Miércoles, 26 Julio 2017 00:00

¿Una herencia inacabable?

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 “Mucho más que en ninguna otra época de la historia, la naturaleza humana enfrenta hoy dos caminos opuestos. Uno, conduce a la esperanza de un futuro mejor. El otro, al temor a la extinción total. Roguemos para tener la sabiduría que nos permita elegir correctamente”  -Woody Allen

 

Los argentinos, al haber perdido el hábito de mirar hacia adelante, hemos incurrido en un vicio que nos ha perjudicado severamente durante muchos años: retroceder y hundirnos en el mundo planteado por ciertos “hechiceros” políticos - munidos de supuestos poderes-, a los que seguimos recurriendo por temor al futuro. Menem y los Kirchner, entre otros, pueden inscribirse claramente en esta categoría de individuos.

Nuestra recurrente incertidumbre respecto de un porvenir que no alcanzamos a aceptar con los severos cambios de todo orden que conlleva -desde los problemas climáticos y el medio ambiente hasta la revolución tecnológica-, nos ha hecho caer invariablemente en constantes recriminaciones mutuas, olvidando que a la grandeza no se arriba ensayando explicaciones que pretendan justificar las debilidades y fracasos a los que nos hemos acostumbrado casi por inercia.

Uno se hace grande abordando lo difícil; lo que requiere esfuerzo y mucha autocrítica. Y esto comienza a ocurrir en una sociedad cuando la tarea de todos y cada uno es puesta en práctica sin quejas, aún en la simple oscuridad de las pequeñas tareas cotidianas.

Parecería que no terminamos de aceptar psicológicamente que el siglo XX estuvo caracterizado por nuevos descubrimientos científicos que terminaron por sepultar el mito de ciertas verdades eternas que alimentaron durante años las plataformas de los partidos políticos y seguimos aferrados a algunos de sus apotegmas, que hoy carecen de validez.

Nuestras políticas públicas han seguido alimentadas de tal manera por lo que señalaba Erich Fromm: “un sistema de pensamiento compartido por un grupo, QUE  LE PROVEE A CADA MIEMBRO DEL MISMO UN MARCO DE REFERENCIA Y UN OBJETO DE DEVOCIÓN”.

Deberíamos habernos convertido en seres infinitamente más adaptables que en cualquier tiempo anterior para sobrevivir en un mundo de cambios muy veloces, tratando de amortiguar un inevitable shock que alteró emocionalmente la forma de vida PARA TODOS.

En ese escenario, la política – ¿causa o consecuencia?-, hizo lo suyo, “vaciando” la mente del hombre del común y montando una estrategia de adocenamiento  populista que provocó la expansión de una cierta forma de esclavitud: el sentimiento de fidelidad irrestricta con el gobierno como contribución esencial para la supervivencia.

El haber liberado de labores ingratas a mucha gente que recibió subsidios “compensatorios” frente a una desigualdad que aumentó -por error de pronósticos y falta de eficiencia-, debilitó la idea de que las circunstancias de “instrucción” en las que vive un individuo juegan hoy un papel fundamental, levándolo a desperdiciar aptitudes genéticas que permanecen de tal modo absolutamente inactivadas.

El azar no es soberano y la suerte de los individuos es, en gran medida, un producto de dos alternativas opuestas que la sociedad adopta para su desarrollo: innovación y cultura, o subsidiaridad y dependencia.

Hoy se sabe, a la luz de los nuevos conocimientos científicos, que los arquetipos no se heredan irremisiblemente sino que se “arman” como un Lego en el interior de cada ser humano según el camino que éste emprenda de cara al futuro, creando una interacción absolutamente irrebatible entre herencia y medio ambiente.

Un sistema político que acepte dichos cambios necesita imperiosamente entonces que la estabilidad social se asiente sobre algunas bases mínimas de convivencia QUE SEAN ACEPTADAS POR TODOS.

Desafortunadamente, en el atraso conceptual que nos ha empantanado subyace la idea de que las nuevas comprobaciones científicas no coinciden con los ideales, manteniendo casi intacto un sentimiento generalizado de que dicha ciencia es un sistema muy restringido de conocimiento, por ser incapaz de aprehender la “suprema calidad de la vida humana”, lo que la despoja, por consiguiente, de todo valor moral.

Con esta manera de pensar hemos desarrollado las bases culturales de una suerte de sociedad idílica y castigada por el atraso, sumergiéndonos en luchas revolucionarias absurdas que nos llevaron a hablar de lo que “ya no es” y creer en las promesas de lo que “ya no se podrá lograr”.

Entre otras razones, porque solo se puede multiplicar el valor del capital y las fuerzas de trabajo cuando una sociedad decide incorporar los nuevos instrumentos tecnológicos COMO UNA PARTE VITAL DE SU CULTURA.

Que hayamos llegado a una intrascendencia colectiva en “las cosas del hacer”, no resulta pues casual en absoluto. ¿Cuándo intentaremos sacudirnos esta herencia nefasta y apresurar el paso para entrar de lleno al siglo XXI haciendo de lado a los falsos profetas?

Carlos Berro Madero  
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