Jueves, 19 Octubre 2017 00:00

Una performance exitosa

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A condición de tener presente que es una expresión de deseo y nada más, bien está que los empresarios que en el curso de la semana pasada poblaron el coloquio de IDEA, en Mar del Plata, crean que la Argentina puede convertirse en Australia o Canadá si el gobierno macrista pone en marcha ciertas reformas estructurales después de las elecciones del próximo domingo.

 

El clima que se vivió en la Ciudad Feliz mientras se desarrolló el predicho encuentro fue algo especial. Durante los doce años de dominio kirchnerista, los mismos hombres de negocios que hoy lucen eufóricos y suponen que el programa económico de Cambiemos nos conducirá al Primer Mundo, hacían cola para alabar a los santacruceños. Antes fueron seguidores de Menem y de Cavallo, de Alfonsín y de Martínez de Hoz. Existieron excepciones, es verdad, pero a oficialista es difícil ganarle al empresariado nacional. Los cambios que se avecinan también deberán producirse entre quienes han vivido declamando las bondades de la economía de mercado para abrazarse de hecho a las prebendas estatales.

Como quiera que sea, lo cierto es que se respiran nuevos aires, cunde la esperanza y se recuperan fuertemente casi todos los indicadores y sectores de la producción y los servicios. En este mar de optimismo, sólo parecen desentonar las economías provinciales -castigadas por el notable atraso cambiario, el peso impositivo y las cargas laborales- y una inflación que habrá de superar largamente las previsiones del presidente del Banco Central. Federico Sturzenegger vaticinó un máximo de 17 % pero el número del año rondará 23 %.

Llegar así a unos comicios claves, como son los de medio término, demuestra que la apuesta en favor del gradualismo que puso en ejecución la administración de Mauricio Macri ha dado buenos resultados. No sólo ha podido sobrellevar con éxito las dificultades de distinta naturaleza que se le cruzaron en su camino, sino que ha sido capaz de vencer por segunda vez en menos de dos años al peronismo. Si se tiene en cuenta que tantos pronósticos adversos se hicieron oír respecto de la suerte que correría el gobierno, su performance es más que satisfactoria. No hay sombra de duda en punto a la gobernabilidad y todo hace suponer hoy que, a favor de su victoria en las urnas, en 2018 y 2019 no tendrá dificultades a la hora de obtener en los mercados de deuda el mínimo de U$ 40000 MM anuales que el país necesita para cerrar en orden sus cuentas públicas.

Más allá de que sería deseable tejer planes para dentro de una década y al margen de cuánto nos limita vivir atenazados por el corto plazo, de momento no hay más remedio que pensar el país de aquí a dos años vista. A poco de recordar el descalabro que heredó Macri, anticipar que ganará la pulseada electoral del domingo y que la relación de fuerzas -en un principio tan adversa- mejorará en su favor y le permitirá negociar cómodamente con un arco opositor de suyo desunido revelan hasta qué punto el balance de mitad de camino resulta auspicioso.

No hay, pues, peligros mayúsculos ni enemigos formidables en el horizonte gubernamental. El futuro inmediato -esto es, los veinticuatro meses por venir- luce despejado de grandes dificultades. Tan sólo una crisis de los mercados similar a la del Tequila o la de 2008 -para citar dos experiencias traumáticas en ese sentido- o una suba substancial de las tasas de interés internacionales, podrían obrar un efecto deletéreo sobre un país tan dependiente del financiamiento externo. Fuera de estos escenarios de catástrofe -hoy remotos- al macrismo no está en condiciones de complicarlo ninguna fuerza política. Tan favorable es la situación en la que se encuentra.

Aun cuando parezca paradójico, el único adversario imaginable de la actual administración -si acaso no percibiesen sus principales responsables qué existen límites, de momento infranqueables, para convertir en realidad esas reformas estructurales- es la propia administración. ¿Qué significa esto? -A veces, un escenario en extremo auspicioso puede resultar un arma de doble filo si quienes deben gerenciar la cosa pública se dejan ganar por un optimismo ciego y no aciertan a darse cuenta de que la cautela siempre es preferible a la desmesura. La tentación de quemar etapas o de creer que un determinado plan puede obrar el portento de dar vuelta a un país como un guante, no es algo novedoso entre nosotros.

No hay a priori razones para imaginar que Mauricio Macri se deje atrapar por unos cantos de sirenas o que, de buenas a primeras, se considere a sí mismo omnipotente. Ha dado muestras saludables de prudencia como para adjudicarle pujos hegemónicos o cosa por el estilo. Pero se han generado, fogoneadas dese la Casa Rosada, grandes expectativas sobre una serie de cambios que se formalizarían inmediatamente después de ganar los comicios legislativos. Hacerlo era lógico en atención a que formaba parte de los anuncios de campaña que una parte considerable de la sociedad -y sobre todo, el electorado macrista- deseaba escuchar. Vista desde este ángulo, la jugada no admite críticas. Ello en tanto y en cuanto no vayan a confundir sus impulsores un plan para triunfar en las elecciones con otro que nos ponga a la altura de Australia y de Canadá.

La Argentina es un país insignificante en el concierto de las naciones. Salvo –claro- que alguien sea lo suficientemente ingenuo -para decir lo menos- de creer que, como pertenecemos al G–20, jugamos en las ligas mayores del planeta. Pertenecemos -aunque no nos guste reconocerlo- al Tercer Mundo, y para salir del pelotón de países subdesarrollados habrá que hacer un esfuerzo descomunal. No se desanda una decadencia que lleva setenta años -poco más o menos- con cinco o diez de bonanza.

La gente de Cambiemos tiene delante suyo una oportunidad histórica; como en su momento la tuvieron Alfonsín, Menem y Kirchner. Ninguno de ellos acertó porque equivocaron el diagnóstico. Sería osado dar por seguro qué piensa el presidente y su círculo de mayor confianza al respecto. Básicamente porque para eso hay que conocerlos en la intimidad y tratar de desentrañar como imaginan los años venideros.

Está claro que son conscientes de su fortaleza y del margen de maniobra con el que cuentan. También que Macri se presentará a la reelección en 2019. Asimismo, se halla fuera de duda que el gobierno desea implementar una batería de medidas en el campo judicial, previsional, laboral e impositivo que obren a la manera de una bisagra en nuestra historia. ¿Se darán cuenta que esa tarea requiere el visto bueno de la sociedad más que el de la clase política? Y si se dan cuenta, ¿entienden que la revolución con la cual sueñan necesita décadas para triunfar? 

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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