Miércoles, 24 Mayo 2017 00:00

El infierno de los vivos en la vida de Cristina

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Cristina Kirchner sigue acercándose al fuego del infierno político sin advertirlo. Parecería que ha perdido la noción de tiempo y espacio, y sigue atronando el aire con los efluvios de su mente afiebrada.

 

Dice Marco Polo en su obra Las Ciudades Invisibles: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, EL QUE YA EXISTE AQUÍ, el infierno que habitamos todos los días y que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo.

La primera es fácil para muchos: aceptarlo y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y en qué en medio del infierno no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

Eso es lo que le ocurre a CFK, mientras sufre la voz de sus presiones maníacas interiores que le impiden rechazar la forma de alejarse de él sin ruido ni aspavientos.

En su disertación de ¡dos horas! ante el Parlamento Europeo, desplegó nuevamente una batería completa de disparates, señalando entre otros que el principal déficit de nuestra sociedad, es que no está –según ella-, capacitada para discernir qué está “detrás de las noticias”, sin que nadie pudiera interrumpirla y preguntarle si esto no será la consecuencia de la astucia de políticos corruptos como ella, que se especializan siempre en edificar falsedades

“bien pagas” en la oscuridad.

Son ellos, –y no “la prensa”, como acusa en forma monocorde desde hace veinte años la ex Presidente-, quienes tienen mil maneras de enviar mensajes  engañosos a la sociedad, con un contenido críptico que ni un experto en escrituras paleozoicas podría descifrar.

Según sostuvo en estos últimos días no habrá democracia auténtica “en la medida en que sea igual decir la verdad que mentir”, con lo cual parece estar excluyéndose de cualquier actividad política, ya que es ella misma quien hizo de la falsedad un emblema de vida, con lo cual reverdeció la validez del famoso refrán que dice: “la paja en el ojo ajeno y una viga en el propio”.

Su miedo a caer finalmente presa por los cientos de documentos probatorios de sus actos de corrupción y fraudes al Estado -francamente sorprendentes y de  una variedad nunca vista antes-, le han insuflado una verborragia que parecería apuntar al campeonato mundial del estremecimiento.

Eric Hoffer dice metafóricamente de quienes actúan como ella que “la matemática más difícil de dominar es la que nos lleva a tener que enumerar nuestras propias miserias”.

Cristina no parece comprender que la vida, como en el ajedrez, no termina después de sufrir un jaque mate. Continúa. Y debería comenzar a prepararse  para ese momento. Ya ha sido vencida en el tablero. Ahora hay que ver cómo maneja su futuro, mientras trata de agradar desesperadamente a quienes la usan en su propio beneficio, pagando el precio de sufrir sus interminables “homilías laicas”.

Pero claro, “sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo específico del intelectual”, dice Ortega y Gasset. Y ella está bien lejos de serlo. Su único atributo parece consistir en sus ojos de pasmo y el ceño fruncido.

Este modesto viaje a Europa ha puesto en evidencia que lo mejor que le puede pasar al peronismo es que se ubique lo más lejos posible de cualquier armado político que cuente con su presencia, porque difícilmente podrían encontrar un líder más negativo que esta señora arrogante, que está llevando a su partido a  un cisma de carácter irremediable (a pesar de su falsa y sibilina apelación a la unidad).

Es, en realidad, una mujer primitiva, que sigue hablando sobre su desiderátum para una sociedad que ya no existe, mientras lucha con todas sus energías para seguir juntando ladrillos, cemento y arena para ver si logra construir –donde encuentre un lugar-, el monumento que no le fue elevado cuando disfrutó del poder casi absoluto.

La Argentina debería extirpar el cáncer de las antinomias violentas (hoy llamadas vaya a saber por qué “grietas”), y a todos aquellos políticos carentes de perspectiva. Cristina Fernández puja cada día un poco más para anotarse en  este lote de competidores.

“Por eso”, dice Ortega, “si quiere usted ver bien su época, mírela usted desde lejos. ¿A qué distancia? Muy sencillo: a la distancia justa que le impida ver la  nariz de Cleopatra” (en nuestro caso la de Cristina Fernández).

Hoy, la ex Presidente, totalmente abandonada a sus propias inclinaciones “aristocráticas”, resulta una caricatura de todo lo que predica como verdad absoluta, refugiando su incontenible deseo de recibir nuevos vítores de una  masa que la abandona día a día, a pesar de lo que divulgan algunas encuestas intencionadas.

Toda vida vulgar se recluye sobre sí misma y se condena a padecer una fuerza interior que no domina y le impide salir de sí misma. Se convierte así en un auténtico “reactivo” en perpetua tensión. “La indocilidad política”, sostiene Ortega, “no sería grave si no proviniese de una más honda y decisiva indocilidad intelectual y moral.”

Ese es el dilema que deberá afrontar el peronismo para “licuar” la influencia de quien no puede aportarle más que sinsabores y sobresaltos en el futuro próximo.

Algunos de los llamados “peronistas buenos” (dudamos de la validez de este concepto), parecen haberlo entendido. Otros, entregados ciegamente a los rituales promovidos por masas reaccionarias y violentas, siguen soñando con un pasado que no volverá; al menos en los términos que desean.

Carlos Berro Madero 
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