Miércoles, 30 Agosto 2017 00:00

Cristina Fernández, viuda de Kirchner

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 “Que las pasiones nos ciegan, es una verdad tan trivial que nadie desconoce. Lo que nos falta no es el principio abstracto  y vago sobre las mismas, sino una advertencia continuada de los trastornos que esta maligna influencia produce en nuestro entendimiento; lo que no se adquiere sin penoso trabajo”  -Jaime Balmes

 

Aunque a través del tiempo nos hemos referido a las patologías que aquejan a la ex Presidente Cristina Fernández, nos ha parecido oportuno volver a recordarlas en momentos en que arrecian distintas explicaciones políticas sobre las implicancias de las recientes PASO respecto de la otrora “exitosa abogada y faraona egipcia”, hoy  estatua viviente de un cinismo asombroso con el que intenta presentarse como una alternativa política que pueda contribuir a la pacificación y el bienestar popular.

Creemos que a través del análisis de su personalidad psicopática se explica bastante bien el auge y la decadencia del kirchnerismo. Una decadencia que sospechamos comienza a proyectarla sin chance política relevante para el futuro.

El insoportable complejo de superioridad (inferioridad en realidad), que la acompañó en los buenos tiempos, la ha mostrado siempre con una arrogancia que la llevó a demandar, casi imperativamente, la sumisión total de sus adeptos respecto de unas supuestas cualidades personales que ella consideró siempre sobresalientes.

Para ello, trató de reafirmarlas mediante cataratas autoreferenciales y deshilachadas, semejantes a las de otros caudillos maníacos de América Latina como Fidel Castro, Correa, Ortega y Chávez.

Hoy es puesta en cuestión por un peronismo que comienza a condenar “soto voce” sus constantes torpezas políticas.

El primer paso en la dirección de sus equivocaciones “fatales” ocurrió cuando nombró a un impresentable como Boudou para acompañarla como vicepresidente, con la intención de reforzar una supuesta “independencia de criterio” (¿o falta de él?) que solo logró provocar una gran perplejidad en su propia “tropa” y la perjudicó notablemente con el paso del tiempo.

El segundo rasgo que caracterizó siempre su personalidad es un narcisismo que la lleva a considerar insuficientes los elogios que recibe de los chupamedias que la acompañan. Hoy muchos de ellos ya no están dispuestos a prodigárselos como antaño porque los ha cansado con las actitudes prototípicas de una persona neurótica con el ego hipertrofiado.

Del mismo modo, su apego a establecer trifulcas y antinomias de todo orden, contribuyeron poco a poco a “pudrir el espíritu de TODOS los argentinos”, como acaba de señalar acertadamente Tomás Abraham, porque las cuestiones políticas que la tuvieron como protagonista se resolvieron siempre en un campo de batalla cuasi épico, fomentado por ella al solo efecto de exponer a la sociedad a dilemas del tipo “nosotros o ellos”, o el más conocido “vamos por todo”.

En esa batalla, instintiva y casi sin cuartel, poco le ha importado sacrificar a los demás, salvo a quienes guardan sus secretos más ocultos: el origen de su fortuna, las trifulcas con su ex esposo Néstor y las relaciones mantenidas con el personal a su servicio.

A un narcisista le resulta muy difícil “aprender” una conducta distinta, porque sus emociones tienen raíces muy fuertes y profundas que le impiden cualquier análisis sensato de “todo lo demás”. Al mismo tiempo, esta característica parece haber tenido ciertas consecuencias perniciosas para ella: frecuentes depresiones que vive “puertas adentro” estableciendo silencios públicos que, en su caso, jamás han tenido explicación alguna.

Esto es producto del fracaso entre sus expectativas personales y la realidad, sin tener otros “referentes” afectivos que no sean sus dos hijos, que dependen de ella totalmente y se han identificado con las características del “tupperware” en el que vivió y vive la familia Kirchner.

Sus atropellos políticos han terminado minando su intelecto, al punto de llevarla a ignorar los viejos principios aristotelianos de la importancia de considerar antes de resolver una cuestión “el por qué, el cuándo y de qué manera”.

Milagrosamente han logrado tenerla casi “quieta” este último tiempo (y humildemente vestida, ¡oh sorpresa!), pero más temprano que tarde, veremos renacer a la verdadera Cristina. La que siempre intenta rodear su mundo conceptual de una “majestad” solemne.

Esa es su verdadera personalidad.

Para comprender mejor las raíces de lo expuesto, no hace falta más que recordar la célebre fábula inglesa que narra el diálogo de un escorpión y una rana al borde de un río huyendo de un incendio.

La pregunta que debiéramos hacernos todos, es cómo hemos sucumbido como sociedad durante tanto tiempo a los “supuestos” encantos políticos de quien ha demostrado una y otra vez una enorme incapacidad para gobernar y un absoluto desprecio por las normas de convivencia democrática.

Carlos Berro Madero
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