Viernes, 27 Octubre 2017 00:00

Macri para rato

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Nadie imaginaba que de pronto, salido casi de la nada, el cuerpo descompuesto de Santiago Maldonado aparecería flotando en el río Chubut horas antes de que comenzase la veda electoral, previa a los comicios del domingo.

 

El tema -que cada día le importaba a menos personas- volvió a las primeras planas de los diarios, fue motivo de interminables debates en todos los programas de televisión -inclusive en los que se ocupan de ventilar las intimidades de la farándula- y dio pábulo a que se tejieran mil conjeturas acerca de los posibles efectos del caso sobre la decisión de los votantes a la hora de entrar en el cuarto oscuro. Nada que no sea habitual en la Argentina.

En los primeros momentos, frente a una izquierda vocinglera que aprovechó el silencio y, por momentos, la impotencia del gobierno, para adueñarse del relato; una familia que, pretextando no politizar el tema, claramente tomó partido en contra de la Gendarmería y del presidente de la Nación; un periodismo que -salvo honrosas excepciones- se cansó de hablar de lo que no sabe; y una parte considerable de la población que siguió los avatares del episodio como si fuese un thriller, Santiago Maldonado estuvo en boca de todos. Pero la incidencia que tuvo su deceso en las elecciones resultó nulo.

Era lógico que así fuese. Lo notable es que no hubo analista político que no se hiciese la pregunta de hasta dónde llegarían sus consecuencias y existieron aquellos que se animaron a pronosticar que podrían hacer peligrar el triunfo de Cambiemos en determinados distritos. Un disparate por donde se lo mirase que, sin embargo, fue planteado seriamente.

Una cosa es que la sociedad, o buena parte de la misma, se hiciese preguntas acerca de lo que había pasado con Maldonado y haya recibido la confirmación de que era suyo el cuerpo sin vida que se encontró a la deriva en ese curso de agua patagónico; y otra -harto diferente- es que el desenlace fuese a cambiar la voluntad de sufragar por uno u otro candidato. La suerte del militante mapuche, sin duda trágica, adquirió un significado político y resultó un argumento de campaña sólo para la izquierda y el kirchnerismo. Hubiera podido torcer la intención de voto de algunos pocos ciudadanos en el supuesto de que la autopsia hubiese determinado que había muerto por la acción de la Gendarmería. Como se murió de frío o se ahogó -todavía no sabemos a ciencia cierta la causa-, en el acto comicial la mayoría de los argentinos no pensó en Maldonado. Su notoriedad no sufrirá merma por espacio de dos o tres semanas. Luego, de manera irremediable, pasará al olvido.

La noticia de la semana resultó el triunfo -no por descontado menos importante- de Cambiemos en casi todo el país. Octubre convalidó y en ciertos distritos superó con creces los resultados de agosto. Las dos provincias donde estaba concentrada la atención de oficialistas y opositores -la de Buenos Aires y la de Santa Fe- confirmaron cuanto pareció cantado al momento de conocerse el escrutinio final de las PASO. En ambas la infinitesimal ventaja de los candidatos kirchneristas sobre los de Cambiemos, era poco probable que se mantuviese. Esteban Bullrich superó por cuatro puntos a Cristina Fernández en el territorio bonaerense, mientras el representante de Cambiemos doblegó en el litoral a Agustín Rossi, con facilidad.

No tendría sentido repasar en detalle cuanto sucedió a lo largo y ancho de la geografía electoral. Ha sido publicado y repasado en las últimas horas por los medios de prensa. No hay puntos oscuros, ni dudas ningunas ni aspectos que pudiesen ofrecer márgenes de especulación respecto de la victoria macrista. Su contundencia ha sido absoluta y ha confinado a los opositores peronistas al lugar que menos les gusta: el de los sentenciados a perder la próxima elección presidencial.

