordar el internismo que corrió en paralelo con la gestión encabezada por Raúl Alfonsín, luego de su histórico triunfo electoral a expensas del entonces candidato peronista, Ítalo Luder. El presidente radical, ni bien asumió, nombró en el gabinete a los conmilitones de Renovación y Cambio con los cuales, apretadamente, había sobrellevado las inclemencias de ser la fracción opositora al oficialismo partidario, encarnada en Ricardo Balbín, durante décadas. Alfredo Concepción, Germán López, Bernardo Grinspun y demás funcionarios, nunca terminaron de llevarse bien con los jóvenes de la Coordinadora que, a la larga, ganaron la partida.

 

Ni hablar de las disputas, públicas y soterradas que, por espacio de años, jalonaron la vida política del menemismo. De un lado, los celestes, con los dos Eduardos -Menem y Bauza- a la cabeza, y del otro, los rojo punzó -con Alberto Kohan, Erman González y Julio Corzo como portaestandartes de esa bandería- no se cansaron nunca de hacerse zancadillas y de disputar entre sí todos los cargos públicos y espacios de poder que debían cubrirse.

 

La administración de Cambiemos no es la excepción que confirma la regla, ni mucho menos. Forma parte de la regla y nada hace prever que las internas estalladas en su vientre vayan a desaparecer o siquiera a atemperarse. En los nueve meses de gestión lo que ha quedado a la vista son pujas, en parte semejantes y en parte distintas, de las que en el pasado protagonizaron radicales, peronistas y también militares

 

No se necesita hacer un curso acelerado de macrismo para percibir qué tantas diferencias existen entre Alfonso Prat Gay y Federico Sturzenegger; Patricia Bullrich y Juan Gómez Centurión; entre este último y Alberto Abad; Emilio Monzó y Jorge Macri; y entre Jaime Durán Barba y Marcos Peña, respecto del ala política del gobierno. Ello sin contar el poco crédito que tienen delante de Macri aquellos que en su oportunidad, desobedeciéndolo, apostaron en la interna de la capital por Gabriela Michetti.

 

En realidad el oficialismo no se vendrá abajo, a semejanza de un castillo de naipes, por obra y gracia del fenómeno al que venimos haciendo referencia. Alfonsín terminó antes de tiempo su mandato por la renuncia a la que lo condujo la hiperinflación incontrolable. Su pecado, en todo caso, no fueron los roces de los históricos con los coordinadores. Casi podría decirse que no tuvieron demasiada importancia. Su fracaso hay que buscarlo en otro lado. En cuanto a Menem, el internismo nunca cesó -incluidos los años en los que Domingo Cavallo se convirtió en un superministro de Economía- pero en ningún momento lo puso al borde del precipicio.

 

La cuestión no pasa por la existencia o no de internas sino por la conducción del jefe del Estado. Aquéllas son cosas de todos los días y, en tanto y en cuanto no entorpezcan la marcha de la administración, carecen de relevancia. Ello en la medida –claro- que haya una instancia soberana, decisiva, que ponga un límite a los encontronazos si acaso estos amenazasen salirse de cauce. La mirada, pues, hay que ponerla más en Mauricio Macri y menos en sus colaboradores.

 

Hasta ahora las internas gubernamentales no habían pasado a mayores, lo cual no quita que no hubieran levantado alguna polvareda. La distancia hallable entre la ortodoxia monetaria del presidente del Banco Central y el neokeynesianismo -por llamarle de alguna manera- del titular de la cartera de Hacienda no es un tema menor en atención a las dificultades económicas por todos conocidas.

 

Para un país que necesita crear confianza fronteras afuera, y que desea atraer inversiones multimillonarias, no resulta la mejor presentación esa brecha existente entre los dos funcionarios mencionados antes. Pero, comparado con el pleito estallado en la Aduana desde el momento en que Gómez Centurión fue removido de su cargo por una denuncia anónima, resulta de poca monta.

 

Otro ejemplo: que la gobernadora de Buenos Aires y el intendente de Vicente López no lo quieran en la mesa de armado y conducción de la próxima campaña electoral bonaerense al presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, es cuestión que se halla dentro de la lógica de la política.

 

El tema de la Aduana es materia bien distinta. La polémica de Patricia Bullrich y el desplazado Gómez Centurión pone al descubierto una falla notoria de Macri que no ha sabido, no ha querido o no ha podido evitar que tamañas disidencias lleguen a la sociedad como si tal cosa. Básicamente porque asistimos, más que a una típica interna, a acusaciones cruzadas de un nivel escandaloso.

 

Más allá de las rencillas personales que registra el caso, cualquiera sabe el grado de corrupción que arrastra desde tiempo inmemorial la aduana criolla. Con la particularidad de que ha reaparecido en escena la efedrina, en torno de la que giró el entramado de las mafias del narcotráfico, de la política kirchnerista y de algunos de los más importantes laboratorios medicinales de la Argentina en los últimos años.

 

Las disidencias que han sido ventiladas en el área económica y en el manejo de la campaña electoral a punto de abrirse no revelan fallas estructurales en el manejo de la cosa pública. En cambio, la guerra de espías de la ex–SIDE, de la ministro de Seguridad y del renunciado titular de la Aduana, lo que trasparentan es algo que excede una cuestión de celos y egos. Se mezcla la corrupción más escandalosa y la presencia de mafias que, de momento, no acreditan la envergadura de las colombianas o mejicanas aunque buscan adueñarse, en nuestro país, de territorios y espacios que la ausencia estatal no está en condiciones de controlar.

 

El problema que enfrenta el presidente, en este caso, es tiple: por un lado, al frente de la ex–SIDE y de la Seguridad ha nombrado a dos improvisados en la materia; por el otro, los encargados de esas reparticiones están peleados entre sí. Por último, a los carteles y las organizaciones delictivas con anclajes sólidos en las aduanas del país, tamaño panorama de incompetencia y desidia no les pasa desapercibido. 

 

Vicente Massot

Visto 132 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:49

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