Lunes, 21 Agosto 2017 00:00

Un vencedor indiscutible

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Existía la posibilidad de que el domingo, una vez abiertas las urnas, los festejos estallaran en el bunker de Cambiemos y en el del kirchnerismo al mismo tiempo.

 

La mayoría de las encuestas habían adelantado que Cristina Fernández aventajaba a Esteban Bullrich, horas antes de la elección, por un margen de entre uno y cinco puntos. De haber sido ése el escenario, los acólitos de la ex–presidente no se hubiesen privado de salir a las calles de la capital federal con el propósito de exteriorizar su triunfo. Claro que otros relevamientos, esta vez más precisos, también anticipaban las victorias del oficialismo en la ciudad de Buenos Aires, Mendoza, Córdoba, Santa Fe y Santa Cruz, al menos. Aunque hubieran sido derrotados en territorio bonaerense, los seguidores de Macri igual tenían sobrados motivos para darse a la fiesta.

Sólo que los pronósticos se cumplieron a medias. La coalición que ocupa la Casa Rosada se alzó con una serie de victorias de tal calibre, en la vidriera de la República y en buena parte del interior del país, que compensó con creces un resultado —el del principal distrito electoral— que se conocerá recién dentro de 15 días, aproximadamente.

Hubo, pues, una sola bandería eufórica y con entera razón. A semejanza de cuanto había logrado Raúl Alfonsín en 1985, a expensas de un peronismo entonces dividido en dos facciones —la de Herminio Iglesias y la de Antonio Cafiero— ahora Mauricio Macri hizo lo propio frente al mismo adversario, balcanizado como nunca antes en su historia. Consiguió doblegar al justicialismo cordobés —que desde el año 1999 no había sufrido ningún traspié— por dieciseis puntos. Se podrá argumentar que el resultado le fue de alguna manera facilitado por la defección de José Manuel de la Sota. Es probable que algo de eso resulte cierto, lo cual no alcanza a mellar el éxito de Cambiemos. Las batallas —después de todo— dependen del genio estratégico tanto como de los errores en los cuales puedan incurrir los respectivos contendientes.

En la provincia de San Luis el macrismo quebró la hegemonía de Adolfo y Alberto Rodríguez Saa que se extendía desde 1983. En La Pampa, sin una dinastía gobernante como la puntana, sucedió cosa parecida. El PJ no conocía la derrota desde el reinicio del ciclo democrático, y sufrió la misma suerte de aquellos hermanos creídos que tenían la provincia alambrada.

La coalición oficialista despachó sin contemplaciones a las listas del kirchnerismo santacruceño; se alzó ganadora en Entre Ríos; confirmó su inmensa musculatura electoral en Mendoza; arrasó de la mano de Elisa Carrió en la capital; se impuso cómodamente en Jujuy y estuvo a punto de consagrarse en Santa Fe, donde perdió apenas por un punto.

Los ejemplos podrían seguir enumerándose casi sin solución de continuidad. Basta, para tomar conciencia de la magnitud de lo cosechado, agregar al listado dos datos de enorme importancia. Si se repitiesen el 22 de octubre los guarismos del pasado día domingo, Cambiemos pasaría a constituirse en la primera minoría en la cámara baja del Congreso. Podría sumar en total 129 diputados, cifra que no estaba en los cálculos de nadie. En lo que hace al Senado, si obtuviese 2 bancas por la mayoría en Buenos Aires, Jujuy, San Luis y Santa Cruz; y, por la minoría, una en Misiones, Formosa, La Rioja y San Juan —cálculo más que probable—, se consolidaría con un bloque de 22 ó 23 escaños. Nada mal, por cierto.

Más allá de los números, se imponen unas reflexiones que tienen un costado provisorio —en atención a cuanto suceda el tercer domingo de octubre— pero, asimismo, arrastran certezas de peso. Comencemos con los perdedores. Lo fueron, en distinta medida, Sergio Massa, Florencio Randazzo, Alicia Kirchner, Juan Schiraretti, José Manuel de la Sota, los Rodríguez Saa, Martín Loustau, Carlos Verna, Mario Das Neves y el socialismo santafesino.

