Miércoles, 15 Marzo 2017 00:00

El populismo no es un virus

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Mario Vargas Llosa acaba de publicar una nota titulada “El nuevo enemigo” en la que afirma que el comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal, sino que el nuevo enemigo es el  populismo, una suerte de epidemia viral que ataca por igual a países desarrollados y atrasados. Acierta en señalar que ingredientes centrales del populismo de derecha son el nacionalismo y su amigo inseparable, el racismo, que convierte a los inmigrantes de color y a los musulmanes en las víctimas propiciatorias. Pero hay que ser cuidadoso con el uso de algunas metáforas.

 

La dictadura militar argentina consideró que la “subversión comunista internacional” era un virus y actuó en consecuencia: había que exterminarlo. Carl Schmitt usó otra metáfora bélica: el espacio de lo político estaba inevitablemente signado por la dicotomía  amigo-enemigo y como acontece en las guerras, con el enemigo había que ser inclemente. Las metáforas cumplen una función no solo evocativa sino también constitutiva del lenguaje. No solo hablamos a través de las metáforas sino que además pensamos y conceptualizamos la realidad a través de las metáforas.

Si identificamos al populismo con un virus o con la simple demagogia corremos otro riesgo: el de reducir un fenómeno complejo a uno de sus ingredientes. Utilizamos, tal vez sin saberlo, una de las estratagemas recomendadas por Arthur Schopenhauer en “El arte de tener siempre razón”: lo subsumimos en una categoría aborrecible, aunque esté relacionado con ella por semejanza o de un modo lateral.  Por otra parte, siendo sinceros, debemos reconocer que es difícil encontrar en la actualidad un discurso político que no haya incorporado algunas gotas de demagogia.

Tal vez, para entender el populismo, sería más acertado acudir al uso de otra metáfora más afinada: percibirlo como el síntoma de una enfermedad. Es la fiebre que permite reconocer que el paciente está afectado por una dolencia que necesita ser atendida. Desde esta perspectiva, su presencia debe invitar al reconocimiento y a la exploración médica. No hay posibilidades de curar a un enfermo si no realizamos un diagnóstico correcto y ofrecemos la prescripción clínica adecuada.

La metáfora anterior guarda relación con lo que Ernesto Laclau denominó el “momento populista”. El populismo ha estado siempre asociado a fenómenos sociales disruptivos que son los que facilitan la aparición de líderes providenciales o de nuevos movimientos políticos. El sociólogo ítalo-argentino  Gino Germani –autor de “Política y sociedad en una época de transición” (1969)- cuando estudió al peronismo, describió los procesos de asincronía que se verificaron en todos los procesos de modernización de América Latina durante el siglo XX. En los países de desarrollo industrial tardío, como Argentina,  el proceso de democratización fundamental  fue más abrupto y las demandas de integración social más imperiosas que en los países desarrollados. Los partidos tradicionales, en democracias débiles, no supieron leer el momento y no ofrecieron canales de expresión a esas masas sociales en disponibilidad que fueron presa fácil de los discursos antiestablishment de nuevos líderes outsiders que levantaban la bandera de la justicia social.

Laclau, utilizando una fraseología gramsciana, menciona la “fractura en el bloque en el poder” o “crisis en el discurso ideológicamente hegemónico” para describir el mismo hecho, pero son definiciones ideológicas que no siempre son acertadas para reflejar fenómenos complejos. Desde otra perspectiva, Robert Tucker ha utilizado la expresión carisma situacional para señalar que la clave de la aparición de un líder carismático reside en la situación social que precede al fenómeno: el estado de aguda desdicha que predispone a las personas a seguir con entusiasmo al líder (o al partido) que les ofrece salvación. Cuando cunde un elevado malestar social es verosímil que aparezcan líderes que proclaman, de forma persuasiva, la posibilidad de dominar la situación y sean muchos los que respondan al llamado del mesías salvador, ya se trate de un líder o de un partido.

El malestar social que reina actualmente en la Unión Europea nos permite  entender –algo muy diferente a justificar-  la expansión de los populismos de derecha.  Este populismo, que es muy diferente al populismo de izquierda, retoma viejos mitos del etnonacionalismo. El temor paranoico al emigrante extranjero no es una novedad y estuvo en el ideario racista que dio lugar al fenómeno del nazismo. Hobsbawm observó que el fenómeno nacionalista históricamente registra dos tendencias: la primera apareció durante la era revolucionaria de finales del siglo XVIII y principios del XIX, portando características liberal-democráticas. La segunda surgió a finales del siglo XIX basada en indicadores etnolingüísticos y racistas reaccionarios. No obstante, conviene recordar que, en general, estos partidos populistas de derecha se mantienen fieles a la Constitución y no cuestionan la democracia.

El auge en Europa de formas populistas de política, en sus  diferentes variantes, aparece como fruto de la convergencia de varios fenómenos. La crisis económica, consecuencia de los excesos del capital financiero,  obligó a realizar ciertos ajustes macroeconómicos que se hicieron bajo el paraguas político de unos acuerdos  entre los partidos de centroderecha y centro izquierda que llevaron al desdibujamiento de la frontera tradicional entre la derecha y la izquierda. Al mismo tiempo, se asiste a un aumento notorio de las desigualdades como consecuencia de la globalización económica y las dificultades objetivas que tienen los Estados para regular a un capitalismo que se escapa por las costuras rotas de las fronteras nacionales.

De modo que al poner el acento en las políticas de bienestar social, en la necesidad de renovar la democracia y atender las necesidades de los excluidos, el populismo  puede entenderse también como una forma de expresión de sectores que han sido arrollados por el huracán de la globalización.  Para Margaret Canovan, una de las primeras teóricas del populismo -Populism (1981)- existe una brecha inevitable entre las promesas y el rendimiento de la democracia que es aprovechada por el populismo que sigue a la democracia como su  sombra. En la democracia es inevitable que una fase pragmática sea siempre seguida por una fase redentora. Considera que esa fase es necesaria para que la gente no se refugie en su vida privada y se mantengan las ilusiones colectivas.

Ahora bien, es cierto que el despliegue real de la última versión del populismo en el poder –Venezuela y Argentina son los casos más elocuentes- ha demostrado que el culto a la personalidad, el uso discrecional de los recursos del Estado y la indiferencia a las restricciones propias de la economía, puede llevar a un país al desastre. El riesgo mayor del populismo es que  la atribución de la representación del pueblo puede convertirse en la excusa perfecta para destruir las bases del pluralismo y la convivencia democrática. La ilusión de un pueblo unido que quiere refundar la democracia sobre nuevas bases puede incubar la idea totalitaria de una unidad sin fisuras.

A modo de resumen, se puede conferir al populismo una función terapéutica, de revulsivo social, pero hay que estar alerta y condenar sus devaneos autoritarios y su desprecio por los marcos institucionales. Si reconocemos sus causas, comprenderemos que la desvitalización del fenómeno llegará solo cuando la democracia aborde y resuelva los enormes desafíos que le ha planteado la globalización.   

Aleardo Fernando Laría

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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