Jueves, 29 Junio 2017 00:00

A pedir de boca

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El viernes en horas de la noche, en el departamento que Cristina Fernández tiene cerca de la plaza Vicente López, ella y su ex–ministro del Interior, Florencio Randazzo, se reunieron con el propósito de considerar si, a horas apenas del cierre de las listas de candidatos, era posible llegar a un acuerdo entre ambos y de esa manera cerrar la brecha que se había abierto en el peronismo bonaerense de cara a las elecciones del próximo mes de octubre.

 

Si bien casi cualquiera podía anticipar el resultado, nada estaba escrito. Las probabilidades de que la viuda de Kirchner y Randazzo dejasen atrás sus diferencias y marchasen juntos en una boleta, que la tendría a ella encabezándola y a él en segundo lugar, eran remotas. Pero, así y todo, no podía descartarse un milagro. No ocurrió y, por lo tanto, la máxima aspiración del macrismo se hizo definitivamente realidad. Cuando, luego de dos horas de conversaciones infructuosas, los dos contertulios se despidieron sin haber fumado la pipa de La Paz, en Balcarce 50 hubo festejos.

El mejor regalo que a la administración de Cambiemos podía hacerle el peronismo era prolongar su desunión. Algo que el macrismo logró sin mover un dedo. Todo corrió por cuenta y riesgo de Cristina Fernández. Pudo aceptar ir a la PASO y no lo hizo.

Sin embargo, fue ella quien solicitó el encuentro con Randazzo. Su lógica es, por momentos, incomprensible. A mediados del año 2015 privilegió a la cara visible del narcotráfico bonaerense y así perdió la elección bonaerense. Es posible que ahora haya cometido, para beneplácito del oficialismo, una equivocación similar.

Es claro que el frente electoral creado de apuro por la ex–presidente, cosechará muchos más votos que el PJ. Eso lo sabe hasta el menos dotado de los mortales. Sólo que al mismo tiempo hay que considerar que, por escasos que sean los sufragios que tenga Randazzo, se los habrá sacado a Cristina Fernández y no a Macri. Y esta es una puja en donde una diferencia de cuatro o cinco puntos pueden definirla. Juan Domingo Perón, a quien los votos le sobraban y no hubiera necesitado apelar a ninguno de los sellos de goma que terminaron asociados al peronismo, nunca se cansó de forjar alianzas. Cristina Fernández, que no le llega a la suela de los zapatos al creador del movimiento justicialista, se dio ese lujo. Macri, encantado.

Por su parte, Sergio Massa bien hubiese podido dar un paso al costado y dejar que los colores partidarios los defendiesen Margarita Stolbizer y Felipe Solá. Todo indicaba que sería de la partida, pero no era seguro. Esperó hasta último momento para decidirse y aceptó bajar al ruedo ni bien enterado que su jefa de otrora sería la primera candidata a senadora nacional. Al gobierno nada pudo convenirle más. De todos los nombres que el Frente Renovador podía poner en una boleta, de lejos el que tiene mayor arrastre y votos es Massa. Si acaso no hubiera bajado al ruedo, quién sabe a dónde hubiesen ido a parar los sufragios que seguramente él será capaz de retener.

Como se aprecia, sin que resulte menester forzar el análisis o imaginar escenarios de realización imposible, el macrismo obtuvo todo cuanto deseaba sin siquiera despeinarse. Las principales figuras de la oposición a nivel nacional estarán presentes en los comicios venideros dividiendo por tres los votos que expresen el descontento con el gobierno. Nunca tuvo un gobierno aquejado por la falta de resultados económicos y enfrentado al peronismo, una situación tan favorable. Si seis meses atrás -para poner una fecha al voleo- uno de esos genios de los cuentos infantiles hubiese salido de la botella y le hubiese concedido a Mauricio Macri la potestad de pedir un deseo, habría elegido este que ahora le cayó del cielo.

No significa lo expresado hasta aquí que Cambiemos puede echarse a dormir y desentenderse de la campaña porque ya ganó. De ninguna manera. A lo que apunta el análisis es a resaltar la fortuna del oficialismo que marchará a las urnas con una oposición en extremo dividida. Casi podría decirse que una de las condiciones necesarias para ganar en octubre está dada. Hacen falta, por supuesto, las condiciones suficientes; y esa es otra cuestión.

Así como Cambiemos tiene razones para festejar, no son pocas las preocupaciones que aquejan, y con razón, a sus principales figuras. La economía no repunta y nada hace prever que en los próximos ciento veinte días el panorama vaya a modificarse. Los famosos brotes verdes, si es que alguna vez llegan, no llegarán a tiempo. En términos de la campaña electoral, no es una buena noticia ni mucho menos. Sobre todo en razón de los alarmantes índices de pobreza y de indigencia que registra nuestro país. Con bolsillos flacos no es fácil ganar voluntades en el conurbano bonaerense, y todavía es materia de dudas y de discusión qué es lo que privilegiará la gente en el cuarto oscuro.

Que el núcleo duro de los discursos de Cristina Fernández, Florencio Randazzo y Sergio Massa girará en torno de estas cuestiones, no hay que ser un experto en la materia para darse cuenta. Le van a pegar a la administración de Macri y de María Eugenia Vidal donde más les duele, y es probable que agiten el tema de la inseguridad que en las últimas semanas ha recrudecido en la capital federal y en distintos lugares del Gran Buenos Aires. ¿Por qué no habrían de hacerlo, si son los dos flancos más expuestos que tiene Cambiemos? -Y con la siguiente particularidad: que en cuatro meses no podrá cerrarlos.

Esta es una disputa a suerte y verdad. Las aspiraciones de cada uno de los contendientes son muy distintas, pero ello no quita que todos -por igual- sepan que su futuro político estará atado, en buena medida, a cuanto pase en octubre. Pocas elecciones legislativas de medio turno -si acaso alguna- de las substanciadas desde l983 en adelante han significado tanto. Es que lo que estará en juego no será tanto la gobernabilidad como la permanencia o desaparición, del escenario nacional, de algunas de las principales figuras de la política. 

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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