Jueves, 15 Junio 2017 00:00

¿Ajuste post–electoral?

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Hay un tema que hasta la semana pasada no era secreto, ni mucho menos, pero sólo resultaba materia de comentario, especulación y análisis en los círculos politizados del país.

 

Le interesaba y sigue interesando más a los seguidores y a algunos funcionarios del gobierno que a los que se reclutan en las diferentes banderías opositoras que pueblan el país. Se relaciona con la posibilidad de que la administración que preside Mauricio Macri encare, con posterioridad a las elecciones de octubre, un ajuste que viene postergando desde que asumió el poder.

La cuestión cambió de color hace siete días, poco más o menos, en consonancia con unas declaraciones del ex–titular del Banco Nación, Carlos Melconian. El economista, quien durante su paso por aquella institución crediticia nunca dejó de poner distancias del modelo gradualista implementado por la coalición gobernante desde diciembre del año 2015, ahora -en el llano- puso el dedo en la llaga. No rompió lanzas con su ex–jefe ni se pasó al bando de los que desean que las cosas se le compliquen al oficialismo. En absoluto. Melconian sigue siendo un hombre del Pro y nada está más lejos de su propósito que ponerle palos en la rueda al carro gubernamental. Sólo ocurre que no se calla y su parecer -dicho sea de paso- no es muy distinto del que repiten, desde hace tiempo, otros economistas respetables de la City.

Conviene, al respecto, no circunscribir esta preocupación a cenáculos de tipo académico o analistas de mercado, sin ninguna experiencia política. No faltan voces dentro del propio macrismo que, en mayor o menor medida, suscriben -ellos, sí, en secreto, cuidándose de no aparecer desentonando con el discurso oficial- eso de que el modelo elegido -si es que puede llamársele así- en caso de no ser modificado, lleva rumbo de colisión. Las señales son claras y no admiten cuestionamientos en lo que hace a su existencia. El crecimiento casi exponencial del gasto público que obliga a endeudarse en los mercados internacionales a un ritmo de U$ 40000 MM anuales, el consiguiente atraso del tipo de cambio, la fenomenal presión tributaria, y el hecho de que la Argentina -a tono con la mencionada desventaja cambiaria- resulte una de las economías más cerradas del mundo, no son inventos ni cosa que se le parezca. Podrán estos datos suscitar lecturas distintas respecto de su calado o de las consecuencias futuras. Nunca, sin faltar a la verdad, cabría negarlos.

Los que miran el comportamiento de la economía desde fuera del ámbito oficial y están dispuestos a votar nuevamente a los candidatos del Cambiemos, se dividen en dos grupos: aquellos que aseguran que, si el gobierno sale airoso de los comicios legislativos, hará el ajuste que hace falta; y quienes, algo más escépticos, no están tan seguros de que el tomar las medidas -de suyo críticas- que requeriría un ajuste como el imaginado, sea un camino que se halle dispuesto a recorrer Macri. En los primeros, las expresiones de deseo son inocultables; en los segundos, en cambio, prima cierto descreimiento que no los conduce -bueno es aclararlo- a darle la espalda al Pro.

Es posible plantear una variante adicional en torno del mismo asunto. Si bien es polémica, no abriga el cometido de hacer terrorismo intelectual o de épater le bourgeois. Es tan sólo una opinión que -eso sí- desentona con las que se escuchan a diario. No por ello es mejor ni más sesuda.

Yendo al punto: creemos que la única posibilidad de que haya un ajuste en serio no depende, por extraño que parezca, de un triunfo de Cambiemos en octubre. Si los candidatos oficialistas consiguiesen imponerse en la provincia de Buenos Aires, las chances de que Macri, Durán Barba, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta estuvieran dispuestos a ser impopulares tienden a ser cero.

Lo más probable es que razonen así: si hasta aquí nos fue bien, ¿por qué cambiar? ¿Qué puede hacernos creer que una administración que no se animó a hacer un ajuste mayor pretextando -entre otras razones- que tenía por delante las elecciones de medio término, si ganase dentro de cuatro meses se decidiría a dar ese paso teniendo que dirimir supremacías -esta vez presidenciales- en 2019? La idea de que el ajuste es inevitable no es un disparate. Lleva razón, sólo que nadie está en condiciones de saber hasta cuánto puede aguantar el modelo puesto en práctica. Al fin y al cabo, un coro de economistas había pronosticado la catástrofe del experimento kirchnerista desde, por lo menos, principios del 2012, pero ella no le explotó al gobierno anterior.

De no ser corregido, el plan macrista depende básicamente de la voluntad de los mercados internacionales de prestarle plata a la Argentina en las cantidades antes mencionadas. En la medida en que el país genere confianza no hay motivo para suponer que el chorro de préstamos vaya a cesar. Por ahora el mecanismo funciona, como funcionó en otras oportunidades. Con la particularidad de que, cuando los mercados internacionales dudan de la viabilidad del plan, estalla una crisis asociada al tipo de cambio. En ese caso -ante la imposibilidad de financiarse afuera y la imposibilidad de emitir, porque ello expondría al gobierno a una hiperinflación- lo que sucede es que el dólar, hasta ese entonces subvaluado, se dispara.

Aún si quisiera hacer el ajuste, el macrismo toparía con obstáculos insalvables. Por de pronto, aunque saliese airoso del trance electoral seguiría siendo minoría en el Congreso Nacional y no parece creíble que fuese a conseguir el visto bueno de los sectores opositores. Ni el peronismo ni los massistas querrían suicidarse sin necesidad. Con todo, la dificultad mayor -para esta o cualquier otra administración- no reside en su fuerza parlamentaria o electoral, sino en el carácter inelástico del gasto público. Si más de la mitad del gasto corriente se lo llevan los sueldos de la administración pública y las pensiones y jubilaciones -que no se pueden disminuir-¿de qué rubro cortar? ¿de la obra pública?

Más allá de algunos afeites y retoques que en caso de ganar seguramente hará en términos del gasto público, el oficialismo apuesta a seguir endeudándose con la intención de llegar a 2019 montado sobre semejante esquema. Al fin y al cabo, apenas dos años separan a octubre de este año de los comicios presidenciales del 2019. No es una eternidad y no es éste el primer gobierno que ha decidido jugar en tal sentido.

La única e imperfecta forma de ajustar entre nosotros -esta es nuestra tesis- es que aquello que los gobiernos no pueden, no quieren o no saben hacer, lo termina obrando el mercado. En la historia argentina contemporánea nadie -ni peronistas, ni radicales, ni liberales, ni militares- fue capaz de reformular el tema del gasto público o, lo que es indistinto, repensar el Estado. Con lo cual, los ajustes históricos siempre fueron semejantes y consistieron –básicamente- en devaluaciones más o menos violentas, la mayoría de las veces impulsados por el mercado y no por el Estado.

Para decirlo con algo de brutalidad: si el gobierno gana, no ajusta; si pierde, más temprano que tarde tendremos una devaluación en puerta. No se trata aquí de ser aguafiestas o derrotistas. Simplemente examinamos la realidad.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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