Jueves, 09 Noviembre 2017 00:00

¿Un primer paso?

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Nadie da lo que no tiene y nadie tiene lo que no puede ejercer. La sentencia, que data de siglos y fue utilizada por los pensadores contrarrevolucionarios que, en su momento, recusaron la teoría de la soberanía popular, bien puede servirnos para ilustrar qué tanto es legítimo exigirle al gobierno actual.

 

Ello con el propósito de distinguir los reclamos que resultan pertinentes, de aquellos que carecen de pies y de cabeza. Cambiemos ganó con holgura las elecciones recientes, de resultas de lo cual salió fortalecida. Pero esa victoria de campanillas no ha transformado al dueño temporario de la Casa Rosada en un presidente todopoderoso, del estilo de Carlos Menem o Néstor Kirchner. A los dos peronistas poco les faltó para reivindicar con éxito la suma del poder público. Macri ni por asomo está en condiciones de comparárseles en ese aspecto.

Para analizar con alguna ecuanimidad el paquete de medidas que ha anunciado la administración en curso hay que entender lo expresado más arriba. El gradualismo no es tanto una receta que los hombres del Pro hayan abrazado con frenesí, convencidos de que es ideal para cualquier tiempo y lugar, como un libreto impuesto por la necesidad y la relación de fuerzas de la política argentina. Es posible que otra hubiera sido la historia si el resultado de los comicios de octubre del año 2015, y el de los que acaban de substanciarse, le hubiese permitido al gobierno contar con sendas mayorías en las dos cámaras del Congreso Nacional. Lo que en la década del noventa; y luego, desde el 2003 y por espacio de doce años, tuvieron a su favor el riojano y el santacruceño, Macri todavía no lo ha conseguido. La conclusión es obvia: a la hora de imaginar cambios y poner en marcha políticas públicas revolucionarias, debe andar con pies de plomo y ser cauto. Paso a paso diría, con ese vozarrón ronco que lo caracteriza, Mostaza Merlo.

Las medidas drásticas o, si se prefiere, la aceleración a fondo en términos de la puesta en caja del déficit fiscal y la lucha contra la inflación no se casan bien con el macrismo. Las posturas de carácter maximalista lo horrorizan. Por eso el ajuste voceado, cuyas principales notas las conocimos la pasada semana, se inscribe dentro del gradualismo. Haber supuesto lo contrario era no conocer los fundamentos básicos de Cambiemos y la visión de la sociedad argentina y de la política comunes a Mauricio Macri, Marcos Peña, María Eugenia Vidal y Jaime Durán Barba.

La apuesta es de un calado desconocido entre nosotros. Nunca antes, tomando como fecha emblemática el 17 de octubre de l945, ha existido en la Argentina un gobierno dispuesto a poner en práctica un programa gradualista para salir de la crisis que heredó pero, más aún, para repensar el modelo económico que ha sumido al país en una decadencia que lleva más de siete décadas. A la luz del espacio que se le ha abierto, de la mayor fuerza que tiene -si se lo compara con dos años atrás- y de la desunión del peronismo, le ha sido posible hacer anuncios y trazar planes que habrían sido literalmente impensables hace cuatro o cinco meses atrás. Ahora debe implementarlos y eso es mucho más difícil.

Como era de esperar, la decisión de introducir modificaciones importantes en punto al sistema de movilidad previsional, a la matriz tributaria, al marco tarifario y a las relaciones laborales, generó corcoveos, rechazos y amenazas. De la misma manera que es inevitable vulnerar intereses cuando existe la voluntad de cambiar usos y de corregir abusos, también es inevitable que haya reacciones de distintos tipo de parte de los damnificados. Eso es lo que ha ocurrido y en las semanas por venir asistiremos a unas negociaciones en donde las partes interesadas deberán sentarse a una mesa común con el propósito de ceder algo para recibir algo. Lo novedoso es que en esta oportunidad los distintos sectores empresarios que han hecho escuchar sus quejas, la mayoría de los sindicalistas que no quieren allanarse a las condiciones que desea imponerles el gobierno, y algunos de los gobernadores que han puesto el grito en el cielo, no han amagado –siquiera- con pintarse la cara. Se palpa en el ambiente un clima serio y sincero de negociación.

Sin ánimo de presentar un ranking de importancia de las reformas planeadas, está claro que la de mayor envergadura y aquella en la que el Poder Ejecutivo no parece dispuesto a retroceder ni un tranco de pollo es en la previsional. La nueva fórmula para actualizar los haberes jubilatorios es una típica medida de coyuntura, que no va al fondo del sistema. Pero le permitirá ganar tiempo y dar una señal de que los problemas de fondo que arrastra el país desde tiempo inmemorial, no serán barridos debajo de la alfombra.

La dirección de muchas de las medidas es correcta -claramente, no lo es en el caso del impuesto a la Renta Financiera- más allá de las discusiones de naturaleza técnica que podrán plantear los expertos. Pero el rumbo, aun si parece acertado, es de baja intensidad. La cirugía mayor resulta la gran ausente. En consonancia con el gradualismo que es clave de bóveda de todo el andamiaje, el plan anunciado representa una respuesta tímida a la crisis que el gobierno debe afrontar.

Algunas de las políticas públicas puestas en marcha no han sido debidamente debatidas. Al gobierno lo ha ganado cierto apuro por realizar los anuncios, apenas finalizado el acto electoral. La coordinación necesaria de la política monetaria, salarial, cambiaria y fiscal, para cumplir con las metas de inflación, sigue siendo borrosa. Y es cierto también que la decisión de que parte de la población -las personas físicas más que las empresas- se ajuste el cinturón, no roza al sector público. El programa -si puede llamárselo así- le servirá a Macri para presentarse ante el mundo como la contracara del kirchnerismo.

Algo debe mostrar en razón de la necesidad imperiosa de conseguir en los mercados de deuda U$ 50000 MM anuales. De momento, el remedio planteado alcanza para dejarlos tranquilos. Nadie sabe si el gradualismo es mejor que el shock o no. Entre otras razones porque en la Argentina no hubo un solo plan económico exitoso en el curso de los últimos setenta años. Algo está fuera de toda duda: no se puede curar el cáncer con base en una receta de aspirinas. Si a lo que asistimos es al puntapié inicial de una estrategia de largo aliento, bienvenido sea. Si, en cambio, alguien piensa que esto es un ajuste como el que verdaderamente requiere el estado calamitoso del país, estamos en problemas. 

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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