Lunes, 04 Septiembre 2017 00:00

El caso Maldonado, entre la ideología y la violencia

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Desde principios de agosto, cuando algunas organizaciones que invocan la defensa de los derechos humanos caracterizaron el hecho como una “desaparición forzada”, el enigma sobre el paradero desconocido de Santiago Maldonado, un joven artesano bonaerense radicado en Esquel, se ha transformado  en  tema dominante en los medios y las redes sociales.

 

También en la calle: el último viernes algunacenas de miles de manifestantes reclamaron en la Plaza de Mayo la aparición de Maonldado y un puñado de algunas decenas de entre ellos se enfrentaron más tarde con las fuerzas de seguridad y protagonizaron desmanes.s de

No hay dudas de que el caso de Maldonado es inquietante y perturbador, pero la  altísima repercusión  que lo distingue no parece depender tanto de esos rasgos (que comparte con muchísimos acontecimientos análogos  en una Argentina en la que la inseguridad  no es una mera sensación), sino de  otro factor que  fue develado esta semana por  la siempre rotunda Hebe de Bonafini: “Maldonado era un militante”.

La frase de Bonafini no sólo dice. También insinúa. Afirma, en principio,  una condición  que avalaría la resonancia privilegiada del hecho: ser “militante” supondría un rango especial, por encima del de mero ciudadano o el de ser humano (Bonafini  lo subraya al justificar las diferencias entre la actual movilización por Maldonado y la asordinada atención que el gobierno anterior dedicó a la aún inexplicada desaparición de Julio López).

Pero además, al conjugar el verbo en  tiempo pasado (“era”), Bonafini sugiere  que  la ausencia de Maldonado es definitiva.  Para ella, como para una extensa red de  personas y organizaciones  que comparten su pensamiento –muchas de las cuales marcharon el viernes último- el caso Maldonado no es  enigmático ya que todos ellos  dan por sentado (sostenidos  hasta ahora por su  íntima convicción antes que por pruebas concretas)   que el artesano fue víctima de una desaparición  forzada, responsabilizan por ella a la Gendarmería  y al gobierno de Macri  y  evocan la muerte  tanto en sus consignas (“Con vida lo queremos”) como en  las comparaciones que trazan entre este hecho y  los  de la represión en tiempos de la tiranía procesista. No piden que se investigue intensamente el caso, se desentrañe lo ocurrido y se juzguen las responsabilidades una vez  comprobadas: ellos ya  han definido culpas y culpables.

Obvio: la señora de Kirchner ha tomado  esa misma bandera para agitarla en la campaña que lleva a la elección de octubre. Cautelosa, ella sólo necesita mostrar la foto de Maldonado y emplear la palabra “desaparición”: su discurso es completado por  el que  despliegan sus  epígonos voluntarios e involuntarios  y se nutre en el terreno cultivado por el pensamiento políticamente correcto.

MÁS ALLÁ DE LO ELECTORAL

Conviene  no juzgar el  caso Maldonado  ni exclusiva ni centralmente por el  uso  político-electoral  que se le  está dando. Hay dimensiones más trascendentes para analizarlo.

 Por un lado está el ángulo de la  inseguridad y de las dificultades que afronta el Estado para  garantizar desde la vida de las personas al orden público, así como para investigar y resolver  delitos o siniestros.  La suerte de individuos, familias, aviones o mercancías puede  convertirse durante plazos indefinidos  en un agujero negro inescrutable. ¿No habrá relación entre esta impotencia estatal y  los niveles de desjerarquización y vilipendio sufridos por las estructuras profesionales de defensa y de seguridad del país, golpeadas sin fin con  la excusa que proporcionaron  los tiranos castrenses de la década del 70?

Casi medio siglo más tarde sería hora de hacer un balance más ajustado de aquellos años de plomo en lugar de permitir la continuidad, en el plano cultural, de una ofensiva  que los prolonga en el presente y que, sobre todo, obstaculiza la posibilidad de que el país tenga una política de defensa y de seguridad interior.

