Miércoles, 13 Septiembre 2017 00:00

El sentido de las palabras como parte de un relato

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 “El hombre común no desea que se le diga específicamente lo que tiene que hacer. Sin preocuparse por pensar demasiado, solo atiende al valor de las palabras que desea oír”  -Jesse Livermore (Trader financiero estadounidense)

 

Para saber si hemos sido engañados debemos acostumbrarnos a observar con más detenimiento los términos que suelen utilizarse para convencernos de algo que no  “cierra” a primera vista y carece de las cualidades para definir alguna cosa con claridad meridiana, mientras el narrador del hecho –del cual muchas veces no es testigo ocular-, utiliza deliberadamente frases oscuras para disimular sus verdaderas intenciones.

Esto ha pasado a ser moneda corriente en la política y la economía de nuestros días.

Cuando se sostiene, por dar un ejemplo al azar, que “este es el año de mejor cosecha (producción, mejoramiento, etc.) que se haya visto de muchos años a esta fecha”, relacionando valores que no deberían compararse atento el tiempo transcurrido (sobre todo en países con alta tasa de inflación y crecimiento demográfico explosivo), se cae en este tipo de “aproximaciones” que deleitan con fruición a algunos políticos y funcionarios ignorantes o, simplemente, mal intencionados.

En este sentido, el concepto de lo “suficiente” variará siempre en relación con la cantidad de demandas específicas que logre atender en escenarios distintos, por lo que el mérito de las cifras proporcionadas por el discurso aludido quizá sea exagerado, o quizá mediano, o más aún, en algún caso, probablemente nulo.

¿Pesará en ello nuestra incapacidad para aceptar las señales inequívocas de la verdad “verdadera”, habiéndonos acostumbrado a cerrar los ojos y prestar oído solamente a lo que nos conviene?

Algunos comunicadores sociales suelen tener una imaginación ardiente para referirse públicamente a asuntos que juzgan extraordinarios. ¿Será para ajustarse a la conveniencia de quienes los “alimentan” políticamente?

Una de las palabras que más ha perjudicado nuestro espíritu de convivencia en ese aspecto, y por dar nuevamente un ejemplo al azar, es la calificación de GRIETA a las controversias que siempre ha habido y habrá en cualquier sociedad medianamente civilizada. Una palabra que “suena” como irreparable y busca desalentar cualquier intento de convivencia pacífica en medio de la diversidad.

Se sugiere así que todos debiésemos estar de acuerdo en todo, al mismo tiempo y con igual fervor para poder disfrutar así de la paz social.

No estamos de acuerdo con el concepto que parece encerrar el término, porque estamos convencidos que las divergencias son características indisolubles de la libertad de un individuo para expresar su disconformidad respecto de la opinión de otro, lo que enriquece de tal modo la convivencia social ya aludida.

Hay una anécdota del filósofo español Jaime Balmes, muy ilustrativa al respecto de estas cuestiones: “En verdad señores –dice un hombre-, no sé qué diablos teníamos esta noche en casa. Ocupado en despachar unos papeles que me corrían prisa, no me había acostado todavía, cuando he aquí que a eso de las doce oigo un estrépito tal, que me creí que la casa se nos venía encima”.

“Lo que es gato” –continúa diciendo quien habla-, “no podía ser, porque es imposible que hiciese tal estrépito; y además, esta mañana nada se ha encontrado, ni dislocado, ni roto. Eso de las luces, yo nos las he visto; pero que resonaron unas voces tan tremebundas, que casi, casi me habían metido el miedo en el cuerpo, es positivo. Veremos si la zambra se repite; yo me temo que se nos ha querido jugar una treta.

Desearía sorprender a los actores de este sucedido representando su papel”.

Si leemos detenidamente esta pequeña historia, observaremos que el relato de la cuestión va cambiando de aspecto sucesivamente, y lo que comenzó siendo improbable, va mutando a creíble, para ser dado finalmente por verdadero por su relator, a pesar de la vaguedad de una descripción de su parte PURAMENTE EMOCIONAL Y SIN PRUEBA ALGUNA.

Convendría precaverse siempre contra los engaños de estos “narradores”, poniendo en duda aquellas cosas que solo PUDIERON haber tenido lugar, a fin de no dar crédito sin más al “sucedido” que nos relatan quienes intentan convencernos de la veracidad de alguna cuestión que, eventualmente, puede convenir a sus intereses personales.

En esa situación de prevalencia de lo confuso e inexistente -y muchas veces mal intencionado-, ha ganado consenso popular en estos días otra palabra que nos tiene a mal traer: ANCESTRAL. Se la usa como reivindicadora de ciertas tradiciones remotas, jamás comprobadas mediante datos históricos que sean impecables. En la mayoría de los casos, los supuestos títulos de los reclamadores se pierden en confusos vericuetos.

De tal manera, distintas etnias, que se proclaman a sí mismas como provenientes de “pueblos originarios”, intentan rebelarse contra el orden democrático y republicano, aludiendo a ciertos derechos supuestamente “ancestrales” que les permitirían exigir la devolución de tierras cuyas áreas responden a señas cartográficas vagas e incomprobables, pretendiendo organizar sus comunidades a como les venga en gana, aunque entren en colisión con leyes votadas en el marco de la democracia y las instituciones vigentes.

Algunas de estas áreas, están valuadas en ¡más de 130 millones de dólares! ¿No es raro? ¿No aparecerá luego quien les proponga “desarrollarlas tecnológicamente” una vez acallados los ecos de su demanda y les pague por ello?

Sus reclamos tienen una enorme semejanza con los dichos del narrador de Balmes, que, en cualquier caso, no sabe bien qué pasó en la noche a la que hace mención, pero “presume” que ha sido algo que le permite sostener una tesis personal de que algo “monstruoso” ha ocurrido.

Es tan superficial la cultura de nuestro tiempo, que la mayoría de las supuestas “convicciones” provienen muchas veces de algunos títulos escritos por graffitis ¡sobre muros de arrabales de un poblado!, que se reproducen luego en los “copetes” de algunos escuetos títulos de matutinos que abrevan en ellos según resulte a sus propios intereses.

En el caso que hoy está alterando el orden, el de los mapuches, todo indicaría que detrás de ellos están guarecidos políticos que no están dispuestos a aceptar las reglas de la democracia que han dejado de favorecerlos.

Sus argumentos insostenibles sorprenden, ya que cuando de pruebas se trata, solo consiguen balbucear los particulares de historias contadas de boca a oído por personas que no sabemos quiénes fueron verdaderamente ni qué hicieron en su tiempo.

Ni qué hablar del supuesto “indígena” que relató algunos hechos que incriminarían al gobierno según escenas que percibió a la distancia con unos binoculares, que luego no supo decir ni dónde estaban y si alguna vez poseyó.

Creemos necesario poner en evidencia cuanto antes la intencionalidad que subyace tras reclamaciones que están aprovechando el auge de unos falsos derechos humanos explotados corruptamente por el kirchnerismo durante una década, como un pretexto para tratar de inaugurar una vida social anárquica sujeta a los arbitrios de ciertos abusadores de una suerte de “reivindicación moral” absolutamente falsa en su origen.

“La experiencia”, agrega Balmes, “nos enseña que no hay que fiarse nunca de ciertas relaciones que pueden ser contradichas con toda claridad POR LA AUSENCIA DE  DATOS POSITIVOS QUE PRODUZCAN UNA COMPLETA EVIDENCIA”.

Sería bueno que todos tuviéramos presente estas reflexiones antes de dar por buena una información cualquiera.

Carlos Berro Madero 
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