La posibilidad de sostener -sin temor a errar y sin incurrir en exageraciones partidistas- que el camino de Mauricio Macri hacia la reelección, dentro de dos años, le ha quedado abierto y carece de obstáculos, es el dato de mayor trascendencia a la vista. La continuidad del presidente en la Casa Rosada después de cumplir, en diciembre del año 2019, su primer mandato, sólo depende de él. Nada podría igualar esta ventaja que da la pauta, además, de la consolidación definitiva de Cambiemos como actor, sino hegemónico sí dominante de la escena política criolla.

Se abre una etapa llena de desafíos para una administración cuyo poder, de ahora en adelante, crecerá en la medida en que sea capaz de gerenciar las reformas estructurales acerca de las cuales tanto se ha hablado en el curso de la campaña electoral. Es algo más que un secreto a voces la decisión presidencial de avanzar en terrenos vedados desde hace décadas en la Argentina. Su idea es generar un cambio revolucionario en punto al rol y envergadura del aparato estatal. Pero no sólo eso -que de por si supondría obrar un giro copernicano en la relación de fuerzas de nuestro país. Macri imagina, además, reformular las bases de los sistemas tributario, previsional y laboral, cuya obsolescencia -según su criterio- impiden el desarrollo de la economía y conspiran contra la productividad.

Para esta tarea ciclópea contará con dos bancadas -ahora sí robustas, aunque todavía minoritarias- en las cámaras de diputados y senadores del Congreso Nacional. De resultas de su victoria, Cambiemos se ha convertido en la primera minoría en la cámara baja. Para llegar al quórum necesitaría apenas veinte votos. En la cámara alta, por su parte, la inevitable fractura del bloque peronista -producto de la incompatibilidad manifiesta de Cristina Fernández y Miguel Ángel Pichetto- podría convertir al conjunto de senadores oficialistas también en la primera minoría. Con la particularidad de que, en ambos recintos, el peronismo ortodoxo no tendrá más remedio que pactar sus diferencias con el macrismo desde una posición de clara desventaja.

Sin comicios a la vista, con el justicialismo fraccionado como nunca antes, un triunfo de campanillas en las urnas y un panorama tan favorable en el Parlamento, todo haría pensar que el gobierno se halla en inmejorables condiciones para acometer un programa de máxima. Sin embargo, deberá andarse con cuidado.

La idea de que la gente votó un cambio de paradigma y que Mauricio Macri ha recibido una suerte de mandato para hacer las veces de bisagra entre la Argentina que conocimos y la que está a punto de alumbrar, es sólo una expresión de deseos.

Parece fuera de duda de que el kirchnerismo está a punto de ingresar al museo de los proyectos hegemónicos fallidos. No obstante, su jefa sigue siendo la candidata con más votos de ese movimiento polifacético llamado justicialismo. Es cierto, también, que el peronismo se bate en retirada de una manera desconocida, sin que ello suponga -al menos no necesariamente- su ocaso definitivo. No puede negarse que en el voto a Macri late una esperanza de transformación. Claro que, al mismo tiempo, convendría preguntarse si el grueso de la sociedad argentina aceptará de buena gana los cambios que imaginan en la Casa Rosada. Por de pronto, y queda aquí planteada la pregunta, ¿cómo compatibilizar el gradualismo -clave de bóveda del proyecto gubernamental- con la voluntad de ser “la generación que cambiará la historia”, para citar textualmente las palabras presidenciales del domingo a la noche.

Es posible hacer cirugía mayor en el campo judicial -sobre todo si el oficialismo consigue el noveno voto en el Consejo de la Magistratura- y en el político. En cuanto a la reforma laboral, la estrategia de avanzar casillero por casillero -como en Vaca Muerta- parece la más indicada en atención a que hay gremios deseosos de incorporar el tema de la productividad a las negociaciones futuras. El cambio, es difícil, por no decir imposible: plantear reformas de fondo en materia fiscal, tributaria y previsional. Para ello se necesitaría un poder mucho mayor al que detenta Macri hoy. 

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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