Viernes, 23 Junio 2017 00:00

El peronismo y un hombre de suerte

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En el curso de una historia que lleva ya más de setenta años, el peronismo ha conocido en carne propia, y sobrellevado con singular éxito, no pocas crisis. Desde septiembre de l955, cuando la Revolución Libertadora puso fin al gobierno encabezado por su líder, le fueron extendidas a ese movimiento un sinnúmero de actas de defunción.

 

Pero, una y otra vez, fue capaz de renacer de sus cenizas. Lo hizo con Perón exiliado y proscripto. Repitió cuanto podría considerarse una suerte de hazaña política luego del proceso militar iniciado, a sus expensas, en marzo de 1976. No desapareció tras ser derrotado en las urnas por Raúl Alfonsín y renació con bríos junto a Carlos Menem. Por fin, tras la experiencia kirchnerista, que sólo en parte puede ser considerada como propia, se halla sin unidad y sin jefe, en una de las peores situaciones que ha debido enfrentar desde octubre de 1945.

Suponer que vaya a desaparecer es una expresión de deseos de sus opugnadores más acérrimos; nada más. Podrá la estructura partidaria semejar una cáscara vacía -como el radicalismo, dicho sea de paso- y el Movimiento resultar apenas algo más que un tópico. Sin embargo, no son pocos los peronistas que cabría contar entre las huestes de Sergio Massa, Florencio Randazzo, Cristina Fernández y los feudos provinciales que confiesan abiertamente su carácter justicialista. Claro que el hecho de ser multitudinario -aun en medio de la diáspora que lo aqueja- no significa que el poder se halle al alcance de su mano. Por el contrario, está bien lejos y no parece haber solución posible -al menos en el corto plazo- para resolver o atemperar parcialmente el principal problema que lo tiene a mal traer: su desunión.

La interna que se ha desenvuelto en el último mes -poco más o menos- en el territorio bonaerense y, al mismo tiempo, se ha extendido a toda la geografía nacional de manera directa o indirecta según los casos, es la muestra arquetípica de hasta dónde la grieta de la cual tanto se habla -respecto de dos Argentinas enfrentadas- es también una característica típica del peronismo de nuestros días.

Perón y Vandor, Luder y Cafiero, Menem y Duhalde, para poner algunos ejemplos superlativos, disputaron supremacías en distintos momentos de nuestra historia reciente, sin que el odio los rozase. Néstor Kirchner y, después de su muerte, Cristina Fernández, tensaron de tal forma el antagonismo que convirtieron a sus propios compañeros en enemigos. Sólo a fines de los sesenta y los setenta del siglo pasado las facciones justicialistas en pugna conocieron semejante grado de enemistad.

Humberto Roggero -que del tema conoce- suele repetir que el peronismo es como la puerta giratoria de un supermercado: entra el que quiere, y sale cuando se le da la gana. Adentro encuentra de todo. Ramón Puerta, por su lado, ha afirmado en más de una oportunidad, que es peronista el que se dice peronista. Las dos menciones vienen a cuento de que -aun cuando a muchos les disguste- la viuda de Kirchner, Florencio Randazzo, Mario Ishi, Sergio Massa, Miguel Ángel Pichetto y Juan Manuel Urtubey, son -entre muchos otros- todos retoños de un mismo tronco. No significa ello que piensen igual y -ni qué decir tiene- que su estrategia sea común.

Siguen siendo legión, sólo que hay más caciques que indios y eso, a esta altura, resulta una bendición para el gobierno. Si aún no existiese, Mauricio Macri debería crearla a Cristina Fernández, cuya capacidad para sembrar antagonismos de la nada y dividir sin necesidad, es verdaderamente única. Ha sido el mejor jefe de campaña del oficialismo; y no tiene el propósito de quitarle méritos a Jaime Duran Barba sostener que el triunfo de octubre de 2015 fue más obra del capricho de la señora, de ponerlo a Aníbal Fernández como candidato a gobernador de Buenos Aires, que de los planes del gurú ecuatoriano.

La historia acaba de repetirse. El capricho de la Fernández de no competir con su ex–ministro del Interior y salirse del PJ, ha sido la mejor noticia que ha recibido el macrismo en lo que va de 2017. Mientras en materia económica su performance es mediocre, hete aquí que viene su principal enemiga y le hace, sin solicitarle nada a cambio, uno de esos favores impensables. El peronismo unido habría sido un adversario formidable para Cambiemos. Sólo se necesitaba substanciar las PASO, que salvo un milagro la ex–presidente estaba en condiciones de ganar con la fusta bajo el brazo. No obstante lo cual, forzó la situación y dejó a Macri en inmejorable posición para salir airoso en los comicios de octubre.

Con esta particularidad: nadie sabe a ciencia cierta si esa mujer por momentos indescifrable -que beneficia al que detesta, sin tomar conciencia de sus arrebatos-participará o no de las elecciones. En el acto de este martes en Sarandí, en medio de una multitud nada despreciable, hizo uno de esos discursos de barricada, típicos de ella, sin evacuar la duda que carcomía a los militantes que la siguen a sol y a sombra.

Todo parecía indicar que sería de la partida y fueron mayoría los analistas que imaginaron, con buenas razones, que el acto público en el cual fue la única oradora sería el marco adecuado para lanzar su candidatura con bombos y platillos. Nada de eso ocurrió y ahora comienzan a dudar quienes hasta el lunes juraban que la lista del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires la encabezaría la jefa indiscutible de la tribu.

El peronismo -o mejor, los variados reyezuelos de taifas que lo pueblan- lucen impotentes. Poco o nada pueden hacer contra la viuda de Kirchner en razón de que es ella quien todavía conserva -por cuánto tiempo más es una incógnita- la mayor intención de voto en el distrito más poblado del país. En este orden y aunque en voz baja la critiquen, abundan los pusilánimes al estilo Scioli y faltan los independientes del tipo de Pichetto y Urtubey.

Napoleón Bonaparte -nada menos- confesó que antes de nombrar mariscal a alguno de los hombres de armas que lo acompañarían en sus campañas, analizaba si se trataba de un hombre de suerte. En el idioma del tablón se diría: si nació con estrella o, por el contrario, estrellado. A la luz de las peleas feroces, las rivalidades, los celos, las bajezas y la falta de inteligencia política que exhiben los peronistas de las más distintas facciones, hay que reconocer que a Mauricio Macri le faltarán muchas cosas, pero tiene una suerte -o fortuna, diría Maquiavelo- proverbial. No es poco. 

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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