Miércoles, 12 Abril 2017 00:00

Una vida sin mandamientos

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Hay quienes creen que sentirse libre es vivir sin que nadie se atreva a mandar en cuestiones que intentamos manejar como nos plazca, sin comprender que la falta de mando en una sociedad auténticamente republicana provoca un vacío que conduce inexorablemente al caos.

 

Ese sentimiento parece haber estado ausente entre los beligerantes gremialistas (¿docentes?) que trataron de instalar una carpa “itinerante” (¿) frente al Congreso sin permiso municipal y tuvieron que ser desalojados por las fuerzas del orden como corresponde.

“La función de mandar y obedecer es decisiva en toda sociedad”, dice Ortega y Gasset, “y como ande en ésta turbia la cuestión de quien manda y quién obedece, TODO LO DEMÁS MARCHARÁ IMPURA Y TORPEMENTE”.

Al ver el bochinche periodístico que ha rodeado este escenario, cuyo objetivo fue indudablemente provocar un desorden mayúsculo para que el gobierno se vea en apuros y “les tire un muerto” -como dicen algunos conspicuos trotskistas-, nos preguntamos si no nos estamos desbarrancando hacia un vandalismo sin  retorno.

El solo hecho que se ponga en duda en algunos cenáculos de “analistas” (¿) la potestad del gobierno para imponer la ley, indica que vamos por muy mal camino.

En efecto, ¿no estamos confundiendo el derecho (que a nadie puede negarse)  a vivir en libertad, con el ejercicio de una suerte de impunidad permanente en donde cualquier descontento popular busca “su lugar” en la calle, convirtiendo la normalidad jurídica EN UN ESTADO DE PERMANENTE IRREGULARIDAD?

No hay chance alguna de que una sociedad mejore su calidad de vida democrática creyendo que ésta debe asentarse sobre este desenfreno, porque  el Estado mismo queda reducido de tal manera a la impotencia para llevar a la práctica sus fines y de realizar su derecho, QUE ES EN ESENCIA UN DEBER  QUE LE ASISTE PARA LA PROTECCIÓN DE LA COMUNIDAD, ya que el mantenimiento de la ley y el orden debe consistir en una lucha continuada contra cualquier desvío que intente perturbarlo.

Además de ello, ¿qué dignidad popular puede florecer en medio de revueltas donde los manifestantes se comportan como puercos, dejando luego de su ocupación vociferante del espacio público una verdadera mugre, consistente en envases plásticos, papeles y restos de estructuras truncas, como “herencia” de petitorios envilecidos por su exteriorización salvaje?

¿No es esto un signo más de una aguda decadencia cultural?

¿No ha sido suficiente tener a la vista el estado deplorable en que han terminado viviendo los ciudadanos en los países campeones de estas reivindicaciones “sui generis” como Cuba y Venezuela?

¿Quién puede defender con fundamentos creíbles peticiones que se expresan  en forma desaforada con el lema: “aquí nadie se rinde” (sic)?

Si nadie se rinde, ¿esto significa que los reclamos solo se ejercen mediante el desorden y la destrucción del mobiliario urbano por medio de la violencia?

Aún en medio de su mala fe, los que les “dan letra” a los revoltosos deberían pensar en las sencillas palabras de Descartes, cuando nos recuerda respecto de estas cuestiones: “los que sostienen opiniones contrarias a las nuestras no son necesariamente bárbaros; muchos saben usar la razón tan bien como nosotros,  e incluso mejor”.

El gobierno impidió la reivindicación de un escenario que atentaba una vez más contra el dilema existente entre alguien que manda y quienes le obedecen, según el acuerdo de convivencia celebrado pacíficamente por medio de periódicas elecciones libres. El que haya debido imponer una cierta rigidez en su accionar fue consecuencia de la intemperancia de los revoltosos, como se vio claramente al momento de comenzar la gresca.

Ningún gobierno en ejercicio de sus legítimas funciones, debe aceptar el atropello de quien pretenda elevarse por encima de la ley, conteniendo con firmeza cualquier revuelta cuyo objetivo sea quebrantarla.

Es bien claro que nos está urgiendo un profundo cambio cultural, cual es sostener nuestro espíritu de convivencia inspirados en estos principios, aceptando TODOS que la vida republicana no se perfecciona arrasando cualquier atisbo de civilización mediante un acto de barbarie.

Porque finalmente, como sostenía Rudolph von Ihering “en una comunidad donde domina el sentimiento de legalidad, todos saben que la causa del derecho

ES CAUSA PROPIA”.

Y eso es muy bueno.

Este mensaje vale tanto para la oposición como para algunos miembros del actual gobierno que muchas veces no se han decidido a hacer con prontitud lo que corresponde, convalidando el voto que se les otorgó para que la sociedad no quede inmersa en una reedición posmoderna del gattopardismo italiano: “que todo cambie para que nada cambie”.

Carlos Berro Madero

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