Martes, 18 Julio 2017 00:00

Lula da Silva, como Cristina Kirchner y antes Carlos Menem, forman mayorías en contra

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El expresidente brasileño fue condenado por corrupción, mientras que la exmandataria es investigada en varias causas por irregularidades. El impacto en la campaña.

 

Llega un momento en que a líderes ya desgastados sólo les queda un aporte que hacer: dar un paso al costado. Pero a veces lo viejo se resiste a morir, y lo nuevo tarda en reemplazarlo. Sucede sobre todo cuando los representantes del ciclo que se cierra no se ocuparon de promover sucesores, sino todo lo contrario: se esmeraron más bien en pisar todas las cabezas a su alcance para que nadie les hiciera sombra. Esto fue lo que sucedió con Carlos Menem años atrás y también está sucediendo con Lula da Silva y Cristina Kirchner en nuestros días.

El caso del brasileño es particularmente dramático, por el significado que la figura de Lula adquirió no sólo en la izquierda latinoamericana, sino más en general para la democracia de la región: un obrero metalúrgico con una espectacular trayectoria personal, pasando de la pobreza nordestina al más alto cargo de poder de su país, en una sociedad ansiosa por dejar atrás la exclusión y la segregación que desde siempre la habían caracterizado, y que lo hizo impulsando la formación de una nueva estructura sindical, más democrática y representativa que las preexistentes, y llevando al gobierno a un partido también nuevo, de amplia base social y que en principio pareció capaz de integrarse a un nuevo sistema de competencia y alternancia más estable y más inclusivo que cualquiera de los que habían hasta entonces regido en Brasil.

Con todos esos antecedentes detrás es aun más difícil de entender, y más imperdonable, que termine del peor modo imaginable. Porque aun cuando Lula logre evitar la prisión, ya no podrá evitar el escarnio: se dice que todavía es el "político más popular" de su país, pero lo cierto es que su imagen negativa supera ampliamente la positiva y ese rechazo sólo puede endurecerse tras su reciente condena por corrupción. De modo que, a menos que medie una catástrofe que destruya a todos los demás partidos, tiene ya poquísimas chances de volver a la presidencia: en una segunda vuelta casi seguro caería derrotado, el rechazo mayoritario a su figura terminará por converger detrás de cualquiera que pueda ganarle. Igual que le sucedió a Menem quince años atrás.

Cristina no tiene ninguno de los laureles que, todavía hoy y a pesar de todo, luce Lula. Pero comparte sus mismos problemas. Salvo el tener que lidiar con una justicia independiente y eficaz. Con excepción de lo que sucede en un área muy delimitada de la provincia de Buenos Aires, es ampliamente mayoritaria en el país la opinión de que representa el pasado, se enriqueció abusando del poder (muy por encima de lo que se lo acusa y se pueda sospechar de su par brasileño), y ni a la democracia ni a la economía les conviene que siga siendo una opción de poder relevante. ¿Alcanzará con eso para que se forme una mayoría en su contra en estas elecciones?

En las competencias legislativas no es tan fácil polarizar como en las ejecutivas. Además, el macrismo no consiguió hasta aquí los éxitos suficientes como para descartar de plano que sea conveniente volver atrás. Y encima en nuestro caso puede que el "show de la corrupción" canse antes de tener tiempo de arrojar algún fruto: hay tantas evidencias del latrocinio, y tantos motivos para desconfiar de que se llegue a alguna condena, que la sociedad está tentada de volver a adoptar su tradicional indiferencia ante el problema; bastará con que una vez más asuma que, en esa materia, "no hay forma de cambiar", "son todos lo mismo", "lo único que puede pedirse es que mientras roban repartan también algo a los de abajo" u otras clásicas tesis que abonan el conformismo.

Pero por suerte existen las PASO. Que aunque no sirven para ninguna otra cosa, y acumulan más bien efectos negativos, en el caso específico de la elección de senadores de la provincia de Buenos Aires podrían arrojar un inesperado saldo benéfico. Que, igual que sucedió en 2015, no tendría nada que ver con los fines para los que ellas deberían servir. Pero esa es otra discusión. Al actuar como una suerte de primer turno electoral, y arrojar un resultado anticipatorio del que cabe esperar en la votación general, y definitiva, tal vez alienten a los votantes a reflexionar sobre la importancia de incidir en los resultados finales y la utilidad relativa de apoyar a terceras opciones, sobre todo si ellas han quedado muy atrás y no tienen chances de lograr un espacio de representación (como será el caso en la competencia por senadores).

Sergio Massa y Margarita Stolbizer tendrían toda la razón si objetaran un sistema tan caro, engorroso y rebuscado de votación, que no sirve para lo que dice perseguir y encima perjudica a los más débiles en la competencia. Pero, que se sepa, hasta ahora los únicos que están promoviendo eliminar o reformar las PASO son sus beneficiarios actualmente en el gobierno. En una muestra de altruismo digna de celebrar.

Marcos Novaro

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