Miércoles, 12 Abril 2017 00:00

El próximo #1A debe ser en octubre

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El gobierno del presidente Mauricio Macri necesitó de una demostración que rechazó hasta el cansancio para renovar su energía y mostrarse revigorizado frente al golpismo kirchnerista.

 

Dijimos aquí, antes del #1A, que ese respaldo era necesario para vencer al fascismo en su propio terreno y con su folclore predilecto: la calle.

Ahora el presidente reconoce ese hecho y habla de una “mayoría” que sale a respaldarlo a cambio de nada, o, mejor dicho, a cambio del cambio.

Durante más tiempo del conveniente el presidente y su gobierno fueron demasiado condescendientes con una oposición que no buscaba otro desenlace que su destitución.

Como si creyera que su tolerancia debía ser sobreactuada –como lo fue, por ejemplo en todo el manejo de contrataciones para los medios públicos de comunicación, básicamente Radio Nacional y Canal 7- el presidente y su equipo parecía creer que era realmente posible esperar algo de la gente que gobernó el país hasta el 10 de diciembre de 2015.

Para todos los que le señalábamos que eso era como pedirle peras al olmo, los popes de la administración no tuvieron más que palabras de desdén; las mismas que usaron cuando casi esa misma gente alentaba la demostración del sábado 1 de abril.

El día del paro, el gobierno se sintió respaldado para aplicar, por ejemplo, el protocolo antipiquetes, sin pedir disculpas por ello y sin aparecer como a la defensiva: se había operado un cambio profundo en el núcleo mismo del ánimo presidencial.

La sociedad rechaza el piquete, el corte, la prepotencia callejera como forma de protesta. Y digo “la sociedad” y debería corregirme: una parte de la sociedad lo rechaza; hay otra -muy minoritaria- que lo practica, y otra porción que no participa, pero que espera que del desorden salga algo positivo para ella.

Se trata de una cultura, no del piquete, sino de la fuerza. Ese es un estigma que una porción muy importante de la sociedad aun endosa. El país le ha ido demostrando en todos estos años que el que ejerce la fuerza algo obtiene. Y la gente no es zonza: aplica los mecanismos que se muestran eficientes a la hora de los reclamos.

Ese componente coercitivo es inherente al peronismo. El movimiento creado por el militar golpista de los años ’40 se vanaglorió de su ejercicio y pavoneó esos métodos delante de sus masas extasiadas. Y el bacilo penetró profundamente la cultura argentina. Desde que el peronismo existe “la calle” reemplazó la institucionalidad y la fuerza reemplazó a la ley.

Por supuesto que esos métodos son visceralmente rechazados por otra parte de la sociedad. De allí que el concepto de “grieta”, tan difundido en los últimos años, no es nuevo; al contrario tiene al menos siete décadas y se declaró antes que nada entre quienes defendían un país basado en la fuerza de la ley y los que pretendían uno apoyado en la fuerza bruta.

Esta idea debería remitir al gobierno de Macri a uno de sus objetivos de campaña, el de “unir a los argentinos”.

El gobierno pareció apostar, durante todo este tiempo, a lograr esa meta por la vía del olvido: no quiso enumerar la profundidad de la calamidad recibida, no utilizó todos los medios a su alcance para limpiar a la Justicia de “Justicia Legitima” y al ministerio Público de la presencia de Gils Carbó; no fue un actor central en la persecución judicial de la corrupción (que pareció encarnar más el periodismo, Eliza Carrió y Margarita Stolbizer que el ministro Germán Garavano) y no denunció oficialmente la movida golpista del kirchnerismo.

Este conjunto de tácticas -básicamente recomendadas por Jaime Durán Barba y Marcos Peña- han quedado seriamente cuestionadas después del #1A.

En efecto, parecería que la grieta debe ser superada por la derrota de quien la abrió por primera vez en la vida argentina: mientras ese actor no reciba un mazazo contundente que le demuestre que su aspiración a gobernar por la prepotencia de la fuerza no es posible, la grieta no se cerrará; los buenos modales no la cerrarán y la especulación de que si soy “bueno” con ellos, ellos lo serán conmigo, tampoco.

La maldad debe ser extirpada una vez que es identificada; no se puede negociar con ella. No hay camino intermedio entre el gobierno de la ley y el gobierno de la fuerza. Entre la ley y la fuerza no hay grieta, porque ese término debería ser reservado -a lo sumo- para serias divergencias de opinión, pero no para hacer una metáfora de “enfrentamiento” entre dos sistemas incompatibles: entre sistemas incompatibles no hay grieta, hay incompatibilidad. Y la incompatibilidad se resuelve cuando uno de los componentes triunfa sobre el otro, no con un híbrido que pretenda unir el agua con el aceite.

Estas dos culturas enfrentadas de la Argentina deben dirimirse porque de lo contrario nunca podrá hablarse, en general, de “una” sociedad argentina; siempre habrá que aclarar que hay una que responde a unos valores y otra que responde a otros; ninguno de ellos mezclables entre sí.

El piquete es la manifestación extrema de la violencia que representa la pretensión de gobernar por la fuerza. Pero el principio general de la cultura que lo anida es la fuerza, no el piquete en sí mismo. Esos extremos no desaparecerán mientras no desaparezca la matriz que le sirve de refugio. Y esa matriz que le sirve de refugio no desaparecerá mientras no reciba una señal contundente de que es una minoría sin capacidad para alcanzar el poder por sus métodos. La “grieta” debe resolverse aquí por la rendición incondicional de quien la provocó. Mientras esa anomalía no deponga -porque fue rotundamente vencida- su naturaleza violenta y su opción a hacerse del poder por la fuerza, el problema no desaparecerá.

El presidente ha señalado que estas últimas semanas han mostrado, quizás como nunca antes, la existencia de dos Argentinas, una que se propone encarar el futuro y otra que quiere regresar al pasado. En el futuro está la ley y la Constitución; en el pasado, la fuerza y la prepotencia.

Esas miserias deben recibir un revés inolvidable en las próximas elecciones; un grito conmovedor expresado en millones de votos que, como imaginarias palas mecánicas, rellenen la grieta entre la fuerza y la ley con toneladas inmedibles de ley. Ese será el fin de la grieta. Ese será el fin de la cultura violenta. Ese será el fin de lo que fue, hasta aquí, lo esencial del peronismo: la pretensión de llevarse puesto todo lo que no fuera peronismo, sin importar cómo. 

Carlos Mira

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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