Jueves, 11 Mayo 2017 00:00

Las tribulaciones de Cristina

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Los políticos, cualquiera que sea su formación ideológica y el partido al cual pertenezcan, suelen plantarse frente a la gente -o, si se prefiere, delante de la opinión pública- adoptando comportamientos comunes.

 

Por de pronto discurren y polemizan en público, aunque rara vez sus discursos se corresponden de manera acabada con sus actos. Actores consumados, saben que sería imposible decir toda la verdad, so pena de perecer en el intento. Entonces, por razones atendibles, enmascaran la realidad para mejor cumplir con sus planes. A veces, cuando los acosan determinadas dudas y a los efectos de no parecer inseguros ante el electorado, nos hacen creer que esas dudas no existen. Otras veces, en cambio, se muestran tal cual son y no ocultan sus vacilaciones.

Si se analiza con algún detenimiento la campaña electoral bonaerense es fácil darse cuenta de que Cristina Fernández, Florencio Randazzo y Sergio Massa -para nombrar a los de mayor enjundia- no tienen todavía en claro qué papel representaran en los próximos comicios. Ninguno abre la boca por dos motivos diferentes: de un lado no terminan de decidir aún si les conviene disputar, en el principal distrito del país, una banca de senador o de diputado nacional; del otro, consideran que nada los apura y, por lo tanto, actuar antes de tiempo podría perjudicarlos más adelante.

En realidad, lo que primero salta a la vista es un dato complicado: hay tantas razones para animarse y ser de la partida en octubre como para acomodarse en el balcón de los espectadores y preservarse con vistas a 2019. Según el ángulo desde el cual se analice la cuestión o el cristal con que se la mire, podría justificarse la presencia o ausencia de la ex–presidente, del ex–ministro del Interior y del ex–jefe de gabinete -todos ellos brotes del viejo tronco peronista- en las listas de sus respectivas agrupaciones.

Hoy las miradas se concentran en lo que tenga a bien decir y hacer la viuda de Kirchner. Sobre el particular, nada ha cambiado en sus hábitos. Como en tantas ocasiones anteriores, difícilmente se pronuncie cuando faltan todavía cincuenta días para formalizar las candidaturas. De la misma manera que su marido mantuvo el suspenso respecto de si sería “pingüino o pingüina” su sucesor en Balcarce 50, ella un día “se excluye” -sus palabras crípticas, es cierto, a punto de subirse al avión que la llevaría a Grecia- y al otro día en Atenas explica lo contrario.

Si se tienen en cuenta los fueros que -en caso de llegar al Congreso-automáticamente la preservarían de cualquier intento de ponerla presa, y la tropa que en la cámara baja se encolumnaría detrás de su voz de mando, pocas dudas caben de que, al final de junio, anunciará su candidatura. En cambio, si se hace lugar a su visión estratégica -por llamarle así- hay motivos para considerar que se reservaría a los efectos de reaparecer en el momento en que el macrismo no sea capaz de sobrellevar con éxito la crisis que -inevitablemente, según ella- tendrá que enfrentar en algún momento después de abiertas las urnas.

Hay que atender y entender este aspecto del razonamiento cristinista: está convencida de que se avecina una catástrofe —o poco menos— y que el gobierno colapsará. Si parte de esa premisa, sentarse en la cámara de diputados con el propósito de gozar de inmunidad y de mantener prietas las filas de los diputados del FPV no sería tan importante.

Cristina es -de lejos- la que tiene hoy, dentro del amplio espectro peronista, mayor intención de voto. Si bien a las encuestas hay que tomarlas con pinzas, en el Gran Buenos Aires y, sobre todo, en la tercera sección electoral, cosecha adhesiones de singular peso. Ni por asomo su único contrincante en las PASO, Florencio Randazzo, se acerca siquiera a esos topes que, si la señora diese un paso al costado, serían incapaces de retener Daniel Scioli o Verónica Magario.

Al margen de ser consciente de sus fortalezas, Cristina Fernández también conoce sus limitaciones que -demás está decirlo- nunca reconocerá en público. Genera desconfianzas y odios que el kirchnerismo ayudó a potenciar y están más vigentes que nunca. En voz baja son legión los intendentes, caciques, punteros, diputados, senadores y gobernadores del PJ que consideran su candidatura una suerte de salvavidas de plomo.

Por paradójico que resulte, su candidatura le conviene más al oficialismo que al justicialismo. ¿Por qué? -En atención a que la estrategia de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires es la de polarizar, no hay mejor adversario que la ex–presidente. Sería difícil o imposible hacerlo si en la vereda opuesta se recortasen las figuras de Randazzo y de Massa. La tarea resultaría simplísima si en el horizonte apareciese Cristina Fernández. Sostener la idea de nosotros o Venezuela frente a esta última, es algo que no luce postizo. En cambio, sostenerlo delante de Randazzo y de Massa rozaría el ridículo.

Un triunfo opositor en el territorio bonaerense representaría para Macri un revés de proporciones, aunque no sería lo mismo ser derrotado por la viuda de Kirchner o por cualquiera de las otras dos figuras mencionadas. Si ganasen Randazzo o Massa al día siguiente el peronismo habría dado el primer paso para recobrar un jefe nacional y la unidad perdida. Si ganase Cristina el peronismo volaría en pedazos, se acentuaría la diáspora y se prolongaría la anarquía partidaria. La señora puede ser la jefa de una gran minoría en las filas peronistas. Nunca más la conductora del Movimiento.

En el supuesto de que la conductora indiscutible del FPV decidiese marchar a internas contra Florencio Randazzo, se impondría cómodamente. Lo sabe ella y todo el peronismo ortodoxo que, a falta de una figura capaz de enfrentarla en las PASO, ruega en silencio que la señora no se presente. Las negociaciones cruzadas entre kirchneristas y antikirchneristas arrastran el anhelo de recomponer la unidad y encarar juntos, y no peleados como perro y gato, los comicios venideros. Todos dialogan con todos, sólo que a partir de una relación de fuerzas asimétrica.

Como se trata de una elección legislativa, llevan las de ganar quienes -escuálidos en el resto de la geografía nacional- tienen el as de espadas en el distrito excluyente: Buenos Aires. Cristina Fernández mide mal en el resto del país y en una doble vuelta presidencial perdería 70 a 30. Pero este cálculo cuenta poco. En la provincia más poblada y en sus zonas más carenciadas recoge apoyos que le permiten mirar por arriba del hombro al resto de los mortales justicialistas.

El PJ se halla a la espera de la decisión de una mujer inestable, caprichosa y facciosa por naturaleza, pero todavía enormemente poderosa a la hora de dirimir supremacías en el seno de un Movimiento al que -otra paradoja para anotar- ella desprecia. 

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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