Mirada desde otro plano, la desaparición de Maldonado  ha estimulado una prédica ambigua e irresponsable  que se cubre con la bandera de los “pueblos originarios”.  Al parecer, Maldonado  acompañaba (o “era militante”, como explicó Bonafini) las acciones de un grupo minoritario y radicalizado que responde al nombre de Resistencia Ancestral  Mapuche (RAM), tiene  existencia tanto en la Patagonia argentina como en la chilena y desafía a ambos estados nacionales reivindicando  como objetivo una suerte de  separatismo autonómico para cuya concreción “todos los medios son buenos” (incluyendo los violentos, que ya ha practicado a ambos lados de la Cordillera).

Es preciso señalar que la mayoría de la comunidad de origen mapuche del país, más allá de sus propias  reivindicaciones, ha tomado distancia de  las prácticas radicalizadas y de las ideas separatistas de RAM, y se considera parte de la sociedad argentina.

También hay que  apuntar que los mapuches no son  un “pueblo originario” en la Patagonia argentina: penetraron en  ella  desde Chile  poco tiempo antes de la creación del Virreinato  del Río de la Plata y desalojaron a los habitantes allí preexistentes, los tehuelches.

NEW AGE Y PACHAMAMISMO

El ideologismo urbano consume a menudo productos exóticos. En algunos sectores sociales se inclina por los cultos orientales con el tono new age; en otros, es capaz de adherir a un indigenismo fundamentalista (“pachamamismo” lo llamó ácidamente el boliviano Andrés Soliz Rada, primer ministro de energía de Evo Morales) financiado desde el exterior y partidario y aspirante a  segregar la Patagonia de la Argentina.

Por cierto, hay que diferenciar el reclamo legítimo de que el Estado defienda a sus ciudadanos de la violencia, enfrente con eficacia  los desafíos de la inseguridad y dé respuesta sobre la suerte de Maldonado y de otras víctimas, de los aprovechamientos políticos, las erupciones violentas y los delirios ideologistas.

Desde el pantano de las ideologías, una organización gremial docente ha planteado un plan difusión en las escuelas que, con la desaparición de Maldonado como carátula,  mezcla y combina  ingredientes de confusión y adoctrinamiento: prejuzga sobre la situación, reitera slogans del pasado, incurre en  lugares comunes sobre los pueblos originarios y omite todo comentario sobre las propuestas secesionistas de las organizaciones violentas que invocan el irredentismo mapuche así como del hecho de que ese  irredentismo pone en tela de juicio los derechos argentinos sobre las Malvinas y  aparece  sostenido por organizaciones  asentadas en Gran Bretaña. Se trata de una  propaganda facciosa  cubierta bajo el manto de las buenas intenciones y  va más allá de lo político electoral: expresa  métodos  y  líneas de pensamiento y acción que el país debería  dejar atrás.

El caso Maldonado ha conseguido sobreimprimirse a la competencia electoral que culminará en octubre. Constituye un terreno resbaloso para el gobierno que, por déficit de pensamiento político consolidado,  le ha cedido la cancha al kirchnerismo y a la izquierda y no encuentra ni palabras ni hechos para defenderse de los ataques interesados. A los partidos de la coalición oficialista parece que les han comido la lengua los ratones y tratan de pasar el mal momento disfrazados de árbol.

Por  sentido de la conservación el gobierno no cedió, hasta el momento,  al reclamo de que aparte a la ministro de Defensa, Patricia Bullrich, a quien  el activismo le imputa que haya defendida a sus subordinados de la Gendarmería de las culpabilizaciones prejuiciosas.

Si  cubrir desvíos, excesos o ilegalidades constituiría  una conducta obviamente reprobable, sostener sin demagogia el respeto a las instituciones del Estado y la defensa de sus servidores debería considerarse un mérito.

Jorge Raventos 
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