Viernes, 26 Mayo 2017 00:00

A treinta días vista

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Conforme transcurre el tiempo y se acercan, no tanto las elecciones como las fechas para definir las candidaturas de quienes competirán en las PASO del mes de agosto y luego en los comicios de octubre, uno de los tres contendientes parece no tener apuro ninguno en definirlas, mientras que en los dos partidos restantes todos son conciliábulos, disputas, intrigas y negociaciones.

 

En tanto en el oficialismo se toman la cuestión con la tranquilidad de saber que las boletas importan poco en razón de que será María Eugenia Vidal la encargada de obrar como director de orquesta de la campaña, en el Frente Renovador y en el peronismo sucede lo contrario.

En el fondo, el que resulte Esteban Bullrich, Facundo Manes o Gladys González el elegido a los efectos de encabezar la lista de senadores de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires, es una cuestión irrelevante. Otro tanto sucede con la de diputados. Los tres -sin por eso afilar a su respecto una crítica o desmerecerlos en lo más mínimo- son poco conocidos o, lisa y llanamente, unos ilustres desconocidos para la mayoría del electorado. Pero lo suyo será decorativo. Acompañarán, como actores de reparto, a la gobernadora de ese Estado, responsable -por voluntad propia y por atendibles razones electorales- de defender los colores de la bandería.

Con María Eugenia Vidal en la calle, qué necesidad hay de pelearse por las candidaturas. Ninguna. El gobierno tiene la suerte de que aquélla es, de todas las personalidades políticas del país, la que acredita mejor imagen y tiene la mayor intención de voto. Si no fuese así, ciertamente se hallaría en un serio problema para disputar supremacías, con posibilidades de éxito, el próximo 22 de octubre.

El plan posee riesgos, como no podría ser de otra manera. El supuesto implícito de la estrategia oficialista es considerar que la intención de voto de la Vidal en las encuestas, en el cuarto oscuro se convertirá en un sufragio cantante y sonante a favor de sus candidatos. Hay, en nuestra historia reciente, casos que avalan el razonamiento del estado mayor del Pro. Carlos Menem, por ejemplo, no figuraba en la boleta peronista cuando Erman González le ganó a Martha Mercader la senaduría de la Capital Federal, en 1993.

La pregunta del millón -que nadie, a esta altura, está en condiciones de responder- es si el mencionado trasvasamiento de sufragios se producirá en la medida de las expectativas. Que la jefa del Estado bonaerense hará las veces de locomotora, que se destacará y que cosechará muchos más apoyos que cualquiera de las figuras del Pro mencionadas, es cosa fuera de disputa. Pero este es solo uno de los interrogantes. No habría dudas en punto al resultado de las urnas si la situación económica fuese distinta. De modo tal que, en consonancia con la inexistencia de los llamados brotes verdes, se plantea la segunda de las incógnitas: cuántos votos perderá el oficialismo si los bolsillos de las grandes mayorías del Gran Buenos Aires siguen flacos.

Del otro lado de la colina velan las armas -es una forma, obviamente figurada, de expresarlo- el jefe del Frente Renovador y el variopinto mosaico justicialista, ahora sí con las urgencias propias de un calendario que marca los días, sin prisa y sin pausa. Sergio Massa no ha sido capaz -al menos por el momento- de dotar de contenido al lema de su campaña. Eso de la amplia avenida del centro fue un slogan que le dio excelente rédito en los comicios del año 2013, cuando a raíz de su victoria en la provincia de Buenos Aires sepultó para siempre el sueño reeleccionista de Cristina Fernández. Plantarse con base en el peronismo disidente y en la legión de independientes en contra del kirchnerismo, sin por ello identificarse con el Pro, probó entonces ser una táctica efectiva.

Cuatro años más tarde el panorama ha cambiado en forma radical. La promesa de evitar los extremos y recorrer el centro político suena bien a condición de salvar un par de obstáculos no menores: por un lado, evitar la polarización -algo que no depende enteramente de él, sino de cómo termine de decantar la interna del justicialismo- y, por el otro, darle substancia al centro del cual se ha apropiado sólo en los papeles.

Si se compara con su exposición mediática de hace un año, Massa prácticamente ha desaparecido de las tapas de los diarios y de los principales programas de televisión. No en virtud de que lo den por desahuciado o cosa por el estilo. La decisión de hacerse a un costado ha sido suya y obedece, en buena medida, al hecho de que no acaba de definir su propuesta. Casi podría decirse que no sabe bien dónde pararse para ponerle la cara a una responsabilidad que no le es dable eludir. En una palabra: debe encabezar la boleta de senadores nacionales bonaerenses y, al propio tiempo, no pisa terreno firme.

Si Cristina Fernández decidiese confrontar, lo haría con María Eugenia Vidal; y viceversa. En ese escenario, la polarización le dejaría poco si acaso algún espacio al tercero en discordia, que sería el Frente Renovador. Si, en cambio, la viuda de Kirchner prefiriese abstenerse, las chances de Massa crecerían, en la medida que la estrategia polarizadora no resultaría tan sencilla de imponer si el oficialismo tuviese como contendientes a él y a Randazzo.

En cuanto al peronismo, persiste la incertidumbre de la presencia en las PASO de la ex–presidente y de Florencio Randazzo. Pero en el curso de la semana, hubo dos novedades de bulto: Daniel Scioli -que pretendía ser el elegido de Cristina Fernández en el supuesto de que ella no fuera de la partida- ha quedado descartado. El escándalo del que fue protagonista redujo su musculatura electoral de manera sensible. Ello, unido a su proverbial servilismo, lo ha dejado fuera de carrera.

La segunda nueva tiene que ver con la recomposición de los dos grupos de intendentes justicialistas bonaerenses -denominados Fénix y Esmeralda-, que hasta el momento habían decidido esperar y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos en la interna provincial. Ninguno se alineó abiertamente ni con la Fernández ni con Randazzo, dando a entender que, en definitiva, apoyarían al candidato que considerasen con mejores posibilidades. Por muchas que sean las dudas que a la casi totalidad de ellos les genera la ex–presidente, si al momento de definirse la Señora siguiese midiendo en las encuestas veinte puntos o más respecto de Randazzo, su decisión está cantada. No tienen vocación suicida y pocos, además, se animarían a contradecirla en esa instancia.

Todos desean la unidad del peronismo y -sin excepción a la regla- consideran que es su derecho confeccionar sin tutores las listas de ediles correspondientes a sus municipios. La primera aspiración está lejos; la segunda, asegurada. Con el Poder Ejecutivo nacional y la gobernación de la provincia en manos del macrismo, el tratar de meter mano en esas listas por parte de Cristina Fernández o de Florencio Randazzo sería inútilmente provocativo.

El problema principal del peronismo no pasa por las intendencias sino por el significado de la unidad. En teoría, comulgan el kirchnerismo y los seguidores de Randazzo. En la práctica, eso de que “primero la Patria, luego el movimiento y finalmente los hombres”, es un slogan que no engaña a nadie. 

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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