Miércoles, 27 Septiembre 2017 00:00

El azar es caprichoso

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Todo país sacraliza su historia. Para muchos, esto tiene que ver con el miedo de la gente a reconocerse a sí misma para que nada “real” obstruya la interpretación subjetiva que solemos hacer del pasado.

 

En ese sentido, resulta notable la tradicional falta de equilibrio de los “no” proyectos que hemos perseguido entre nosotros durante años, creyendo que nos “merecíamos” el acceso a un bienestar al que no hemos contribuido adecuadamente con el esfuerzo y la eficiencia necesaria.

Roger Caillois solía señalar que se trata en realidad de un deseo inconsciente por suprimir ciertos “abusos” que decimos haber sufrido, conjeturando que han empedrado nuestro camino de obstáculos supuestamente “insalvables”.

Al haber fracasado en ponernos de acuerdo sobre cuáles son las auténticas bases del bienestar social, hemos cultivado informaciones y conocimientos falsos, arrojándonos en la cara al mismo tiempo -unos a otros-, la responsabilidad de nuestros fracasos, dispuestos a hacer cualquier concesión en aras del bienestar material.

Para muchos argentinos –sobre todo para los profesionales de la política-, ha sido muy conveniente que no hayan desaparecido de la memoria los temas que no hemos logrado resolver, porque estos contribuyeron a alimentar el peso abrumador de conceptualizaciones que han ido cambiando según fuesen los intereses de las distintas facciones en pugna por adjudicarse el patrimonio de la verdad.

La vigilancia del pasado cumple siempre dos funciones esenciales: la “virtuosa”, que debe consistir en no borrar su recuerdo ni perder la lección que nos deja. La otra, totalmente negativa, que consiste en ahogar ciertas características del mismo, POR NO PODER ASUMIRLAS. A ésta última le seguimos rindiendo culto mayoritariamente aún hoy en día.

Algunas fechorías sociales y políticas fueron aceptadas de tal modo como menos temibles o condenables de lo que debieran haber sido, creando una suerte de connivencia con quienes ejecutaron algunos proyectos absurdos que nos fueron sumergiendo poco a poco en severas confusiones colectivas conceptuales.

Los errores históricos –fundamentalmente los que podríamos denominar “voluntarios”-, se usaron de tal modo para categorizar las cuestiones en debate como una lucha entre dos sofismas: una verdad inexistente y un privilegio inmerecido.

Con plácida indiferencia y una gran complicidad pasiva, hemos contribuido entre todos a formar así una sociedad insustancial de “indignados” por los errores “de los demás”, como si cada uno de nosotros no fuera parte de la misma.

Sumado a ello, la mayoría de nuestros dirigentes, a pesar de sus fracasos y sus crímenes, concluyen públicamente con total desparpajo, que no se equivocaron nunca y aseguran orgullosamente que actuarían como lo hicieron si debieran recomenzar su tarea.

Al respecto, señala Jaime Balmes las características de un figurado discurso de entrecasa respecto de ellos: “que es un infeliz, ya lo sabemos; pero al fin es hombre que nos conviene, y de alguien nos hemos de valer. Se le acusa de manejos inescrupulosos; esto ¿quién lo ignora? Pero cuando le acusan nuestros adversarios, no es menester que uno le deje las astas al toro”.

Y para dejarle las astas a un toro que finalmente nos embiste, sugiere Jean Revel que “hemos permanecido ciegos a la lógica de la aberración que reside en nosotros, cuando en realidad el espectáculo del pasado debería incitarnos, no a una buena conciencia extraída de una condena retrospectiva del mal, SINO MÁS BIEN A LA DESCONFIANZA ANTE NUESTRA PROPIA INCAPACIDAD POR HABERLO COMETIDO”.

La reaparición de algunos muertos conservados en salmuera como Cristina Fernández y tantos otros representantes de algunas recurrentes “evocaciones” de un pasado condenable, debieran alertarnos sobre la contradicción que existe entre la voluntad de recordarlo por piedad y el deseo de olvidarlo por miedo a crear una agitación ingobernable en el interior de nuestro espíritu.

Esa parecería ser la sacralización de una historia, donde el azar nos puso, imprevistamente,  frente al dilema de los “iluminados”  y las “desapariciones”, en medio de procesos que nunca supimos bien adónde nos llevarían.

Quizá debiéramos decidirnos con urgencia de una buena vez a alentar el deseo de arribar a lo que Jenninger denominaba como “tercera fase”: un estadio en donde la verdad termine finalmente por aparecer y sea venerada por todos.

Mientras tanto, el azar seguirá sorprendiéndonos siempre, imprevista e ingratamente, en algún recodo del camino.

Carlos Berro Madero   
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