Massa anduvo lejos del 20 % de hace dos años. Le faltó dotar de contenido a la propuesta de equidistancia entre el gobierno y Cristina y, por lo tanto, se vió impedido de romper una polarización que amenaza enterrarlo en octubre. Randazzo obró a la manera de una kamikaze. De antemano sabía que mantener la palabra empeñada lo enterraría de por vida. El grueso de los presidenciables peronistas naufragaron dejando al PJ en el limbo. De cara a 2019 sólo cuenta con perdedores —excepción hecha del salteño Urtubey. Igual camino siguió el socialismo de Santa Fe, otrora invencible, que el domingo llegó tercero lejos, sin chances ningunas de mejorar su performance en la disputa de octubre.

Está por verse qué pasa con Cristina Fernández. Gane por unas décimas o sucumba por esas mismas décimas, lo cierto es que no hay que perder de vista el hecho de que las PASO convierten a los comicios por venir en un verdadero ballotage. Dicho de otra manera: ha quedado en claro que sólo están en condiciones de ingresar en diciembre a la cámara alta los dos candidatos de Cambiemos y el restante de Unión Ciudadana o viceversa. Votar por cualquier otro no tendrá mucho sentido. Sencillamente porque han quedado fuera de la pista. Ergo, si hace setenta y dos horas hubo una polarización tan aguda que nadie sabe a ciencia cierta quién ganó, no se necesita una inteligencia muy aguda para imaginar lo que ocurrirá dentro de sesenta días. La polarización recibirá una nueva vuelta de tuerca.

Serán, pues, quienes votaron por el ex–intendente de Tigre y el ex–ministro del Interior de Cristina Fernández, los que decidirán el pleito empatado. No Massa y Randazzo sino sus seguidores y ocasionales votantes. Con esta particularidad, válida para todos los distritos del país: nadie que en el cuarto oscuro haya premiado a Cambiemos, modificará dentro de dos meses su manera de pensar. Otro tanto es válido decir del voto kirchnerista. Por lo tanto, el desafío del gobierno nacional y de Cristina Fernández es seducir a parte de esos cientos de miles de votantes que no querrán perder el tiempo dándole su respaldo a dos políticos cuya presencia el 22 de octubre será testimonial.

En este orden, la posibilidad de un triunfo de la dupla Esteban Bullrich- -Nancy González es mayor que la de sus adversarios de Unión Ciudadana. La razón no es antojadiza: los seguidores de Massa, en términos generales, están más cerca del macrismo que del kirchnerismo. El presidente —al que votaron en la segunda vuelta frente a Daniel Scioli— en 2015 puede haberlos defraudado, es verdad. Pero, desencantados y todo, difícilmente podrían optar por una mujer identificada con los peores vicios de la política criolla. No les gustará Macri. Cristina Fernández la detestan.

Lo que parece haber confirmado la elección bonaerense es que, aun considerando la época de vacas flacas, al oficialismo no le fue tan mal en el conurbano. Ni la situación económica —pésima en muchos casos— le alcanzó a Cristina Fernández para ganar, ni la buena administración le alcanzó a los Rodríguez Saá para vencer a su ex–protegido, Claudio Poggi. Los dos ejemplos no han sido traídos al azar. Demuestran qué tan difícil es determinar cómo, y obedeciendo a cuáles motivos, se inclina la gente por uno u otro candidato. Las inclemencias económicas que padecen millones de bonaerenses no tuvieron un peso decisivo. El orden fiscal de los Rodríguez Saá tampoco. El hartazgo de la gente puede ser un principio de explicación, aunque no basta.

¿Significa todo lo escrito hasta aquí que se ha producido una revolución política en la Argentina? Lo han pensado y expresado así, en las últimas horas, algunos analistas y políticos oficialistas. Es pertinente, al respecto, no pecar de apurados. Parecidos comentarios se escucharon cuando Raúl Alfonsín rompió el mito del peronismo invencible. Cuatro años después, el sueño del tercer movimiento histórico que el líder radical había pergeñado estaba en harapos y su administración terminaría antes de tiempo de manera catastrófica.

La Alianza ganadora en 1999 no suscitó tantas esperanzas, aunque el triunfo de De la Rúa fue interpretado por muchos como el comienzo del fin del justicialismo. Tópico que ha reaparecido ahora con nuevo ropaje. Los que hablan de una revolución en la cultura política de los argentinos, no saben lo que dicen. La de este domingo fue —nada más y nada menos— una elección con algunos resultados sorprendentes y un vencedor indiscutible, que ensancha el campo de acción macrista y le abre una puerta para acometer una empresa más difícil que la de ganar los comicios legislativos: poner en práctica las reformas estructurales que requiere el país. 

Vicente Massot

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